Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 8

La puerta principal se abrió de par en par, dejando entrar una ráfaga de aire que agitó mis cabellos y arrastró consigo el olor a gasolina del coche de Beatriz.

Sus pasos, rápidos y rítmicos, resonaron en el mármol del vestíbulo como disparos.

—¡Victoria! ¡Dios mío, Victoria! —exclamó—. He visto las luces desde la carretera… presentía que algo iba mal…

Se detuvo en seco.

Escuché su respiración agitada al encontrarse con la escena: yo, en el suelo, con las manos manchadas de sangre; Elias, jadeando contra la pared.

—¿Qué ha pasado? —preguntó. Su voz se volvió cortante, despojada de su dulzura habitual—. Ward, ¿qué le ha hecho?

—No me ha hecho nada, Bea —dije, intentando mantener la voz firme mientras apretaba la llave oculta en el puño de mi mano limpia—. Alguien estaba en el jardín. Él intentó detenerlo.

Beatriz se acercó. Sentí su presencia envolviéndome, intentando apartarme del cuerpo de Elias.

—Mírate, Victoria… estás cubierta de sangre. Esto es un desastre —dijo, tomando mi brazo con una fuerza que pretendía ser protectora, pero que se sentía como un grillete—. Suéltalo. Este hombre no ha cumplido con su trabajo. Se suponía que debía garantizar tu paz, no convertir tu casa en un matadero.

—Está herido, Beatriz. Hay que llamar a un médico.

—Lo que hay que hacer es llamar a Marcus para que lo saquen de aquí ahora mismo —sentenció. Se giró hacia Elias—. Es usted un incompetente, Ward. Un delincuente que solo ha traído violencia a esta propiedad. Si no pudo proteger el perímetro de un simple intruso, no sirve para estar aquí. Victoria, ven conmigo arriba. Deja que la servidumbre se encargue de este… estropicio.

Elias soltó una risa ronca que terminó en una tos seca. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, pero no dijo nada. Estaba esperando mi reacción.

Todos lo estaban.

—No —dije.

La palabra cayó en el vestíbulo con el peso del plomo.

El silencio que siguió fue tan denso que casi pude oír el parpadeo de Beatriz.

—¿Qué has dicho, cielo? —preguntó, con una incredulidad afilada.

—He dicho que no —repetí, poniéndome de pie con lentitud, sin soltar a Elias mientras lo ayudaba a sostenerse—. El señor Ward se queda. Se arriesgó por esta casa mientras nosotros estábamos cenando. No voy a echarlo a la calle desangrándose porque un intruso logró escapar.

—Victoria, no estás pensando con claridad. Estás en estado de shock —insistió Beatriz, intentando tomar mi mano otra vez. Esta vez, retrocedí un paso. El primero en diez años—. Este hombre es un peligro para ti. Yo sé lo que es mejor para tu seguridad, siempre lo he sabido…

—Esta noche no, Beatriz —mi voz no tembló, y eso me sorprendió incluso a mí—. Esta noche, yo decido quién entra y quién sale de Los Olmos.

Giré ligeramente el rostro hacia el pasillo.

—Halloway —llamé con firmeza—, prepare la habitación de invitados de la planta baja. Y traiga el botiquín. Yo misma me encargaré de que el señor Ward esté estable.

—¿Tú? —la voz de Beatriz se tensó, perdiendo por un instante su barniz de elegancia—. No puedes ni ver la herida, Victoria. Vas a mancharte, vas a…

—Puedo sentir el calor de la sangre, Bea. Y puedo sentir el pulso de un hombre que sigue vivo.

Me giré hacia donde creía que estaba su rostro, manteniendo mis ojos nublados fijos en su dirección.

—Gracias por venir, de verdad. Pero ahora necesito que regreses a tu casa. Estoy cansada… y tengo mucho que hacer.

Beatriz no respondió de inmediato.

El silencio se prolongó lo suficiente como para que el frío comenzara a filtrarse en mis huesos. Sabía que me estaba observando, evaluando esta nueva versión de mí que acababa de nacer entre la sangre y la oscuridad.

—Como desees, Victoria —dijo finalmente. Su tono era gélido, una advertencia disfrazada de aceptación—. Pero recuerda que, cuando las sombras de esta casa se vuelvan demasiado pesadas, yo soy la única que conoce el camino de salida. No digas que no te lo advertí.

Sus pasos se alejaron, más lentos esta vez, cargados de una furia silenciosa.

Cuando la puerta principal se cerró con un estrépito metálico, sentí cómo el cuerpo de Elias cedía. Lo ayudé a sentarse en el banco del vestíbulo.

—Eso ha sido… valiente —susurró. Su voz era apenas un soplo—. O estúpido.

—Cállese, Ward —respondí, apretando la llave oculta en mi mano—. Aún no he decidido si lo he salvado… o si acabo de condenarme.




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