Lo que el destino no quiso olvidar

Capítulo 28 - Lo que no se dice

Daniel no entró de inmediato. Se quedó en el umbral, mirándola como si necesitara asegurarse de que ella era real. El silencio entre ellos era denso, casi palpable. Valeria sintió que cada segundo se estiraba como una cuerda a punto de romperse.

—Pasa —dijo ella al fin, con la voz más firme de lo que se sentía.

Él obedeció, cruzando la puerta con pasos lentos. Cuando la cerró detrás de él, el sonido resonó en el apartamento como un punto sin retorno.

La distancia entre ambos era corta, pero emocionalmente, parecía un abismo.

Valeria tomó aire.

—¿Por qué viniste? —preguntó.

Daniel apoyó las manos en los bolsillos de la chaqueta, como si necesitara esconder su inquietud.

—Porque si no lo hacía, iba a arrepentirme —respondió con brutal honestidad.

Ella sintió un estremecimiento.

—¿Arrepentirte de qué?

—De no explicarte lo que siento... y lo que no debería sentir.

Valeria se cruzó de brazos, no para protegerse, sino para contener la presión que le crecía en el pecho.

—Entonces dilo —pidió—. Dime qué sientes.

Daniel la miró, y su mirada era una mezcla de cansancio y lucha interna. Caminó hacia la sala, se quitó la chaqueta y la dejó sobre el espaldar del sofá. Luego se pasó la mano por el cabello, como si necesitara tiempo para ordenar sus pensamientos.

—No es fácil —admitió.

—Nunca lo ha sido contigo —replicó ella, sin dureza pero con verdad.

Él esbozó una sonrisa mínima, triste, casi imperceptible.

—Tienes razón.

Se sentó. Valeria permaneció de pie, observándolo, como si se tratara de una escena que había esperado durante demasiado tiempo.

—Valeria... —empezó, y su voz ya no temblaba; estaba controlada, firme—. Yo no puedo darte una relación. No puedo prometerte estabilidad, cariño todos los días, ni siquiera puedo garantizar que mañana me despierte siendo el mismo.

—No te estoy pidiendo eso —respondió ella.

—Pero lo mereces —insistió—. Y sé que, al final, yo voy a ser quien te haga daño.

La rabia y la ternura se mezclaron dentro de ella.

—Daniel, ¿y si te digo que ya me estás haciendo daño al alejarte?

Él levantó la mirada. Había un brillo roto en sus ojos.

—No quiero destruirte —dijo—. Y soy muy bueno destruyendo cosas.

—Entonces déjame decidir si me quedo —devolvió ella.

Ese fue el golpe que lo desarmó. Lo vio tragar saliva, inclinar la cabeza ligeramente como si hubiera recibido un impacto directo.

—Viniste para decirme que no deberíamos seguir —concluyó ella con voz baja.

—Vine porque... —Daniel inhaló profundamente— porque cuando terminé la llamada anoche, me di cuenta de que no podía dormir si no te veía. Y eso me asusta más que todo lo demás.

Valeria sintió que el aire se le detenía.

—¿Por qué te asusta?

—Porque tú me importas —dijo él, finalmente dejándose caer hacia atrás en el sofá—. Más de lo que debería. Más de lo que puedo manejar.

Ella sintió que sus piernas flaqueaban y se sentó frente a él, a la distancia justa para escucharlo respirar.

—¿Y qué hacemos con eso? —preguntó.

Daniel abrió las manos, como alguien que se rinde.

—No lo sé.

El silencio volvió, pero ya no era frío. Era un silencio lleno de preguntas suspendidas, de latidos acelerados, de confesiones que aún no habían salido.

Ella se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Daniel, no quiero que huyas de mí —dijo—. No quiero que te alejes cada vez que sientes algo. Estoy harta de sentir que estoy persiguiendo una sombra.

Él cerró los ojos por un instante, como si esas palabras lo atravesaran.

—No quiero ser una sombra —murmuó—. No contigo.

Valeria lo observó. Había un temblor en sus manos. El mismo temblor que él siempre tenía cuando estaba a punto de abrirse.

—Entonces quédate —susurró.

Daniel abrió los ojos, y ella vio en ellos un conflicto feroz: ganas de quedarse y miedo profundo de hacerlo.

—Valeria... —dijo con un hilo de voz—. Yo quiero quedarme. Pero si lo hago, las cosas cambian. Y si cambian... ya no habrá vuelta atrás.

Ella lo sostuvo con la mirada, sin parpadear.

—Quizá eso es lo que necesitamos —respondió.

Daniel dejó escapar el aire, como si las palabras la hubieran arrancado le peso que llevaba encima. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, mirando el suelo.

—Tengo miedo —confesó, y esa sola frase fue más vulnerable que cualquier beso.

—Yo también —admitió ella—. Pero prefiero enfrentar el miedo contigo que seguir pretendiendo que no pasa nada.

Él levantó la mirada, lentamente, como si necesitara valor para hacerlo.

La observó en absoluto silencio.

Luego, sin pensarlo demasiado, se levantó del sofá.

Valeria también se puso de pie. Quedaron frente a frente. A pocos centímetros. Tan cerca que ella podía sentir el calor que emanaba de su pecho.

Daniel levantó una mano, despacio, como alguien que tiene miedo de romper algo frágil. Le rozó la mejilla con la yema de los dedos, apenas un toque, pero suficiente para estremecerla.

—Si doy este paso... —dijo con la voz grave—. No voy a retroceder.

Ella apoyó su mano sobre la de él.

—Entonces da el paso.

Él exhaló, como si acabara de tomar la decisión más difícil de su vida.

Y la besó.

Pero no como la noche anterior.

Este beso era diferente.

Lento.

Profundo.

Consciente.

Un beso que decía todo lo que él aún no había podido poner en palabras.

Un beso que abría puertas... y quemaba puentes.

Cuando se separaron, Daniel apoyó la frente contra la de ella.

—No sé a dónde nos llevará esto —admitió—. Pero estoy aquí.

Valeria sonrió, con lágrimas que no cayeron.

—Eso es suficiente.

Y en ese instante, los dos entendieron que lo que tenían entre manos ya no era algo que pudiera ignorarse.

Era el inicio de algo inevitable.



#106 en Joven Adulto
#310 en Thriller
#143 en Misterio

En el texto hay: romace, destino, drama

Editado: 24.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.