Ariana no recordaba cómo llegó a casa.
Solo sabía que el eco de las palabras de Liam seguía persiguiéndola incluso entre el ruido del tráfico y la lluvia que caía sin descanso.
"Entonces ya no puedo irme."
Esa frase le daba vueltas en la cabeza, como una canción imposible de olvidar.
Dejó su bolso sobre el sofá, se quitó los tacones y se miró en el espejo del pasillo.
Tenía los ojos enrojecidos, el cabello revuelto, y algo en la mirada que no veía desde hacía mucho: desorden.
Encendió una vela y se sentó frente a la ventana. Madrid seguía despierta allá afuera, ajena al caos que ella llevaba dentro. Intentó convencerse de que lo mejor era mantener distancia, que lo de la oficina había sido solo un momento. Pero entonces recordó su voz, la forma en que la miró cuando dijo su nombre.
Y supo que ya no podía fingir.
El sonido de una notificación la sacó de sus pensamientos.
Era un mensaje.
De él.
Liam: No te pediré perdón. Solo quiero que sepas que no planeaba sentir esto otra vez.
Ariana dudó antes de responder, los dedos temblándole sobre el teclado.
Ariana: No deberías haberlo dicho.
Pasaron unos segundos.
Liam: Tampoco debería seguir pensándote, pero aquí estoy.
Cerró los ojos. No quería entrar en ese juego, no otra vez.
Pero el corazón... el corazón nunca aprende a tiempo.
Guardó el celular y trató de dormir. No lo consiguió.
A las tres de la madrugada, seguía despierta, mirando el techo, preguntándose cuándo el amor se volvió una batalla que ambos sabían perder.
Los días siguientes fueron un torbellino de trabajo y evasión.
Cada vez que coincidían en la oficina, se saludaban con una cortesía que dolía.
Había algo eléctrico en el aire.
Un roce accidental de manos, una mirada que duraba un segundo más de lo debido, una conversación interrumpida justo antes de volverse peligrosa.
Ariana comenzó a temerle a su propio reflejo.
Porque cada vez que se miraba, no veía a la mujer que había decidido alejarse, sino a la que todavía lo amaba.
Una tarde, mientras revisaba documentos en la sala de juntas vacía, la puerta se abrió sin previo aviso.
Liam entró.
Sin corbata, con la chaqueta en la mano y la mirada cargada de algo que no supo leer.
—No sabía que estabas aquí —dijo ella, sin levantar la vista.
—Lo sabías —respondió él, acercándose—. Siempre sabes cuándo estoy cerca.
Ariana alzó la mirada, cansada de pelear con lo inevitable.
—¿Qué quieres, Liam?
—Verte sin fingir —dijo con voz baja—. Solo eso.
El silencio se estiró entre ellos, denso, sincero.
Ella respiró hondo, tratando de mantener la calma.
—Esto no puede seguir así —susurró.
—Lo sé —admitió él—. Pero dime cómo se detiene algo que nunca dejó de empezar.
Ariana dio un paso atrás, como si la distancia pudiera salvarla.
—Tú elegiste irte una vez —dijo, con un hilo de voz—. No vuelvas para hacerme creer que todo puede ser distinto.
—No volví por creer —respondió él—. Volví porque entendí que hay errores que uno no supera, solo aprende a vivir con ellos.
Las palabras la atravesaron como un suspiro que duele.
No sabía si odiarlo o abrazarlo.
Él dio un paso más, despacio, hasta quedar frente a ella.
—No voy a pedirte nada —murmuró—. Solo déjame estar cerca, aunque sea un momento.
Ariana lo miró largo rato.
El corazón le gritaba que lo hiciera.
La razón, que corriera.
Y, por primera vez, no obedeció a ninguna.
Simplemente se quedó ahí, en silencio, mirándolo, dejando que el tiempo se detuviera entre ambos.
Cuando él salió de la sala, Ariana sintió que el aire volvía a moverse, pero ya nada era igual.
No se habían dicho todo, pero tampoco hacía falta.
Había algo nuevo en el aire, algo que dolía menos y temblaba más.
Tal vez el pasado no aprende a irse.
Tal vez solo aprende a volver distinto.
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Editado: 24.04.2026