La mañana nació gris, envuelta en una bruma espesa que se adhería a los ventanales de Los Olmos. A pesar de la herida, Elias se negó a permanecer en la cama. Lo escuché vestirse, el roce de la tela sobre su piel y el leve siseo de dolor que intentaba ocultar.
—La escolta de Marcus está en la puerta principal —dijo él cuando me encontró en el pasillo—. No podemos salir por ahí si queremos que esto siga siendo un secreto entre nosotros.
—Hay una salida por el jardín de invierno —respondí. Mi voz era apenas un susurro—. Las raíces de las glicinas han levantado el pavimento y la puerta no cierra bien. Marcus nunca se molestó en arreglarla.
Caminé delante de él. Conocía ese trayecto de memoria, pero la presencia de Elias detrás de mí alteraba mi percepción del espacio. El sonido de sus pasos, ligeramente pesados por la herida, marcaba un ritmo que me resultaba inquietante.
Salimos al aire libre. El frío me mordió las mejillas y el olor a tierra mojada me devolvió la imagen de la pala golpeando el suelo la noche anterior. Avanzamos por el sendero que llevaba hacia el antiguo depósito de herramientas, un lugar que la naturaleza había empezado a reclamar.
De repente, un ruido —un crujido de ramas a nuestra derecha— me hizo detenerme en seco, con el corazón en la garganta.
El impacto fue inevitable. Elias, que venía siguiendo mis pasos de cerca, no pudo frenar a tiempo. Su pecho chocó contra mi espalda con una fuerza que me dejó sin aire. Sus manos descendieron instintivamente hasta mis hombros para estabilizarnos, y por un segundo, el mundo desapareció.
El sol quemaba en la nuca. Corríamos por ese mismo sendero, pero entonces el aire olía a azahar y no a moho. Yo me había detenido para burlarme de su lentitud y él había chocado conmigo, rodeándome con sus brazos, riendo con una vitalidad que llenaba cada rincón de mis pulmones. Sus manos en mis hombros eran grandes, pero cálidas, y su corazón latía contra mi espalda con una promesa de eternidad.
—¿Victoria? —la voz de Elias, áspera y cargada de una frialdad adulta, rompió el recuerdo como un cristal.
Me quedé inmóvil, temblando bajo su toque. El calor de su pecho contra mi espalda era el mismo, la firmeza de su agarre era la misma, pero el hombre que me sostenía ahora era un extraño con ojos de hielo.
—He oído algo —logré decir, aunque mi voz sonaba lejana, como si viniera de otro tiempo.
—Es solo un pájaro entre los matorrales —respondió él, soltándome lentamente. El vacío que dejó su ausencia fue casi tan incómodo como el impacto—. No pierda los nervios ahora. Estamos cerca.
Seguimos avanzando, pero mi mente ya no estaba en el depósito. Había quedado atrapada en ese instante de contacto que me había devuelto a un Julian que se suponía que no debía existir.
Llegamos a la pequeña construcción de piedra. La puerta de madera estaba podrida por la humedad. Saqué la llave del bolsillo, sintiendo que me quemaba los dedos.
—Es aquí —dije.
Justo cuando introduje la llave en la cerradura, un sonido de motor rompió el silencio del jardín. Un coche se detenía frente a la verja lateral, la que solo Beatriz utilizaba.
—¡Victoria! —el grito de Beatriz llegó desde la distancia, cargado de una urgencia inquietante—. ¡Victoria, cariño! ¡He traído al médico para el señor Ward!
Sentí la atención de Elias sobre mí, aunque no pudiera verlo, y supe que estábamos a segundos de ser descubiertos con la llave en la mano.
—Rápido —susurró él, empujándome suavemente hacia el interior del depósito justo antes de que la silueta de Beatriz apareciera al final del sendero.