La mañana trajo consigo el sonido persistente de los mirlos y un sol que solo percibía como un cambio de temperatura en mi mejilla izquierda. Halloway me ayudó a vestirme con un traje de lino crudo; algo sencillo, pero con la armadura de una mujer que no está dispuesta a ser pisoteada en su propia casa.
—Tiene visitas, niña —susurró Halloway mientras me abrochaba los botones de la espalda—. La señorita Beatriz ha llegado. Está en la terraza.
—¿Y él? —pregunté, tratando de sonar indiferente. En Los Olmos, el pronombre «él» ya solo tenía un dueño.
—Está en el jardín. Lleva desde el amanecer midiendo el terreno con una cinta métrica.
Bajé las escaleras apoyada en el pasamanos de caoba, contando los escalones por instinto. Al llegar a la terraza, el olor a café recién hecho y el perfume de Beatriz —una gardenia dulce y familiar— inundaron mis sentidos. Antes de que pudiera pronunciar una palabra, sentí su abrazo. Era cálido, protector.
—Mi pequeña Victoria —susurró Beatriz, rodeándome con sus brazos. Su voz era pura miel—. Estás temblando, querida. Este hombre nuevo… Marcus me dijo que es un tipo rudo. Me ha tenido en vilo toda la noche pensando en ti, sola en esta casa tan grande.
—Es solo el frío de la mañana, Bea —dije, dejándome guiar hacia la mesa de hierro forjado.
Beatriz me sentó con una delicadeza extrema, acomodando mis manos sobre la mesa como si fueran de cristal.
—No me gusta que te expongas, Victoria —dijo, y escuché el tintineo de su cucharilla. Su voz era la de una hermana preocupada—. Sabes que el mundo exterior es cruel con las personas… en tu estado. Marcus y yo solo queremos protegerte. Sabes que nadie te conoce como yo, ¿verdad? Nadie cuidará de tus necesidades con tanta paciencia.
—Es una disposición del fideicomiso, Bea. No tuve elección.
—Lo sé, cariño. Pero prométeme que no harás nada sin consultarme. No quiero que ese… sujeto se aproveche de tu bondad.
En ese momento, el sonido rítmico de unas botas pesadas sobre la grava del jardín interrumpió la paz de la terraza.
—Buenos días, señoritas.
La voz de Elias Ward fue como una ráfaga de aire helado. Escuché cómo subía los escalones. Se detuvo a una distancia prudencial, pero su presencia era tan masiva que parecía ocupar todo el espacio.
—Ward —dijo Beatriz, recuperando su tono de elegancia impecable—. Soy Beatriz de la Vega, amiga íntima de la familia. He venido a ver cómo se encuentra Victoria. No solemos ver caras nuevas por aquí.
—Un placer, señorita De la Vega —la voz de Elias era monótona, casi mecánica—. Me aseguraré de que la señorita Olmos reciba toda la asistencia que requiere su posición. He terminado de delimitar el antiguo invernadero. Hay algo interesante bajo los escombros de la antigua bodega. Una trampilla de hierro con una cadena.
El aire se me escapó de los pulmones. Debajo de la mesa, mis dedos se entrelazaron con fuerza, pero mi rostro permaneció impasible, orientado hacia el vacío.
—Seguro que son solo los trastos de mi padre —logré decir.
—La cadena no parece tener diez años, Victoria —dijo Elias. Su voz bajó de tono, volviéndose privada, casi íntima—. Parece que alguien ha estado manteniendo ese acceso cerrado desde el exterior.
Beatriz soltó una risita suave, casi angelical.
—Qué imaginación, señor Ward. Victoria no ha bajado a un sótano en una década. Ni siquiera sale a caminar si no es del brazo de alguien de su total confianza. No la abrume con misterios innecesarios.
—No es un misterio, es una inspección —replicó Elias—. Y como su cuidador, es mi deber llevarla allí abajo esta tarde. Ella necesita reconocer los límites de su propiedad.
—Yo la acompañaré, entonces —dijo Beatriz con prontitud—. No permitiré que se lastime en un lugar tan lúgubre.
—Me temo que el sótano es inestable y el espacio es reducido, señorita De la Vega —Elias dio un paso al frente—. Solo hay espacio para ella y para quien la guíe. Y en este momento, esa tarea me corresponde a mí.
Se alejó sin esperar respuesta.
Beatriz suspiró, un sonido lleno de angustia, y volvió a tomar mi mano entre las suyas. Sus dedos estaban fríos, pero su voz seguía siendo un susurro de consuelo.
—No dejes que te asuste, Victoria —me dijo al oído, dándome un suave apretón—. Ese hombre no entiende lo que significa vivir así, protegida, a salvo de todo. Tú y yo hemos construido un mundo perfecto aquí, querida. No dejes que nadie lo rompa. Recuerda que, pase lo que pase, yo soy la única que sabe quién eres realmente.