DIEZ AÑOS ATRÁS
El verano en Los Olmos solía oler a césped recién cortado y a las gardenias que mi madre cultivaba con una devoción casi religiosa. En aquel entonces, el mundo no era una neblina gris; era un estallido de colores tan brillantes que a veces dolían.
Yo tenía diecinueve años y creía que la felicidad era algo que se encontraba fuera de las verjas de hierro de la mansión. No sabía que el peligro tenía un nombre y que vestía el uniforme manchado de tierra de los jardineros.
—Te vas a caer, Victoria —la voz de Julian me llegó desde abajo, cargada de una risa que siempre parecía estar a punto de desbordarse.
Yo estaba sentada en la rama más alta del viejo roble, con los pies descalzos colgando en el aire. Desde allí podía ver todo el valle, y también podía verlo a él. Julian Thorne tenía veinte años y unos hombros que parecían capaces de sostener el mundo. Levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos. En aquel entonces no había odio en ellos; solo una chispa de algo que yo no me atrevía a nombrar.
—Si me caigo, tendrás que atraparme —respondí, desafiante.
—Te atraparía aunque no me lo pidieras —dijo él, y sus palabras quedaron suspendidas en el aire cálido.
En ese momento, el sonido de unos pasos ligeros sobre la grava nos sobresaltó.
—Qué escena tan… encantadora.
Beatriz apareció desde el sendero de los rosales.
Incluso a los diecinueve, Beatriz poseía una elegancia gélida que hacía que el resto de nosotros pareciéramos fuera de lugar. Vestía un vestido de seda amarilla impecable. Su sonrisa era perfecta, pero sus ojos recorrieron a Julian con una curiosidad que me resultó extraña.
—Beatriz, no te escuché llegar —dije, bajando del árbol lo más rápido que pude.
—Estabas distraída, querida —Beatriz se acercó y me sacudió una brizna de hierba del hombro. Sus dedos se demoraron un segundo en mi piel, en un gesto suave y protector—. Tu padre está de mal humor, Victoria. Marcus Sterling ha llegado con los papeles de la propiedad y ya sabes cómo se pone cuando hay que hablar de negocios. No creo que le guste encontrarte… perdiendo el tiempo aquí.
Julian dio un paso atrás, recuperando su máscara de empleado. La luz en su rostro se apagó un poco, sustituida por esa distancia que mi padre siempre exigía.
—Permiso, señoritas —murmuró Julian, inclinando la cabeza antes de alejarse hacia el invernadero.
Me quedé mirando su espalda, sintiendo una punzada de algo que se parecía mucho al vacío. Beatriz entrelazó su brazo con el mío, obligándome a caminar hacia la casa principal.
—Es un buen muchacho, ¿verdad? —susurró ella, como si leyera mis pensamientos—. Pero recuerda quién eres tú, Victoria. Y recuerda quién es él. Hay distancias que no se pueden acortar sin que algo se rompa en el camino.
—Solo estábamos hablando, Bea.
—Lo sé, cielo. Y yo siempre estaré aquí para asegurarme de que solo sea eso —Beatriz me acarició la mejilla con una ternura infinita—. Tu padre puede ser muy severo, pero mientras yo esté contigo, nadie te hará daño. Somos tú y yo contra el mundo, ¿recuerdas?
Esa tarde, bajo el sol implacable, Beatriz me ofreció su mano y su silencio. Yo, en mi ingenuidad de diecinueve años, acepté ambas cosas como si fueran regalos, sin entender que cada palabra que no decíamos se estaba convirtiendo en una piedra sobre mi propio futuro.
No sabía que el verano terminaría en cenizas. Solo sabía que Julian Thorne era la primera cosa que yo quería poseer por mí misma, y que Beatriz era la única persona que parecía dispuesta a ayudarme a lograrlo.