La mansión recuperó un silencio sepulcral, aunque era un silencio herido. Marcus se había marchado tras dejar una escolta en la puerta principal, y los oficiales de policía habían terminado su peritaje en el jardín.
Halloway me había insistido en que volviera a mi habitación, pero mis pies me llevaron de vuelta a la planta baja. La llave de mi padre, oculta ahora en el dobladillo de mi bata, pesaba como si fuera de plomo contra mi pierna.
Entré en la habitación de invitados sin llamar. El aire estaba cargado con el olor metálico del antiséptico.
—¿No puede dormir, señorita Olmos? —la voz de Elias Ward surgió de la penumbra, tan fría y afilada como siempre.
—Nadie puede dormir en esta casa esta noche —respondí, acercándome a la cama con cautela. Me senté en la silla de madera, manteniendo las manos entrelazadas sobre mis rodillas para que él no notara mi temblor—. ¿Cómo se siente?
—He tenido días peores —dijo él. Escuché el roce de las sábanas; se estaba incorporando con un esfuerzo que intentaba ocultar—. Me ha salvado de una situación complicada ahí fuera. Marcus Sterling habría disfrutado mucho viéndome salir de aquí escoltado por la policía.
—No lo hice por usted, señor Ward —mentí, aunque el nombre me resultó extraño en la lengua—. Lo hice porque este es mi hogar. He pasado demasiado tiempo dejando que otros decidan quién es una amenaza y quién no lo es.
—Una decisión valiente —replicó él. Hubo una pausa cargada de una tensión difícil de sostener—. Casi tan valiente como ocultar una llave por la que el intruso estaba dispuesto a matar.
Me tensé.
—¿Qué sabe usted de esa llave? —pregunté, bajando la voz.
—Sé que esa llave no abre una caja de caudales común, Victoria —dijo él, y el uso de mi nombre sin el “señorita” me golpeó como un impacto físico—. El hombre que estaba cavando en el jardín buscaba lo que su padre ocultó antes de que la casa ardiera. Un rastro de lo que realmente sucedió hace diez años.
Sentí un frío repentino. Mis dedos buscaron instintivamente la cicatriz en mi rostro.
—Lo que pasó hace diez años fue un accidente —susurré, repitiendo la frase que me habían hecho repetir hasta convertirla en una verdad propia.
—¿Un accidente? —Elias soltó una risa seca, sin rastro de humor—. Los accidentes no dejan cadenas nuevas en sótanos abandonados ni atraen a hombres con palas en mitad de la noche. Alguien está muy nervioso porque yo estoy aquí, Victoria. Alguien tiene miedo de que encuentre lo que Julian Thorne no pudo descubrir en su momento.
El nombre de Julian quedó suspendido en el aire, denso, cargado de significado. Era la primera vez que él lo mencionaba.
—¿Usted… lo conoció? —pregunté, con el corazón golpeando con fuerza contra mis costillas.
—Digamos que compartimos ciertas cosas —respondió él, y su voz descendió a un tono que me erizó la piel—. Incluida la curiosidad por saber quién dio la orden de que esta casa se convirtiera en una pira funeraria.
Se dio la vuelta en la cama, dejando claro que la conversación había terminado. Salí de la habitación temblando, con la llave quemándome en la mano. Elias no me había dado respuestas, pero me había dado algo mucho más peligroso: la sospecha de que mi padre, y quizás todos los que me rodeaban, me habían estado contando una historia que no era la verdadera.