Lily permaneció en silencio mientras Ethan terminaba de contarle todo.
La denuncia.
La suspensión.
La conversación con el decano.
El abogado que su padre iba a contratar.
Cada palabra parecía más difícil de escuchar que la anterior.
Cuando él terminó de hablar, ninguno de los dos supo qué decir.
La cafetería seguía llena de estudiantes.
Las conversaciones continuaban.
Las risas también.
Y, sin embargo, para ellos el mundo parecía haberse detenido.
—No entiendo —murmuró Lily—. No entiendo cómo puede estar pasando esto.
Ethan bajó la mirada.
—Yo tampoco.
Permanecieron sentados varios minutos.
Sin tocar el café.
Sin hablar demasiado.
Hasta que Ethan tomó una decisión.
—Creo que me voy a ir unos días.
Lily levantó la cabeza inmediatamente.
—¿Qué?
—Necesito alejarme de todo esto.
—Ethan...
—No puedo quedarme aquí ahora mismo.
Su voz sonó cansada.
Agotada.
Como si hubiera envejecido años en una sola mañana.
—La gente habla cuando paso.
Me miran diferente.
Y esto recién empieza.
Lily sintió un nudo en el pecho.
—Entonces voy contigo.
Ethan la observó.
Y por un instante deseó decir que sí.
Porque la idea de alejarse de ella era insoportable.
Pero negó lentamente con la cabeza.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque tienes tu trabajo.
Tus clases.
Tus exámenes.
—Eso no importa.
—Claro que importa.
Lily abrió la boca para protestar.
Pero Ethan continuó.
—Trabajas para pagar la universidad.
Has luchado demasiado para llegar hasta aquí.
No voy a permitir que pongas todo eso en riesgo por mí.
—No sería un riesgo.
—Sí lo sería.
El silencio cayó entre ambos.
Y Lily supo que él ya había tomado la decisión.
—Entonces déjame acompañarte unos días.
—Lily...
—Por favor.
Ethan cerró los ojos.
Porque aquella mirada estaba rompiéndole el corazón.
—No puedo pedirte eso.
—No te lo estoy preguntando.
Te lo estoy diciendo.
Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, Ethan sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Dolorosa.
—Eres demasiado terca.
—Lo aprendí de ti.
Finalmente llegaron a un acuerdo.
No era el acuerdo que ninguno quería.
Pero era el único posible.
Ethan se marcharía unos días.
Lily continuaría con sus clases y su trabajo.
Y cada sábado se encontrarían en un pequeño pueblo ubicado a mitad de camino entre ambos.
Solo ellos.
Sin universidad.
Sin rumores.
Sin miradas.
Al menos por unas horas.
—Lo odio —murmuró Lily.
—Yo también.
—Mucho.
—Yo más.
Aquella tarde fueron juntos a la casa de Ethan.
Y por primera vez, preparar una maleta se sintió como una despedida.
Lily doblaba ropa mientras Ethan guardaba algunas cosas personales.
Ninguno hablaba demasiado.
Porque cada prenda que entraba en la valija hacía más real lo que estaba ocurriendo.
—¿Cuánto tiempo estarás fuera?
—No lo sé.
La respuesta no ayudó.
En absoluto.
Cuando todo estuvo listo, Ethan cerró la valija.
El sonido pareció demasiado definitivo.
Demasiado final.
Lily sintió que los ojos comenzaban a llenársele de lágrimas.
—Oye.
Ethan se acercó.
—Vamos a estar bien.
Ella intentó sonreír.
Pero no lo consiguió.
—Prométeme que me llamarás.
—Todos los días.
—Prométeme que vas a comer.
—Lily.
—Lo digo en serio.
—Voy a comer.
—Y a dormir.
—También.
—Y...
Ethan la interrumpió con un beso.
Suave.
Largo.
Triste.
—Te amo.
La voz de Lily se quebró.
—Yo también te amo.
Lo vio subir al auto al caer la tarde.
Y cuando el vehículo desapareció al final de la calle, sintió que algo dentro de ella se rompía.
Sin embargo, al día siguiente tuvo que levantarse igual.
Ir a clase.
Ir a trabajar.
Responder preguntas.
Sonreír.
Actuar como si todo estuviera bien.
Como si la persona que amaba no estuviera atravesando el peor momento de su vida.
Como si ella misma no estuviera destrozada.
Y esa fue, quizás, la parte más difícil de todas.
Fingir.
Porque mientras el resto del mundo continuaba avanzando...
Lily sentía que una parte de ella se había marchado junto con Ethan.