El día amaneció más frío de lo normal.
Madrid parecía envuelta en un silencio extraño, como si incluso el tiempo quisiera detenerse un poco.
Ariana caminaba rumbo a la oficina con los audífonos puestos, pero ni la música lograba distraerla del torbellino que tenía dentro.
Desde aquella conversación con Liam, nada volvió a sentirse igual.
Él seguía en su vida, en cada pasillo, en cada mirada cruzada.
Pero ahora había algo distinto.
Una tensión suave, pero constante, que la seguía incluso en sueños.
Esa mañana, cuando entró al ascensor, lo vio.
Liam estaba allí, apoyado contra la pared, con el celular en la mano.
Alzó la vista justo cuando las puertas se cerraron y sus ojos se encontraron.
No dijo nada.
Ninguno de los dos lo hizo.
El ascensor comenzó a subir y el silencio se volvió insoportable.
Podía escuchar su respiración, sentir el calor de su cuerpo a pesar de la distancia.
Entonces, sin mirarla, Liam dijo:
—Te ves cansada.
Ariana frunció el ceño.
—Es solo trabajo.
—No —respondió él, girando lentamente hacia ella—. Es lo que no dices.
Ella se tensó.
—No empieces, por favor.
—No lo hago —murmuró—. Solo... me preocupa verte así.
Las puertas se abrieron. Ariana salió sin responder, pero su corazón latía más rápido de lo normal.
Por más que intentara negarlo, cada palabra de Liam se le quedaba pegada en la piel.
La jornada fue larga.
Demasiado larga.
Cada correo, cada llamada, cada firma se sentía como una excusa para no pensar en él.
Pero cuando el reloj marcó las seis, no pudo más.
Salió de la oficina y caminó hasta un pequeño café a dos cuadras.
Era el mismo donde solían ir antes, cuando todo era más simple, cuando todavía creía que podía controlar lo que sentía.
Pidió un té de jazmín y se sentó junto a la ventana.
El cielo empezaba a teñirse de naranja, y las luces de la ciudad encendían una a una.
Por un momento, pensó que tal vez podría olvidarlo.
Hasta que escuchó su voz.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Liam, de pie frente a ella.
Ariana lo miró con sorpresa, aunque en el fondo lo había presentido.
—¿Me estás siguiendo ahora? —dijo, intentando sonar molesta.
—No —respondió él con una leve sonrisa—. Pero parece que el destino sí.
Ariana suspiró y asintió.
Él se sentó frente a ella.
El silencio se instaló entre ambos, otra vez, pero ya no dolía.
Era distinto.
Cómodo.
—No quería incomodarte —dijo Liam al fin—. Solo necesitaba verte.
—¿Para qué? —preguntó ella, bajando la mirada.
—Para recordar que no todo lo perdí.
Sus palabras la desarmaron.
Ariana sintió que su respiración se detenía por un segundo.
Quiso responder, pero no supo cómo.
Solo alcanzó a decir:
—No deberías decirme eso.
—Lo sé —susurró él—. Pero callarlo sería peor.
Ella lo miró.
Y por un momento, el mundo se detuvo.
Los ruidos del café desaparecieron, la gente dejó de importar, y solo quedaron ellos dos, enfrentando lo inevitable.
Liam alargó la mano sobre la mesa, despacio, hasta rozar los dedos de ella.
No la obligó a nada.
Solo esperó.
Ariana no se apartó.
Dejó que sus dedos se entrelazaran por un instante.
Un gesto mínimo, pero lleno de todo lo que no podían decir.
—A veces —murmuró él—, la distancia no aleja. Solo enseña a mirar distinto.
Ella cerró los ojos, conteniendo las lágrimas.
Sabía que no podía quedarse ahí.
Sabía que lo correcto era soltarlo.
Pero su corazón, testarudo, seguía eligiendo recordarlo.
Esa noche, al llegar a casa, abrió su libreta y escribió:
"Nos prometimos olvidar,
pero el alma tiene memoria propia.
Y cada vez que intentamos alejarnos,
algo nos vuelve a llamar por el nombre."
Cerró la libreta, dejó la pluma sobre la mesa y se abrazó las rodillas.
Por más que lo negara, seguía esperándolo.
Y en algún rincón de su corazón, sabía que él también lo hacía.
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Editado: 24.04.2026