Después de aquella noche, Lily desapareció.
No de una forma dramática.
Simplemente dejó de presentarse.
Faltó a clases.
Pidió unos días en el trabajo.
Ignoró llamadas, mensajes y cualquier intento de contacto.
Necesitaba tiempo.
Tiempo para pensar.
Tiempo para respirar.
Tiempo para convencer a su corazón de aceptar algo que su mente llevaba semanas repitiéndole.
Tal vez había sido un error desde el principio.
Durante días se refugió en su pequeño hogar en las afueras de la ciudad.
Un lugar sencillo.
Silencioso.
Lejos del ruido del campus.
Lejos de las fiestas.
Lejos de Ethan Hall.
Pasaba las mañanas sentada junto a la ventana con un libro abierto que rara vez leía.
Las tardes mirando apuntes que no conseguía comprender.
Y las noches observando la pantalla de su teléfono.
Leyendo una y otra vez los mensajes que Ethan seguía enviando.
Genio, hablemos.
Por favor.
No es lo que parece.
Te extraño.
Lily los leía todos.
Cada uno.
Y después volvía a apagar el teléfono.
Porque responder significaba escucharlo.
Y escucharlo significaba correr el riesgo de creerle.
Y si le creía...
Tendría que admitir cuánto lo extrañaba..
Y eso era exactamente lo que más miedo le daba.
Ethan tardó varios días en averiguar dónde vivía Lily.
Sabía que probablemente estaba cruzando una línea.
Pero después de semanas sin verla, sin escuchar su voz y sin obtener una sola respuesta a sus mensajes, ya no le importaba.
Solo necesitaba verla.
Solo necesitaba hablar con ella.
Aunque fuera una última vez.
Esperó durante horas frente al edificio.
Sentado en un banco.
Observando la entrada.
Ignorando el frío.
Ignorando el tiempo.
Ignorando todo.
Hasta que finalmente la vio.
Lily salió del edificio con una carpeta bajo el brazo.
El cabello recogido.
La mirada fija en el suelo.
Y durante un instante Ethan simplemente la observó.
Como si necesitara comprobar que era real.
Entonces ella levantó la vista.
Y lo vio.
—Maldición —susurró.
Inmediatamente aceleró el paso.
Ethan se puso de pie.
—¡Lily!
Ella siguió caminando.
—¡Lily!
No se detuvo.
Así que Ethan comenzó a seguirla.
—Genio.
—No me llames así.
Aquello hizo que Ethan se detuviera un instante.
Porque era la primera vez que ella decía algo así.
Y dolió.
Mucho.
Finalmente Lily se giró.
Bruscamente.
—¿Qué quieres, Ethan?
—Hablar contigo.
—No tengo nada que decirte.
—Yo sí.
—Pues qué lástima.
Intentó seguir caminando.
Ethan dio un paso hacia ella.
—Solo escúchame cinco minutos.
—No.
—Por favor.
—No.
—Lily...
—¿Por qué sigues haciendo esto?
—¿Haciendo qué?
—Persiguiéndome.
La respuesta salió antes de que pudiera pensarla.
—Porque te extraño.
Lily soltó una risa amarga.
—Claro.
—Es verdad.
—¿Sabes qué? Tal vez deberías buscar a alguien más.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué?
—Alguien de tu mundo.
—Otra vez eso.
—Sí. Otra vez eso.
—Lily...
—¿Qué quieres de mí?
Su voz se quebró por primera vez.
Y aquello fue peor que cualquier grito.
—¿Quieres que sea como esa chica?
Ethan parpadeó.
—¿Qué chica?
—La rubia.
El silencio cayó entre ambos.
—Lily...
—Porque no puedo.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—No puedo ser la chica divertida de las fiestas.
—Nunca te pedí eso.
—No puedo competir con todas esas chicas.
—No estás compitiendo con nadie.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
Su voz se volvió apenas un susurro.
—Porque ellas pertenecen a tu mundo.
Y yo no.
Ethan sintió un nudo en el pecho.
Porque por fin estaba entendiendo.
Aquello nunca había sido sobre la rubia.
Nunca.
Era miedo.
Miedo a no ser suficiente.
Miedo a perderlo.
Miedo a que él eligiera a alguien más.
—Genio...
—No me llames así.
—Voy a seguir llamándote así.
—Ethan, basta.
—No.
—¿Por qué?
—Porque estás equivocada.
Ella negó con la cabeza.
—No.
—Sí.
—No quiero escuchar explicaciones.
—Pero necesito dártelas.
—No debes aclararme nada.
Aquellas palabras lo golpearon de lleno.
—¿Qué?
—No me debes explicaciones.
—Claro que sí.
—No.
—Lily...
—No quiero escuchar ninguna historia sobre esa chica.
—Pero...
—Porque no importa.
—Sí importa.
—No.
Finalmente lo miró.
Y Ethan sintió que el corazón se le rompía.
Porque estaba llorando.
Y aun así intentaba mantenerse firme.
—Porque el problema nunca fue ella.
El silencio cayó entre ambos.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Lily tragó saliva.
—Nosotros.
—No.
—Sí.
—No voy a aceptar eso.
—Pues tendrás que hacerlo.
—No después de todo lo que hemos pasado.
—A veces las cosas no funcionan.
—¿Eso es lo que quieres?
Lily se quedó inmóvil.
Porque esa era la pregunta que llevaba semanas evitando.
Y la respuesta la aterraba.
—No lo sé.
Ethan soltó una risa vacía.
—Mentira.
—¿Qué?
—Tú siempre lo sabes todo.
—No esta vez.
—Sí lo sabes.
Lily apretó la carpeta contra su pecho.
Las lágrimas amenazaban con escapar.
Ya no podía seguir allí.
Ya no podía seguir escuchándolo.
—Adiós, Ethan.
Y esta vez se dio vuelta.
Ethan no la siguió.
No porque quisiera dejarla ir.
Sino porque por primera vez desde que la conocía...
Tuvo miedo de que realmente fuera un adiós.