Los primeros días fueron más difíciles de lo que ambos habían imaginado.
Lily se despertaba esperando encontrar un mensaje de Ethan.
Y Ethan se despertaba queriendo llamarla de inmediato.
La distancia no había cambiado lo que sentían.
Si acaso, lo había vuelto más intenso.
La mañana del lunes, Lily llegó a la universidad todavía medio dormida.
Tenía una clase temprano.
Y apenas había conseguido dormir la noche anterior.
—¿Lily?
Ella se giró.
Ryan estaba allí sosteniendo una bolsa de papel y un ramo de rosas.
—¿Qué es eso?
Ryan sonrió.
—Tu novio es ridículamente cursi.
El corazón de Lily dio un salto.
Tomó la bolsa.
Dentro estaba su desayuno favorito.
Y una pequeña tarjeta.
Conocía aquella letra perfectamente.
Buen día, genio.
Aunque no esté cerca, siempre estoy cerca.
Te amo.
Ethan.
Lily sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Y Ryan levantó ambas manos.
—No llores.
Me incomoda muchísimo cuando la gente llora.
Ella soltó una pequeña risa.
Y abrazó las flores contra su pecho.
Al día siguiente ocurrió otra vez.
Y al siguiente también.
Cada mañana aparecía alguien diferente.
Ryan.
Mason.
Algún compañero del equipo.
Siempre con el mismo encargo.
El desayuno favorito de Lily.
Un ramo de rosas.
Y una nota.
A veces divertida.
A veces romántica.
A veces ambas cosas.
Buen día, genio.
Hoy intenta estudiar un poco menos.
Alguien tiene que compensar todo lo poco que estudiaba yo.
Te amo.
O:
Buen día, genio.
Vi una cafetería horrible y pensé en ti.
Extraño nuestras tardes.
Te amo.
Aquellas notas se convirtieron en su parte favorita del día.
Mientras tanto, Ethan contaba las horas.
Los días.
Los minutos.
Esperando el sábado.
Esperándola.
Cuando finalmente llegó el fin de semana, Ethan ya estaba en la pequeña ciudad donde habían acordado encontrarse.
Había alquilado un Airbnb discreto.
Lejos del campus.
Lejos de los rumores.
Lejos de todo.
Por primera vez en semanas sintió algo parecido a la tranquilidad.
Hasta que escuchó el timbre.
Entonces todo desapareció.
Abrió la puerta.
Y allí estaba Lily.
Con su mochila.
Con una sonrisa nerviosa.
Y con esos ojos que había extrañado cada día desde que se marchó.
—Hola.
Ethan ni siquiera respondió.
Simplemente la abrazó.
Con fuerza.
Como si hubiera pasado una eternidad.
—Creo que me rompiste una costilla.
—Lo siento.
—Mentira.
—Sí, mentira.
Lily rió contra su hombro.
Y por primera vez en semanas ambos se sintieron bien.
Realmente bien.
Los siguientes días fueron exactamente lo que necesitaban.
Desayunaron juntos.
Caminaron por las calles de la ciudad.
Vieron películas.
Durmieron hasta tarde.
Cocinaron desastrosamente.
Y fingieron, aunque fuera por un momento, que el resto del mundo no existía.
Que no había rumores.
Ni denuncias.
Ni abogados.
Ni miedo.
Solo ellos.
La segunda noche estaban sentados en el balcón del alojamiento.
La ciudad brillaba a lo lejos.
Y el aire era agradable.
Lily apoyó la cabeza sobre el hombro de Ethan.
—Te extrañé.
—Yo también.
—Muchísimo.
—Yo más.
—Eso es imposible.
—Nada es imposible.
—Qué frase tan mala.
Ethan sonrió.
Era la primera sonrisa auténtica que sentía en mucho tiempo.
Más tarde, cuando se preparaban para dormir, Ethan observó a Lily.
Y comprendió algo.
Aquellas semanas habían sido las peores de su vida.
Sin embargo...
Ella seguía allí.
A su lado.
Creyendo en él.
Eligiéndolo.
Todos los días.
Y por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, pensó que tal vez podría soportarla.
Porque no estaba solo.
Tenía a Lily.
Y mientras la tuviera a ella...
Todavía había esperanza.