La noche en la mansión de Los Olmos siempre había sido mi aliada. En la oscuridad total, el mundo se nivelaba; todos eran tan ciegos como yo, y el espacio se convertía en un mapa de sonidos y corrientes de aire que solo yo sabía leer. Pero esa noche, la oscuridad se sentía distinta. Tenía dientes.
Me encontraba en mi dormitorio, un refugio de seda y madera vieja. Me había despojado del vestido y ahora el raso fino de mi camisón era lo único que mediaba entre mi piel y el aire gélido de la habitación. Estaba sentada frente al tocador, cepillando mi cabello. El sonido era rítmico: el shhh de las cerdas contra las hebras, una caricia constante que me ayudaba a mantener la cordura. Contaba las pasadas: ochenta y dos, ochenta y tres...
De repente, el aire cambió.
No fue un ruido fuerte. Fue una interrupción en el flujo del oxígeno, un siseo casi inaudible de la puerta al abrirse sobre la alfombra. Un aroma a tormenta, asfalto y metal oxidado se filtró en mi santuario, cortando el olor a jazmín de mis aceites.
Mi mano se detuvo con el cepillo en el aire. El corazón me dio un vuelco, golpeando mis costillas con una fuerza que me mareó. No me moví. En mi mundo, girarse hacia un sonido era un acto de fe, no de confirmación visual.
—¿Halloway? —pregunté. Mi voz sonó pequeña, perdida en la inmensidad del cuarto—. Ya le dije que no necesitaba nada más antes de dormir.
El silencio que siguió fue denso, pesado. Podía sentir una mirada. No sé cómo explicarlo a quien tiene ojos, pero la atención de alguien sobre tu piel se siente como un aumento de la presión atmosférica. Alguien estaba allí, de pie, observando cómo el raso de mi camisón subía y bajaba con mi respiración agitada.
—¿Marcus? —insistí, y esta vez el miedo no fue fingido. La vulnerabilidad de no saber exactamente dónde está el otro es un abismo—. Si es una broma, no tiene gracia.
—Marcus Sterling está durmiendo gracias al exceso de whisky en el ala oeste —la voz de Elias Ward surgió desde la penumbra. No estaba cerca de la puerta; ya había avanzado varios pasos hacia el centro de mi habitación—. Y la señora Halloway tiene el sueño demasiado pesado para una casa tan llena de secretos.
Me estremecí. Dejé el cepillo sobre el mármol del tocador; el sonido del impacto resonó como un disparo en el silencio.
—¿Qué hace aquí, señor Ward? Este es mi dormitorio. Salga inmediatamente.
Escuché sus pasos. Eran deliberados, lentos, acercándose hacia mi espalda. Me quedé rígida en la silla, orientando mis oídos hacia la cadencia de sus botas sobre la alfombra.
—Vine a asegurarme de que la puerta estuviera cerrada —dijo él. Su voz estaba tan cerca ahora que sentí su calor en mi nuca—. Pero me encontré con que habías echado la llave. ¿A qué le tienes miedo, Victoria?
—A la falta de modales de mis empleados —respondí, apretando los puños sobre mi regazo.
Sentí el roce del cuero contra mi hombro desnudo. El guante de Elias se deslizó por mi piel con una lentitud tortuosa. El frío del material contra mi calor corporal me provocó un espasmo involuntario. No sabía qué buscaba su mano, si mi garganta o mi rostro, hasta que sentí que sus dedos rodeaban un mechón de mi cabello.
—¿Sabes qué es lo más fascinante de la gente que no puede ver? —susurró. Estaba inclinado sobre mí; su aliento, con un rastro de café amargo, me rozaba la oreja—. Que sus otros sentidos se agudizan. Dicen que pueden sentir cuando alguien los mira con deseo... o con odio. ¿Qué siente usted ahora, señorita Olmos?
—Siento una impertinencia que le costará el puesto —dije, aunque mi voz me traicionó, saliendo como un susurro quebrado.
Él no se retiró. Al contrario, sentí cómo aspiraba el aroma de mi pelo. Fue un gesto invasivo, animal.
—Hueles a jazmín y a culpa —dijo—. Es una combinación peligrosa.
—Váyase —repetí.
Escuché el sonido de algo metálico chocando contra el mármol de mi tocador. Un clic seco.
—He dejado algo para ti sobre la mesa —su tono volvió a ser profesional, despojado de esa calidez amenazante—. Mañana empezaremos con la inspección del jardín. Quiero que me lleves exactamente al lugar donde empezó el incendio.
—Yo no puedo guiarlo a ninguna parte.
—Los recuerdos no necesitan ojos, Victoria. Solo necesitan que alguien te obligue a regresar al lugar donde todo ardió.
Escuché sus pasos alejándose y, finalmente, el chasquido de la puerta al cerrarse.
Me quedé sola, temblando de tal forma que mis dientes castañeteaban. Solo cuando el silencio volvió a ser absoluto, extendí la mano por la superficie del tocador, tanteando a ciegas. Mis dedos recorrieron los frascos de perfume y los polvos hasta que tropezaron con algo frío y metálico.
Lo levanté.
Mis dedos reconocieron la forma de inmediato. Los grabados en el metal, la textura del hollín que aún manchaba el acero.
Era un viejo encendedor de plata.
El encendedor de mi padre.
El mismo que Julian llevaba en el bolsillo la noche en que la policía se lo llevó entre las llamas.