El amanecer llegó lento, bañando la habitación con una luz dorada que parecía burlarse del insomnio de Ariana.
No había dormido.
Las palabras de Liam seguían recorriéndole el cuerpo como una herida reciente:
"Vine a quedarme si me dejas."
Intentó convencerse de que lo mejor era olvidarlo, que lo de anoche no había pasado. Pero en cuanto miró hacia el balcón y vio el cielo teñido de rosado, recordó el temblor en su voz, la forma en que su mirada se quebró al decir su nombre.
Encendió el café y dejó que el vapor llenara el silencio.
Tenía que recuperar el control.
Tenía que volver a ser esa mujer fría, firme, la que no se dejaba arrastrar por lo que sentía.
Solo que... ya no sabía si podía.
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El hotel comenzaba a despertar.
Desde el pasillo se escuchaban pasos, maletas, el tintinear de las llaves.
Ariana se vistió con precisión mecánica: falda beige, blusa blanca, moño alto, labios neutros. La versión más profesional de sí misma, como una coraza.
Al salir al lobby, lo vio.
Liam estaba de pie, con el teléfono en la mano y ese aire de dominio que parecía natural en él. Cuando sus miradas se cruzaron, algo se tensó.
No se saludaron.
No lo necesitaban.
Durante la reunión, él hablaba con seguridad, analizando estrategias, cifras, resultados.
Ella tomaba notas, asentía, intervenía con argumentos precisos.
Eran un equipo perfecto... y un desastre emocional contenido.
Pero cada vez que él decía "Ariana" frente a los demás, ella sentía que su nombre sonaba diferente en su boca.
Más lento. Más íntimo.
Como si aún perteneciera a él.
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Cuando la reunión terminó, los aplausos llenaron la sala y los representantes de ambas empresas comenzaron a despedirse.
Ariana respiró con alivio.
Pensó que por fin todo volvería a su lugar.
Pero antes de salir, Liam se le acercó.
Su voz fue baja, casi un susurro:
—Necesito hablar contigo.
—No es buen momento —respondió, evitando su mirada.
—Nunca lo es contigo —dijo él, y había algo de tristeza en su tono—. Cinco minutos. Solo eso.
Ella dudó. Y, como siempre, cedió.
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Caminaron hasta una terraza lateral del hotel, donde el viento del mar soplaba con fuerza.
Liam se apoyó en la baranda, mirándola como si buscara las palabras adecuadas.
—Anoche... no debí aparecer en tu puerta.
—No, no debiste —respondió ella con dureza.
—Pero lo hice porque no podía evitarlo.
Ariana cruzó los brazos.
—Eso no lo hace menos egoísta.
—Quizás —admitió él—. Pero también fue honesto.
Ella lo miró, intentando sostener la distancia.
—No puedes venir a remover lo que ya me costó tanto enterrar.
—¿Y tú crees que yo no lo intenté? —preguntó, dando un paso hacia ella—. Te busqué en cada ciudad, en cada proyecto, en cada rostro nuevo. No te fuiste, Ariana. Solo cambiaste de lugar.
El aire se volvió más denso.
El mar golpeaba abajo, rugiendo como si quisiera participar en la conversación.
—No puedes decirme eso ahora —susurró ella—. No cuando ya no somos los mismos.
—Precisamente por eso —dijo él—. Porque no somos los mismos, pero seguimos mirándonos igual.
Ariana bajó la mirada, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con salir.
—No sé si aún creo en nosotros.
—Entonces déjame demostrártelo.
Ella negó despacio.
—No me pidas que vuelva a algo que me rompió.
—No te pido que vuelvas al pasado —dijo él, con un hilo de voz—. Te pido que me dejes ser parte de tu presente.
Por un momento, nadie habló.
Solo el viento, el mar, y el eco de lo que fueron.
Ariana dio un paso atrás, respirando con dificultad.
—Tengo que irme. El vuelo sale en dos horas.
Liam no la detuvo.
Solo la observó mientras se alejaba, con la mirada de quien ya perdió demasiado y teme hacerlo otra vez.
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El vuelo de regreso a Madrid fue silencioso.
Ella se sentó junto a la ventana, fingiendo dormir mientras él hojeaba informes.
De vez en cuando, sus manos se rozaban sin querer, y el mundo parecía detenerse un segundo.
Cuando aterrizaron, él esperó a que bajara primero.
Ariana caminó hasta la salida con la sensación de que dejaba algo atrás... o tal vez a alguien.
—Ariana —la llamó él, justo antes de que subiera al taxi.
Ella se detuvo, giró lentamente.
Liam sostuvo su mirada con una mezcla de decisión y vulnerabilidad.
—Esto no termina aquí.
Ella quiso responder, pero el chofer arrancó.
Y él quedó solo en el andén, viéndola alejarse entre el ruido de los autos y el humo de la ciudad.
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Esa noche, de vuelta en su apartamento, Ariana se quitó los tacones y se dejó caer en el sofá.
Abrió su libreta, la misma que había llevado a Málaga, y escribió:
> "El problema no fue encontrarnos tarde. Fue no saber qué hacer cuando el destino nos dio otra oportunidad."
Cerró el cuaderno y miró por la ventana.
Madrid brillaba con miles de luces, pero ninguna iluminaba el vacío que sentía.
Porque aunque había regresado, una parte de ella seguía en esa terraza frente al mar,
escuchando una voz que no sabía cómo olvidar.
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Editado: 24.04.2026