La mañana estaba despejada y una suave brisa de primavera hacía bailar las hojas de los árboles.
Lily respiró hondo antes de bajar del auto.
Aquel día había elegido su ropa con mucho más cuidado de lo habitual.
Llevaba un hermoso vestido color oliva que realzaba el tono claro y aterciopelado de su piel. Sus ojos verdes brillaban bajo la luz del sol y su cabello castaño, lacio y a la altura de los hombros, caía con delicadeza alrededor de su rostro. Un maquillaje suave apenas resaltaba sus facciones, conservando esa dulzura natural que enamoraba a cualquiera que la conociera.
En una mano sostenía una pequeña tarta de manzana que había preparado esa misma mañana.
En la otra, un ramo de flores para la mamá de Ethan.
—Estoy muy nerviosa... —confesó.
Ethan sonrió mientras caminaba hacia ella.
Era imposible que no llamara la atención.
Medía casi veinte centímetros más que Lily, lo que hacía que ella pareciera diminuta a su lado. Su físico atlético era el resultado de años de entrenamiento, con hombros anchos y una presencia que imponía incluso cuando sonreía. Vestía un jogging color gris claro, una sudadera con capucha blanca y zapatillas deportivas. La ropa sencilla resaltaba aún más su figura. Su piel clara contrastaba con su cabello negro, ligeramente despeinado, y sus profundos ojos color café siempre parecían esconder una sonrisa.
Se detuvo frente a ella y la observó durante unos segundos.
—¿Qué? —preguntó Lily.
—Nada...
Ella levantó una ceja.
—Ethan...
Él negó despacio con la cabeza.
—Solo estaba pensando que eres la mujer más hermosa que he visto.
Las mejillas de Lily se tiñeron de rojo.
—Estás exagerando.
—Ni un poco.
Con delicadeza apartó un mechón de cabello de su rostro.
Luego, aprovechando la diferencia de altura entre ambos, se inclinó para besarle la frente.
—Ven.
—¿Seguro que les voy a caer bien?
Él entrelazó sus dedos con los de ella.
—Lily... si yo me enamoré de ti, ellos también lo harán.
Ella sonrió.
Y juntos caminaron hasta la puerta.
Antes de que Ethan pudiera sacar las llaves, la puerta se abrió.
—¡Por fin llegaron!
Una mujer de cabello castaño claro y una sonrisa cálida apareció frente a ellos.
—Tú debes ser Lily.
—Sí... mucho gusto.
—Nada de "mucho gusto". Ven aquí.
Laura la abrazó con cariño, como si la conociera desde hacía años.
Lily respondió al abrazo con una sonrisa tímida.
—Traje unas flores para usted... y una tarta. Espero que les guste.
Laura abrió los ojos con sorpresa.
—¿Flores y además cocinas?
Miró a Ethan.
—Hijo... no la dejes escapar.
Ethan soltó una carcajada.
—Créame... ese es exactamente mi plan.
La casa era cálida y acogedora.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías familiares.
Había imágenes de Ethan cuando era un niño, otras de sus primeros campeonatos deportivos y muchas vacaciones en familia.
Lily se detuvo frente a una fotografía en la que Ethan, con apenas seis años, aparecía completamente embarrado sosteniendo un trofeo casi tan grande como él.
No pudo evitar reír.
—¿Qué pasó aquí?
Laura soltó una carcajada.
—Metió el gol de la victoria... y después se resbaló en un charco delante de todo el estadio.
—¡Mamá!
—¿Qué? Es una gran historia.
En ese momento apareció un hombre alto, de expresión serena y mirada amable.
—Así que tú eres Lily.
Le tendió la mano.
—Soy Daniel.
—Muchísimo gusto.
—El gusto es nuestro.
Sonrió con tranquilidad.
—Hace meses que escuchamos hablar de ti.
Lily giró lentamente la cabeza hacia Ethan.
—¿Meses?
Él carraspeó.
—Bueno...
—¿Meses?
Laura no pudo contener la risa.
—Desde aquel famoso trabajo práctico de la universidad.
—¡Mamá!
—¿Qué? Todas las noches nos hablaba de "la chica de la biblioteca".
Las mejillas de Lily volvieron a sonrojarse.
—¿De verdad?
Ethan escondió el rostro entre las manos.
—¿Podemos cambiar de tema?
Los tres estallaron en carcajadas.
Durante el almuerzo hablaron de la universidad, del deporte y de los sueños de cada uno.
—¿Siempre fue tan desordenado? —preguntó Lily con una sonrisa divertida.
Laura levantó una ceja.
—¿Quieres la versión corta o la larga?
—La larga.
—¡Lily!
Todos rieron.
Laura comenzó a contar historias de la infancia de Ethan.
Cómo escondía las verduras debajo del mantel.
Cómo rompió una ventana jugando al fútbol.
Y cómo, durante toda la adolescencia, repetía que jamás se enamoraría.
—Decía que las relaciones eran una pérdida de tiempo.
Lily miró a Ethan con una sonrisa traviesa.
—¿Ah, sí?
Él se encogió de hombros.
—Bueno... claramente estaba equivocado.
Después del almuerzo, Ethan y su padre salieron al jardín para revisar la parrilla.
Laura sirvió café y se sentó junto a Lily en el living.
—Gracias.
Lily la miró confundida.
—¿Por qué?
—Por no abandonar a mi hijo cuando más lo necesitaba.
Lily bajó la vista.
—Nunca pensé en hacerlo.
Laura tomó una de sus manos.
—Cuando todo ocurrió en la universidad... volvió a casa completamente destruido.
Hacía años que no lo veía tan mal.
Lily sintió un nudo en la garganta.
—Yo tampoco.
Pero jamás dudé de él.
Porque sé quién es Ethan.
Laura sonrió emocionada.
—Y por eso voy a estarte agradecida siempre.
Permanecieron unos segundos en silencio.
Hasta que Laura habló nuevamente.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Fui profesora de Literatura durante treinta y cinco años.
Los ojos de Lily se iluminaron.
—¿En serio?
—Sí.
—¡La literatura es mi lugar favorito!
Durante más de una hora hablaron de Jane Austen, de los clásicos y de los libros que habían cambiado sus vidas.