Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 10

El amanecer llegó, pero no trajo consigo la paz. La promesa de la luz era una burla cuando mi mundo seguía siendo oscuridad. El olor a yodo y a sangre fresca impregnaba la habitación de invitados. Elias Ward se había sumido en un sueño inquieto, sus jadeos ocasionales rompiendo el silencio, mientras yo permanecía sentada en el sillón, con la llave de mi padre oculta en el puño de mi vestido.

No pasaron muchas horas hasta que el sonido de un coche conocido rasgó el aire. Esta vez no era Beatriz. Era el Bentley de Marcus Sterling. Su llegada, puntual como la muerte, anunciaba el fin de la efímera tregua de la noche.

Escuché el golpe firme en la puerta principal. Luego, los pasos apresurados de Halloway abriendo. Las voces se sucedieron: la de Marcus, cargada de su habitual superioridad, y otras dos voces masculinas, graves y desconocidas. La policía.

—¡Victoria! —la voz de Marcus retumbó en el vestíbulo—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado aquí? Beatriz me llamó… me habló de cosas absurdas… ¿Dónde está ese hombre? ¡Ward!

Elias se removió en la cama. Escuché su respiración acelerarse, sus músculos tensándose bajo la sábana. La puerta de la habitación de invitados se abrió sin previo aviso, y el aire cambió con la entrada de Marcus, seguido por la presencia firme de al menos dos hombres más.

—Victoria, hija… ¿qué es este desorden? —Marcus se acercó a mí, sus manos intentando inspeccionarme—. ¿Estás herida? ¿Ese hombre te ha hecho algo?

—No, Marcus. Estoy perfectamente bien —dije, sintiendo la llave fría en mi mano—. El señor Ward evitó que las cosas fueran a peor.

—¿Evitar que fueran a peor? —replicó—. Hay un cristal roto en el salón, huellas en el jardín, y él está herido. Se suponía que debía protegerte, no convertir esto en un desastre. ¿Qué tiene que decir al respecto?

Elias se incorporó con un gemido, su voz áspera por el dolor.

—Un hombre intentó entrar por el jardín trasero —dijo él, con un tono controlado—. Lo enfrenté. Se defendió y logró herirme antes de escapar por el muro oeste.

—¿Y el intruso? ¿Vio su rostro? ¿Hay algún rastro? —preguntó una de las voces policiales, grave y autoritaria.

—No vi su rostro —mintió Elias con una convicción que me heló la sangre—. Estaba oscuro. Pero sé que buscaba algo en el antiguo depósito de su padre, señorita Olmos.

Marcus resopló, la incredulidad evidente en su voz.

—Tonterías. No hay nada de valor allí. Es una bodega vacía. Lo que buscaba era robar, como cualquiera que entra en una casa de esta magnitud. Y este hombre falló en su trabajo.

—No —dije, interrumpiéndolo. Todos los oídos se volcaron hacia mí—. No falló. Si no hubiera estado aquí, Marcus, yo no estaría contándolo. Él me encontró en el despacho cuando el intruso ya estaba cerca.

—Pero ¿por qué estabas en el despacho, Victoria? —la voz de Marcus se volvió demasiado suave, demasiado controlada—. Deberías haber estado en tu habitación, segura.

—Escuché un ruido —dije, sintiendo aún el eco de la pala en la tierra—. Y el señor Ward fue a investigar. Yo lo seguí.

—Una imprudencia temeraria —sentenció Marcus—. Esto solo confirma que este hombre es un peligro para ti. No te protege; te expone.

—¡Basta! —dije, elevando la voz más de lo que esperaba. El peso de la llave en mi mano se volvió firme—. Yo decido quién se queda en mi casa, Marcus. Y el señor Ward se queda. Necesita recuperarse aquí, y necesito que termine su trabajo.

Un silencio tenso llenó la habitación. Podía sentir la mirada de Marcus sobre mí, la atención de los policías sobre Elias y la de Elias sobre mí, cargada de una sorpresa que no supe interpretar.

—Como desees, Victoria —dijo finalmente Marcus, con una rigidez apenas contenida—. Pero no me haré responsable de las consecuencias. Oficiales, tomen la declaración del señor Ward. Revisen las huellas en el jardín. Yo me encargaré de que la señorita Olmos no vuelva a ponerse en riesgo innecesario.

Escuché a Marcus salir de la habitación, sus pasos resonando con frustración. Los policías se acercaron a Elias, comenzando sus preguntas. Sentí que su atención seguía buscándome en la penumbra.

La mano que sostenía la llave ardía. Había mentido a Marcus, a la policía, y quizás también a mí misma. Había elegido a Elias, a un hombre al que apenas conocía, por encima de todos los que se suponía que me protegían. Y por primera vez en diez años, sentí que había tomado una decisión propia. Una elección que podía llevarme a la verdad… o a un desastre aún mayor.




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