Lo Que El Dinero No Compro

CAPÍTULO 51

Nicole

¿Sería exagerado y conspiranoico de mi parte decir que durante estos últimos días me he sentido observada? Porque así es exactamente como me he sentido.

Cada minuto.

Desde hace un par de días tengo esa extraña sensación de que hay alguien detrás de mí, alguien que aparece cada vez que salgo de casa y que desaparece en cuanto intento descubrir quién es.

Al principio intenté convencerme de que solo estaba siendo paranoica.

Quizás era simplemente una de esas etapas en las que una comienza a prestar demasiada atención a su alrededor, pero la sensación no desapareció.

Cuando voy al supermercado, siento que alguien me observa.

Cuando salgo para hacer algún trámite, miro constantemente por encima de mi hombro.

Incluso cuando salimos a dar una vuelta con Emma, no puedo evitar revisar a las personas que pasan junto a nosotras, intentando descubrir algún rostro conocido entre la multitud. Esto, claramente, no se lo he comentado a Lucas.

Si se lo dijera, probablemente no me dejaría salir sola de casa durante las próximas semanas y conozco demasiado bien a mi hermano como para saber que no estoy exagerando.

Tampoco ayudan demasiado los malditos videos de TikTok.

Esos videos en los que mujeres cuentan sus experiencias sobre intentos de secuestro, personas que las siguen durante sus compras, hombres que las observan durante varios minutos antes de acercarse...

No debería verlos.

Lo sé.

Pero aun así termino haciéndolo y después, cuando estoy sola, mi cabeza reproduce cada una de esas historias como si estuviera viviendo exactamente lo mismo.

Mi instinto de supervivencia parece haberse activado por completo.

Por eso, mientras camino por uno de los pasillos del supermercado, no puedo evitar mirar de reojo cada vez que escucho pasos detrás de mí.

Intento concentrarme en mis compras, en las cosas que necesito llevar a casa.

En el detergente que tengo frente a mí, pero mi mente está en otra parte.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda.

Emma está sentada en su silla portátil, acomodada dentro del carro de compras, completamente ajena a todo lo que ocurre a su alrededor jugando tranquilamente con uno de sus juguetes mientras yo intento convencerme de que estoy exagerando.

Tomo una botella de detergente y finjo leer la etiqueta.

No tengo idea de qué estoy leyendo.

Mis ojos recorren las letras sin procesar absolutamente nada, entonces escucho unos pasos. Primero son apenas un sonido lejano, después se hacen más claros.

Cada vez más cerca.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Suelto el detergente sobre el carro y miro rápidamente hacia Emma.

No voy a hacer una escena ya que quizás simplemente es otra persona que está buscando un producto.

Intento mantener la calma, pero los pasos continúan acercándose y siento como mi corazón comienza a latir con fuerza.

Mi mano se cierra alrededor del borde del carro y entonces, sin pensarlo demasiado, saco a Emma de su silla y la tomo entre mis brazos.

Ella protesta ligeramente por el movimiento inesperado, pero la aprieto contra mi pecho.

No me importa si estoy exagerando, prefiero parecer paranoica antes que arrepentirme después.

Los pasos se detienen y una voz hace que todo mi cuerpo se congele.

—No es necesario que te pongas a la defensiva. Vengo en paz.

Esa voz.

Esa maldita voz.

Por un instante siento que el mundo deja de moverse.

No puede ser.

Mi corazón comienza a golpearme el pecho con tanta fuerza que casi puedo escucharlo.

Conozco esa voz.

Podría reconocerla entre cientos incluso después de todo este tiempo. Incluso después de haber hecho todo lo posible por olvidarla ¿Cómo es siquiera posible que después de tantos años siga teniendo ese efecto en mí?

Cierro los ojos durante un segundo, pero cuando vuelvo a abrir los ojos, sé que no estoy imaginando nada.

Me giro lentamente.

Y ahí está.

David.

De pie a unos cuantos metros de mí.

El hombre que durante tanto tiempo intenté borrar de mi memoria.

El hombre cuyo rostro apareció demasiadas veces en mis sueños cuando lo único que quería era olvidarlo.

El hombre que pensé que jamás volvería a ver.

Y por un instante, todo lo que creía haber superado regresa de golpe.

El resentimiento.

La rabia.

La humillación.

El dolor.

Y también ese sentimiento que me niego a reconocer incluso frente a mí misma.

Lo miro fijamente, pero él no parece sorprendido de verme. Es como si hubiera estado esperando este momento, como si supiera exactamente dónde encontrarme, como si llevara días siguiéndome.

La idea hace que mi cuerpo vuelva a ponerse en alerta.

—¿Se puede saber por qué demonios me sigues? —pregunto, intentando mantener la voz firme—. ¿Acaso quieres una denuncia por acoso?

David no se inmuta.

Ni siquiera parece intimidado por mi amenaza.

—Nicole, tenemos que hablar.

—No tenemos absolutamente nada de qué hablar.

—Sí tenemos.

—No.

Mi respuesta sale demasiado rápido.

Demasiado tajante.

Él da un pequeño paso hacia mí y automáticamente retrocedo.

Emma está entre nosotros y eso cambia completamente las cosas. David baja la mirada hacia ella y ese pequeño gesto consigue que mi estómago se revuelva.

Lo veo observarla.

Sus ojos recorren su rostro, sus pequeños brazos, el cabello que cae sobre su frente y por alguna razón, siento que hay algo extraño en su mirada.

Algo que no logro comprender.

—Te invito a un café —dice finalmente.

Lo miro incrédula.

¿Un café?

Después de todo lo que ocurrió.

Después de tantos años.

¿Eso es lo que quiere? ¿Sentarse conmigo tranquilamente a tomar un café como si fuéramos dos personas que simplemente dejaron una conversación pendiente?

—¿Y qué te hace pensar que voy a ir a tomar un estúpido café contigo?




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