Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 7

Los minutos en la oscuridad no se cuentan por segundos, sino por latidos.

Me quedé inmóvil junto al escritorio de mi padre, con los oídos agudizados hasta el límite del dolor. El sonido de la pala se detuvo. Luego, el silencio absoluto.

Entonces, un estruendo desgarró la noche.

No fue un disparo. Fue el sonido de un cristal rompiéndose en la planta baja, seguido de un grito ahogado que reconocí en lo más profundo de mis huesos.

Era la voz de Elias.

Olvidé todas las advertencias. No corrí hacia el teléfono. Mi instinto —ese que había pasado diez años intentando enterrar— me empujó hacia la puerta.

Bajé las escaleras a ciegas, mis pies volando sobre los escalones que conocía de memoria, con el corazón en la garganta.

—¡Elias! —llamé al llegar al vestíbulo.

—Atrás… Victoria… —su voz llegó desde la puerta que daba al jardín, débil, rota.

Avancé guiada por el sonido de su respiración entrecortada. Mis manos encontraron su cuerpo y, al instante, algo húmedo y caliente empapó sus dedos. El olor metálico de la sangre inundó mis sentidos.

—Estás herido —dije, con las manos temblando sobre su pecho.

—No es… nada —gruñó, aunque sentí cómo se desplomaba contra el marco de la puerta—. Se escapó. Pero dejó esto.

Elias tomó mi mano y me obligó a tocar lo que sostenía con fuerza. Era un objeto metálico, pequeño y frío. Una llave.

Pero no era una llave cualquiera. Tenía una forma ornamentada, antigua… idéntica a la que mi padre llevaba siempre en la cadena de su reloj.

—Intentó matarme por esto —susurró—. Victoria… tu padre no murió solo por el incendio. Esta llave abre la caja de seguridad que desapareció de la comisaría hace diez años.

De repente, el sonido de un coche frenando en seco sobre la grava nos sobresaltó.

Luces potentes —que percibí como un resplandor anaranjado a través de mis párpados— inundaron el vestíbulo.

—Es Beatriz —dije, reconociendo el motor—. Ha vuelto.

Elias me agarró de las muñecas con una fuerza desesperada, obligándome a inclinarme hacia él.

—Escúchame bien —su voz era un siseo urgente—. Si ella ve esta llave, estamos muertos. No confíes en nadie, Victoria. Ni siquiera en la luz que crees que te protege.

Deslizó la llave en mi mano y cerró mis dedos sobre ella justo cuando escuchamos los pasos apresurados de Beatriz corriendo hacia la entrada.




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