Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 9

Halloway apareció en el vestíbulo con una agilidad sorprendente para su edad, arrastrando un carrito con el botiquín y un juego de sábanas limpias.

Guio a Elias hasta la habitación de invitados de la planta baja, una estancia amplia y fría que rara vez se usaba.

Dejé que lo ayudara a tumbarse en la cama mientras yo intentaba calmar el temblor de mis propias manos.

—Aquí tienes, niña —murmuró Halloway, dejando la caja metálica del botiquín sobre la mesita—. ¿Estás segura de que quieres hacer esto tú sola? No hay luz aquí abajo, y…

—Estaré bien, Halloway —dije, intentando sonar más segura de lo que me sentía—. Necesito que te asegures de que todas las puertas y ventanas estén bien cerradas. Y que la policía… la de verdad, no Marcus… venga a revisar el perímetro al amanecer.

Halloway asintió.

Escuché sus pasos alejarse, la puerta quedando entornada. Su voz, dando órdenes a la servidumbre, se fue apagando hasta que el silencio de la casa volvió a envolverme, roto solo por la respiración agitada de Elias.

—¿Puede quitarse la camisa, señor Ward? —pregunté, forzando la profesionalidad. Mis dedos ya habían encontrado la caja del botiquín y la abrí con un suave clic.

Elias no respondió de inmediato. Escuché el roce de la tela al moverse y, luego, el leve sonido de su camisa al ser retirada.

—Listo —dijo. Su voz estaba más ronca de lo habitual.

Acerqué las manos. Necesitaba evaluar la herida.

Mis dedos tocaron la piel de su hombro, cálida y tensa. El corte era profundo, pero no fatal: en el flanco izquierdo, cerca de las costillas. Sangraba, sí, pero el flujo era constante, no pulsante.

—Es un corte limpio —murmuré, buscando las gasas y el antiséptico. El olor a yodo llenó el aire—. Ha tenido suerte de que no alcanzara el hueso.

Empecé a limpiar la herida con movimientos cuidadosos, confiando en el tacto para guiarme. La piel alrededor estaba inflamada, pero la sangre comenzaba a coagularse.

Elias permaneció en silencio. Solo un leve jadeo escapaba de sus labios cuando la presión se volvía demasiado intensa.

Mientras recorría su costado para evaluar la extensión del corte, encontré algo más.

Justo debajo del omóplato, un tejido cicatrizado.

Una marca antigua, grande, de bordes irregulares. Como si la piel hubiese sido arrancada… o quemada con algo abrasivo. No era una herida de cuchillo. Era otra cosa.

Mis dedos se detuvieron sobre la cicatriz. Áspera. Irregular. Un mapa grabado en su piel.

La curiosidad me punzó, obligándome a seguir el contorno de aquella marca desconocida. Era un tatuaje de dolor, un testimonio mudo de algo terrible que le había ocurrido mucho antes de llegar a Los Olmos.

—¿Qué es esto? —pregunté, antes de poder contenerme.

Elias se tensó. Su respiración se volvió más profunda.

—Nada que le incumba, Victoria —respondió, con una dureza inesperada.

Retiré la mano.

—Lo siento. Estaba… buscando la extensión de la herida.

—Céntrese en lo que tiene delante —dijo. Su tono no admitía réplica.

Pero la semilla ya estaba plantada.

Mientras terminaba de limpiar la sangre y aplicaba el ungüento en la herida reciente, mis dedos volvían —una y otra vez— al límite de aquella cicatriz silenciosa.

La herida visible era superficial. La historia grabada en su piel… no.

Y yo, en mi oscuridad, sentía que allí había una verdad que nadie quería que descubriera.

La llave de mi padre, oculta en mi bolsillo, parecía latir contra mi pierna.

Dos secretos.

Dos hilos que, lo sabía, estaban conectados por un pasado que Los Olmos se negaba a enterrar.




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