Lo Que Dicen De El.

La noche que nos debíamos

Los primeros rayos de sol se colaban entre las cortinas cuando Ethan abrió los ojos.

Durante unos segundos permaneció acostado, mirando el techo.

Después sonrió.

La imagen de Lily despidiéndose la noche anterior volvió a su mente.

La cena había sido perfecta...

Hasta que Mason decidió romper una pared.

Negó con la cabeza entre risas y tomó el celular.

No habían pasado ni cinco minutos cuando escribió el primer mensaje del día.

Ethan: Buenos días, hermosa. ❤️

La respuesta llegó enseguida.

Lily: Buenos días, campeón.

Lily: ¿Cómo está el héroe que salvó una pared?

Ethan soltó una carcajada.

Ethan: La pared sobrevivió.

Ethan: Yo no tanto.

Ethan: Necesito ayuda urgente.

Lily: ¿Qué pasó ahora?

Ethan: Tengo que estudiar.

Ethan: Y necesito a la mejor estudiante de la universidad.

Lily sonrió al otro lado de la pantalla.

Lily: Eso sonó muy interesado.

Ethan: Lo es.

Ethan: Pero también quiero compensarte por la noche de ayer.

Hubo unos segundos de silencio.

Después apareció la respuesta.

Lily: ¿Cómo piensas hacerlo?

Ethan escribió sin pensarlo demasiado.

Ethan: Cocinando para ti.

Ethan: Y prometo que esta vez nadie va a romper ninguna pared.

Lily no pudo contener la risa.

Lily: En una hora estoy ahí.

Ethan abrió la puerta incluso antes de que Lily tocara el timbre.

Ella llevaba un jean azul claro, una blusa blanca y el cabello suelto, apenas movido por el viento de la mañana.

En una mano sostenía una carpeta llena de apuntes.

En la otra, una bolsa con medialunas.

—Pensé que íbamos a estudiar —dijo ella levantando la bolsa.

—Y vamos a estudiar.

Ethan la abrazó por la cintura y le dio un beso corto.

—Pero primero tenía que saludarte como corresponde.

—¿Así saludas a todas tus visitas?

—Solo a la que amo.

Lily bajó la mirada, sonriendo.

Todavía había palabras de Ethan que conseguían ponerla nerviosa.

La mesa del comedor quedó cubierta de libros, cuadernos y hojas sueltas.

Lily comenzó a explicar uno de los temas más difíciles.

Ethan la escuchaba con atención.

O al menos lo intentaba.

—¿Entendiste? —preguntó ella.

Él permaneció en silencio.

—Ethan...

—Sí.

—¿Qué acabo de decir?

Él apoyó el codo sobre la mesa.

—Que tienes los ojos más lindos que vi en mi vida.

Lily cerró el libro de golpe.

—¡Ethan!

—¿Qué?

—No estabas escuchando.

—Claro que sí.

—Entonces responde.

Él guardó unos segundos de silencio.

—¿Podemos volver a empezar?

Ella terminó riéndose.

—Eres un caso perdido.

—Pero soy tu caso perdido.

Lily negó con la cabeza.

—Cinco minutos más de distracción y te dejo deberes para toda la semana.

—Eso sí que da miedo.

Dos horas después, Ethan resolvió correctamente el último ejercicio.

Levantó los brazos como si acabara de ganar un campeonato.

—¡Lo hice!

Lily aplaudió.

—¿Ves? No era tan difícil.

—Lo difícil era dejar de mirarte.

Ella volvió a sonrojarse.

—No tienes remedio.

—Ni quiero tenerlo.

Ethan cerró los apuntes y se levantó.

—Ahora desaparece de la cocina.

—¿Perdón?

—Hoy cocino yo.

Lily cruzó los brazos.

—¿Estás seguro?

—Confía en mí.

Ella sonrió divertida.

—Es exactamente lo mismo que me dijiste cuando quisiste arreglar la cafetera.

—No recordemos ese episodio.

Mientras Ethan cocinaba, Lily se quedó observándolo desde la barra.

Ver al deportista más popular de la universidad concentrado en preparar una salsa le resultaba increíblemente tierno.

—¿Por qué sonríes? —preguntó él sin dejar de revolver la olla.

—Porque jamás imaginé verte cocinando.

—Hay muchas cosas que aún no conoces de mí.

Él levantó la vista.

Y volvió a quedarse mirándola.

—¿Qué? —preguntó Lily.

—Nada.

Solo sigo pensando que tuve mucha suerte el día que compartimos aquel trabajo práctico.

Ella caminó hasta quedar frente a él.

—Yo también tuve suerte.

El aroma de la comida llenó toda la casa.

Compartieron el almuerzo entre risas, recordando anécdotas de la universidad y haciendo planes para el fin de semana.

Era uno de esos momentos simples que terminaban convirtiéndose en los más valiosos.

Cuando terminaron de comer, Lily comenzó a recoger los platos.

Pero Ethan tomó suavemente su mano.

—Déjalos.

Ella levantó la vista.

—Después los lavamos.

Por ahora... quédate conmigo.

Lily dejó el plato sobre la mesada.

No hizo falta decir nada más.

Se acercó despacio.

Él acomodó con delicadeza un mechón de cabello detrás de su oreja.

—Eres preciosa.

—No me mires así...

—¿Así cómo?

—Como si fuera la única mujer del mundo.

Ethan sonrió con ternura.

—Porque cuando estoy contigo... lo eres.

Lily apoyó las manos sobre su pecho.

Podía sentir el ritmo acelerado de su corazón.

—Mira quién está nervioso.

—Contigo siempre.

Ella rió bajito.

—Eso me gusta.

Él acarició lentamente su mejilla con el dorso de la mano.

Después besó su frente.

La punta de su nariz.

La comisura de sus labios.

Hasta que finalmente encontró su boca en un beso lento, profundo y lleno de cariño.

El tiempo pareció detenerse.

Cuando se separaron apenas unos centímetros, Ethan apoyó su frente contra la de ella.

—Anoche sentí que nos robaron un momento.




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