Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 13

El clic de la llave al girar en la cerradura fue un disparo de adrenalina, pero no tuvimos tiempo de empujar la puerta. Elias reaccionó con la velocidad de un animal acostumbrado a ser cazado. Me tomó del brazo y me arrastró un par de metros lejos de la entrada del depósito, hacia el banco de piedra cubierto de hiedra que había junto al sendero.

—Siéntese —siseó—. Ahora.

Me dejé caer en el banco justo cuando los pasos de Beatriz, rápidos y nerviosos, hacían crujir la grava a pocos metros.

—¡Victoria! ¡Por Dios, me habéis dado un susto de muerte! —Beatriz apareció jadeando. Percibí su perfume de gardenias, pero esta vez venía acompañado de un leve olor metálico, el del maletín de cuero del médico que la seguía—. ¿Qué hacéis aquí fuera? El señor Ward debería estar guardando reposo absoluto.

Elias se apoyó contra el tronco de un roble cercano, su respiración apenas controlada.

—La señorita Olmos insistió en tomar aire fresco, señora De la Vega —dijo él. Su voz era plana, pero detecté un matiz de esfuerzo—. Y yo no estoy en condiciones de discutir con la dueña de la casa.

Beatriz se detuvo frente a nosotros. Sentí su mirada recorriéndonos, evaluando la distancia entre nuestros cuerpos, la extraña tensión suspendida en el aire.

—¿En este lugar? —preguntó, y su tono perdió parte de su calidez—. Este rincón está lleno de humedad y recuerdos desagradables, Victoria. No entiendo este repentino interés por el depósito de herramientas.

—Solo quería caminar, Bea —respondí, apretando la llave dentro del puño de mi bata hasta que el metal se clavó en la palma—. El encierro en la casa me estaba asfixiando después de lo de anoche.

—Para eso está el jardín principal, querida. No este… cementerio de trastos —Beatriz hizo una breve pausa antes de dirigirse al hombre que la acompañaba—. Doctor, por favor, examine al señor Ward aquí mismo si es necesario. No quiero que dé un paso más si su herida se ha resentido.

El médico se acercó a Elias. Escuché el sonido del maletín al abrirse. Beatriz, mientras tanto, se sentó a mi lado en el banco. Me puso una mano en la rodilla, un gesto que siempre me había resultado reconfortante, pero que hoy se sentía como una inspección.

—Estás temblando, Victoria —murmuró, bajando la voz—. Ese hombre te pone nerviosa, lo noto. Marcus tiene razón, su presencia solo atrae problemas. Mira lo que pasó anoche… y ahora te trae a este lugar olvidado.

—Él no me ha traído, Bea. Yo lo he traído a él.

Beatriz se tensó. Lo supe porque su mano en mi rodilla se aferró un instante antes de relajarse.

—Mañana pediremos que sellen este depósito definitivamente —dijo, con una autoridad tranquila—. No hay nada aquí que valga la pena conservar. Solo polvo… y el pasado que tanto nos costó superar.

—A veces el pasado no quiere ser sellado, señora De la Vega —intervino Elias desde donde el médico lo examinaba.

—El pasado está muerto, señor Ward —replicó Beatriz sin mirarlo—. Y quienes intentan desenterrarlo suelen terminar manchándose las manos de algo que no pueden limpiar.

El médico terminó su revisión.

—La herida está cerrada, pero el esfuerzo de caminar hasta aquí ha sido una imprudencia —declaró—. Debe volver a la cama de inmediato.

Beatriz se puso de pie y me ayudó a levantarme.

—Vamos, Victoria. El doctor acompañará al señor Ward a su habitación. Tú vendrás conmigo al salón. He traído esos catálogos de telas que querías revisar… es hora de que volvamos a centrarnos en que esta casa sea un hogar, no un campo de batalla.

Me dejé guiar, pero antes de marcharme, mi mano rozó por un instante el bolsillo de mi bata. La llave seguía allí. Habíamos fallado en abrir la puerta, pero el mensaje de Beatriz había sido claro: sabía que estábamos buscando algo. Y no iba a permitir que lo encontráramos.




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