El incendio de Los Olmos duró menos de una hora. Sus consecuencias llevan diez años ardiendo.
El mundo no es negro cuando no puedes verlo. Es una neblina grisácea, espesa como la sopa, donde los sonidos se convierten en filos y los olores en advertencias.
Sentada en el gran salón de Los Olmos, sentía que las paredes de piedra me vigilaban. Esta casa había sido diseñada para la grandeza, pero desde el incendio solo era un mausoleo con ecos de lujo. Mis dedos trazaban, una y otra vez, el relieve de una mancha de humedad en el brazo del sillón de terciopelo. Era mi único anclaje a la realidad, un mapa táctil en un universo de sombras.
—Victoria, por el amor de Dios, deja de tocar eso —la voz de Marcus llegó desde algún punto a mi derecha. Escuché el tintineo del cristal; se estaba sirviendo un whisky a las once de la mañana—. Me pones nervioso.
—El silencio es lo que te pone nervioso, Marcus —respondí suavemente, sin mover la cabeza.
Aprendí pronto que mover los ojos era inútil, así que los dejaba morir en algún punto del horizonte que no podía definir. Mi cuello permanecía rígido, una disciplina impuesta por años de oscuridad.
—¿A qué hora llega? —pregunté.
—En diez minutos. Y sigo pensando que es una locura —Marcus Sterling, mi abogado y el único hombre que mi padre había considerado lo suficientemente gris como para confiarle su fortuna, suspiró. Escuché el sonido metálico de su reloj de bolsillo al cerrarse con violencia—. El fideicomiso de tu padre fue redactado por un hombre paranoico, pero esto... contratar a un hombre que acaba de salir de la prisión de Blackwood para que sea tu cuidador personal es, literalmente, meter al lobo en el redil.
—No tengo nada que el lobo quiera, Marcus. Mi padre se llevó la fortuna a la tumba y lo que queda de esta casa apenas alcanza para pagar tus honorarios.
—Te tiene a ti —dijo él, y escuché sus pasos acercándose hasta que el olor a alcohol y tabaco inundó mi espacio—. Y eso es lo único que importa. Eres una Olmos. Aunque no puedas ver tu propio reflejo, el resto del mundo sigue viendo una mina de oro en medio de este desierto de cenizas.
Me encogí de hombros. Marcus no entendía que para mí ser una Olmos era una enfermedad de la que no podía curarme.
De repente, el timbre de la mansión resonó en el pasillo. Fue un sonido estridente que pareció vibrar en mis molares. Me tensé. Marcus soltó un bufido y caminó hacia la puerta principal. Yo me quedé allí, en la penumbra de mis ojos muertos, escuchando cómo el mundo exterior se filtraba por el umbral.
Pasos.
No eran los pasos de los criados, que caminaban como si pidieran perdón. Eran pasos que golpeaban el suelo con una autoridad violenta. Un ritmo lento: tac, tac, tac. Cada pisada parecía desplazar el aire hacia mí, cargando la atmósfera de una electricidad estática que erizaba el vello de mis brazos.
—¿Señor Thorne? —preguntó Marcus con una voz que intentaba ser firme pero que temblaba en las vocales—. Soy Marcus Sterling, el representante legal de la señorita Victoria. Ella lo está esperando.
No hubo respuesta verbal inmediata. Solo el sonido de alguien quitándose un abrigo pesado. El roce de la lana rugosa, el clic de una hebilla metálica. La intrusión era tan física que sentí que el oxígeno de la habitación empezaba a escasear.
—Adelante —dijo Sterling, con un tono que pretendía marcar territorio pero que solo lograba subrayar su nerviosismo.
La puerta del salón se abrió por completo. Una corriente de aire frío, con olor a asfalto mojado y a algo rancio, como el hierro oxidado, me golpeó el rostro. Me obligué a respirar con lentitud, manteniendo mis manos entrelazadas sobre el regazo para que nadie viera que mis uñas se clavaban en mi propia carne.
—Señorita Olmos —dijo la voz.
Se me detuvo el corazón por un segundo que pareció una eternidad. No era la voz de un enfermero ni de un sirviente. Era una voz que parecía venir de lo más profundo de un pozo: áspera, rota, cargada de una familiaridad terrorífica. Era como si el pasado hubiera encontrado una grieta en la puerta y se hubiera colado en mi presente, arrastrando cadenas.
Él caminó hacia mí. No se detuvo donde dictaba la decencia. Siguió avanzando hasta que sus botas rozaron las puntas de mis zapatos de seda. Me quedé inmóvil, con la mirada perdida en ese gris infinito que era mi vida.
—Elias Thorne —se presentó. No me ofreció la mano. Sabía que no podía verla.
—Bienvenido, señor Thorne —mi voz salió más quebrada de lo que pretendía—. Espero que el señor Sterling le haya explicado sus funciones. Mi... condición requiere una atención constante a los detalles que yo ya no puedo manejar.
Sentí que él se inclinaba hacia mí. El calor de su cuerpo era una agresión.
—He manejado cosas mucho más difíciles que una mujer en la oscuridad, Victoria —susurró.
El uso de mi nombre de pila, sin permiso, fue como un latigazo. Marcus dio un paso al frente, indignado, pero Elias levantó una mano —lo supe por el cambio en la presión del aire— para detenerlo.
—Dígame, señorita —continuó él; su voz ahora era un ronroneo letal—. ¿Qué es lo último que recuerda haber visto antes de que se apagara la luz?
La pregunta fue un cuchillo que buscaba la cicatriz. Mis ojos, por puro reflejo biológico ante el estímulo del trauma, se humedecieron, pero no lloré.
—Fuego —respondí, y fue una verdad a medias que me quemó la garganta—. Solo recuerdo el fuego.
—Qué desperdicio —dijo él.
De repente sentí sus dedos cerca de mi rostro. No me tocó, pero hizo un chasquido brusco con los dedos, justo frente a mis pupilas.
Cualquier persona con vista habría parpadeado por puro reflejo corneal. Yo no lo hice. Mis ojos ni siquiera temblaron. Permanecieron fijos, nublados por esa opacidad que los médicos llamaban catarata traumática post-incendio. Elias se quedó en silencio un largo rato. Pude oír su respiración, pesada y rítmica.