Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 14

El resto de la tarde fue una tortura de normalidad fingida. Beatriz se instaló en el salón principal, desplegando muestrarios de terciopelo y sedas sobre la mesa de café. El sonido de las telas al deslizarse —un frou-frou constante— se me antojaba el siseo de una serpiente.

—Este azul medianoche sería perfecto para las cortinas de tu dormitorio, Victoria —decía ella, y escuchaba el roce de sus uñas sobre el catálogo—. Es elegante, sobrio. Te ayudaría a sentirte más… protegida.

—Ya me siento protegida, Bea —respondí, sentada en mi sillón orejero, manteniendo las manos ocultas bajo el pliegue de mi falda. La llave seguía ahí, un peso frío que parecía latir contra mi muslo.

—No lo pareces. Estás distante. Desde que ese hombre puso un pie en Los Olmos, pareces haber olvidado quiénes son tus verdaderos aliados.

—No he olvidado nada —dije con suavidad, aunque por dentro la rabia empezaba a crecer—. Solo estoy cansada de que todos habléis de mi seguridad como si fuera una propiedad que gestionar.

Beatriz guardó silencio. El tintineo de su taza de porcelana al chocar con el plato fue el único sonido en la habitación, un silencio calculado que se prolongó lo suficiente como para incomodarme.

—Marcus está muy preocupado, Victoria. Él cree que Ward tiene un interés personal en esta casa. Y yo… empiezo a sospechar que tiene razón. Un simple cuidador no se arriesga a morir por un depósito de herramientas viejo a menos que sepa que hay algo más.

—¿Y qué podría haber, según tú?

—Secretos que tu padre prefirió que se pudrieran —su voz bajó, volviéndose casi confidencial—. Recuerda lo que sufriste, Victoria. El juicio, las preguntas de la policía, el humo… No permitas que un desconocido te obligue a revivir aquello solo por su propia codicia.

Me quedé callada, dejando que sus palabras flotaran. Beatriz estaba usando el miedo, su herramienta favorita, pero lo que ella no sabía era que el miedo que yo sentía hacia Elias Ward no era a que me hiciera daño, sino a que dijera la verdad.

Pasadas las siete, Beatriz se marchó, no sin antes dar instrucciones precisas a la servidumbre. En cuanto escuché su coche alejarse por el camino de grava, el aire en el salón pareció aligerarse, como si la casa misma exhalara. Me puse en pie y caminé hacia el ventanal, sintiendo el frío del cristal a través de las cortinas.

—Halloway —llamé en voz baja.

La mujer apareció casi de inmediato, como si hubiera estado aguardando tras la puerta.

—Dígame, niña.

—¿Cómo está el señor Ward?

—El doctor le dio un sedante, señorita. Está dormido. Pero antes me pidió que le entregara esto… dijo que lo guardara en un lugar donde la luz no pudiera encontrarlo.

Tomé el papel. Mis dedos encontraron pequeñas hendiduras en la superficie: no había tinta, solo presión, un braille improvisado que mis yemas descifraron con un escalofrío: “Lo sabe”. No decía quién ni qué sabía exactamente, pero era suficiente. Beatriz no había venido por cortesía. Había venido porque sospechaba.

Guardé el papel junto a la llave. Dos secretos latiendo contra mi cuerpo.

No pasó mucho tiempo antes de escuchar los pasos de Marcus en el pasillo, firmes y medidos.

—Victoria, ¿puedo pasar?

—Siempre puedes.

Entró sin esperar. Su presencia llenó la habitación con una mezcla de autoridad y cercanía que ya no me resultaba tranquilizadora.

—He hablado con el médico. Dice que Ward debería permanecer en cama varios días. No quiero que vuelvas a acercarte a él sin supervisión.

—No soy una niña, Marcus.

—No —respondió con calma—. Pero esta casa te vuelve vulnerable. Y hay personas que saben aprovechar eso.

Se movió por la habitación con una atención que no era casual.

—Duerme. Mañana pondré un guarda en esta puerta. Por tu propio bien. No quiero que nadie más entre aquí sin mi supervisión.

El sonido de la puerta al cerrarse fue como una losa cayendo. El silencio que quedó atrás era distinto, más pesado.

Deslicé la mano bajo la almohada hasta encontrar la llave, mientras en la otra el papel de Elias parecía arder. “Lo sabe”. ¿Marcus? ¿Beatriz? ¿Ambos? ¿O era Elias quien estaba empujándome a desconfiar de todos? Me incorporé lentamente; la casa crujía a mi alrededor como un organismo vivo y cada sonido parecía observarme. La advertencia no era una respuesta, era una grieta. Había roto lo único que me sostenía: la ilusión de control.

Un ruido al otro lado de la puerta —una silla arrastrándose, una respiración pesada— confirmó la presencia del guarda. Estaba encerrada.

Pero no indefensa.

Me dejé caer junto a la chimenea y recorrí la moldura con los dedos, guiándome por ángulos y relieves hasta que la voz de mi padre volvió con una claridad dolorosa: si alguna vez tienes miedo, recuerda que las casas viejas guardan sus propios secretos. Me puse en pie y caminé hacia el espejo, buscando el nudo en la madera. Cuando lo encontré y presioné, el leve clic resonó como un trueno en mis oídos y el panel cedió con un gemido, liberando un aire frío y antiguo.

Me deslicé dentro del pasadizo. Avancé con una mano en cada pared, sintiendo el ladrillo, las telarañas, el polvo acumulado en cada grieta. Bajé la escalera de caracol con dificultad, aferrándome al hierro oxidado mientras cada paso parecía amplificarse en el silencio de la casa. Al llegar abajo, el aire era más denso, húmedo, familiar. Apoyé el oído contra la pared de la habitación de invitados y escuché una respiración irregular, un leve quejido.

—Ward —susurré.

Hubo un silencio absoluto y luego el sonido de alguien incorporándose bruscamente.

—¿Victoria? ¿Dónde está?

—En las sombras —respondí—. Marcus ha puesto un guarda en mi puerta. “Lo sabe”. No sé qué, pero ha registrado mi habitación.

—No abra el panel —ordenó de inmediato, acercándose—. Hay alguien en el pasillo exterior. No solo la están vigilando a usted. Estamos rodeados.




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