El recuerdo del sol de aquel verano se desvaneció en cuanto el aire frío del pasillo del sótano me golpeó la cara. En mi mente, Julian seguía teniendo las manos manchadas de tierra y olor a césped; en la realidad, el hombre que caminaba a mi lado exhalaba una presencia pesada y gélida que me hacía sentir más ciega que nunca.
—Cuidado —dijo el señor Ward. Su mano se cerró alrededor de mi codo.
No era el toque de Beatriz. Era un agarre firme, casi dominante. Me obligó a avanzar por el suelo irregular de la bodega, donde el olor a moho y a humedad se mezclaba con el aroma a ceniza vieja que nunca terminó de abandonar los cimientos de Los Olmos.
—Puedo caminar sola —dije, tratando de zafar mi brazo.
—No aquí abajo —respondió él con una dureza cortante—. El suelo está lleno de escombros que nadie se molestó en limpiar tras el incendio. Si te caes, tu abogado querrá mi cabeza, y no tengo intención de darle motivos.
Se detuvo en seco. Escuché el tintineo de metal contra metal. El sonido de una cadena pesada siendo arrastrada sobre el hierro.
Clac.
Clac.
Clac.
El sonido rebotaba en las paredes de piedra, amplificando mi sensación de encierro.
—Aquí está —murmuró—. La trampilla que mencioné.
—Es solo un antiguo depósito de suministros —dije, forzando una calma que no sentía—. Mi padre guardaba allí documentos y herramientas. No entiendo por qué tanto interés por un lugar que ha estado sellado diez años.
—Ese es el problema, Victoria. Que no ha estado sellado —sentí que se movía, rodeándome. El eco de sus pasos me decía que el espacio era estrecho—. Alguien puso esta cadena hace poco. Y no parece que lo hicieran para impedir que alguien entrara, sino para ocultar que el acceso sigue vivo.
No respondí. Me quedé inmóvil, con los ojos fijos en la nada, rogando que el latido de mi corazón no fuera audible. Elias soltó un bufido y escuché el esfuerzo físico mientras tiraba de la trampilla. El chirrido de las bisagras oxidadas fue un lamento agónico que recorrió mis vértebras.
—Está abierta —anunció—. Vamos a bajar.
—Yo no voy a bajar ahí. Es insalubre.
—Para alguien que vive en una oscuridad perpetua, un sótano debería ser su territorio natural, ¿no es así? —la ironía en su voz era un filo—. ¿O es que teme que sus manos encuentren algo que sus ojos prefieren olvidar?
Sin esperar mi permiso, me tomó de la cintura para ayudarme a descender por los primeros peldaños de una escalera de mano. Fue un contacto eléctrico, invasivo. Mi espalda quedó pegada a su pecho por un segundo eterno; pude sentir la fuerza de su cuerpo y el calor que emanaba, un calor que contrastaba violentamente con el frío sepulcral del sótano.
Al llegar al fondo, el aire se volvió denso, casi sólido. Era un espacio pequeño, asfixiante.
—¿Qué ve, señor Ward? —pregunté, manteniendo la mirada fija en la nada.
Lo escuché caminar. El sonido de sus botas sobre el suelo de tierra era distinto aquí abajo; sonaba hueco.
—Veo estantes vacíos —dijo él, y su voz parecía venir de todas partes—. Pero hay algo más. Alguien ha estado aquí. Hay marcas recientes en el polvo de ese rincón. Y el cerrojo de la caja de suministros ha sido forzado.
—¿Forzado? —el vello de mi nuca se erizó—. Eso es imposible.
—En esta casa nada parece imposible —se acercó a mí de nuevo—. Hay alguien que conoce los rincones de esta mansión tan bien como usted, Victoria. Alguien que no necesita luz para moverse.
Me tomó de la mano. No fue un gesto de afecto, sino uno de advertencia. Sus dedos recorrieron los míos antes de soltarme.
—Dígame —susurró, tan cerca que su aliento me rozó la mejilla—, ¿está segura de que estamos solos en Los Olmos? Porque tengo la sensación de que hay un invitado en sus sombras que nadie más ha notado.