Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 15

—No se mueva —ordenó Elias desde el otro lado.

Escuché el sonido de metal rozando madera. Hubo un crujido seco, como si estuviera forzando una cerradura que no había sido tocada en décadas. De repente, una parte del panel de la habitación de invitados cedió. No fue un mecanismo suave como el de mi dormitorio; fue una entrada forzada, violenta.

El espacio en el pasadizo era mínimo. Cuando Elias entró, el aire pareció desaparecer. Su presencia física, cargada del calor de la fiebre y el olor a hierro del antiséptico, me envolvió de inmediato. En la oscuridad total de aquel túnel, sentí cómo su cuerpo chocaba contra el mío, obligándome a retroceder hasta que mis hombros golpearon el ladrillo frío de la pared trasera. Él no se apartó.

—Es usted una caja de sorpresas, señorita Olmos —susurró. Su voz, tan cerca de mi oído, envió un escalofrío por mi columna que no tenía nada que ver con el frío del túnel—. Pasadizos secretos. ¿Qué más oculta bajo esa apariencia de víctima desamparada?

—No soy una víctima —respondí, intentando mantener la voz firme a pesar de que mi corazón golpeaba con fuerza contra su pecho. Estábamos tan cerca que podía sentir el ritmo irregular de sus propios latidos—. Y no oculto nada que no sea necesario para sobrevivir en esta casa.

Sentí su mano subir por mi brazo. Sus dedos, largos y callosos, se cerraron sobre mi muñeca con una firmeza que rozaba la amenaza. Elias no me estaba sosteniendo; me estaba inmovilizando.

—Marcus registró mi habitación —continué, tratando de ignorar la forma en que mi cuerpo reaccionaba a su cercanía—. Buscaba la llave. Sabe que hay algo, Elias. Quizás Beatriz se lo dijo, o quizás él siempre lo supo y solo esperaba el momento de actuar.

—Marcus Sterling no es más que un carroñero —dijo Elias, y su tono se volvió gélido—. Pero es un carroñero con poder. Si ha puesto guardias, es porque el tiempo se nos acaba. Él sabe que, si yo encuentro lo que busco, su cómodo mundo de inversiones y poder se convertirá en cenizas.

—¿Qué es lo que buscas realmente? —pregunté. Me atreví a dar un paso hacia él, acortando la mínima distancia que nos separaba—. ¿Es justicia o es simplemente destruir lo poco que queda de mi familia?

Elias soltó una risa ronca que vibró en el estrecho espacio. Su otra mano subió hasta mi cuello, no para apretar, sino para delinear la línea de mi mandíbula con el pulgar. Fue un gesto posesivo, casi cruel.

—Justicia es una palabra demasiado noble para lo que yo quiero, Victoria —susurró, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron los míos—. Yo busco la verdad. Y la verdad suele ser mucho más destructiva que cualquier venganza.

En ese momento, el contacto físico se volvió insoportable. Mi memoria sensorial disparó otro flash, más nítido, más doloroso. Estábamos en el desván, escondidos de los adultos. Julian me sostenía de la misma manera, con esa mezcla de urgencia y ternura. «Prométeme que nunca me mentirás, Vicky», me había dicho. Y yo, con la inocencia de quien no conoce el fuego, se lo había prometido.

Aparté la cara bruscamente, rompiendo el hechizo. El pasadizo se sentía ahora como una tumba.

—Él no se detendrá —dije, recuperando el aliento—. Marcus encontrará la forma de sacarte de aquí. O de matarte.

—Que lo intente —respondió Elias, y escuché el sonido del arma que llevaba en la cintura al chocar contra la pared—. Pero antes de que eso ocurra, usted me va a llevar al depósito. Esta misma noche. Sin guardias, sin Beatriz y sin mentiras.

—¿Cómo? Hay hombres en cada salida.

—Usted conoce las venas de esta casa, Victoria. Yo solo soy el veneno que corre por ellas. Dígame... ¿este túnel lleva al jardín?

Me quedé en silencio, debatiéndome entre la lealtad a los restos de mi vida y el impulso suicida de seguir a este hombre hacia el abismo. Pero la mano de Elias seguía en mi cuello, recordándome que, para él, yo no era más que el medio para un fin.

—Lleva al invernadero —respondí finalmente—. Desde allí hay un camino oculto por los setos hasta el depósito. Pero está en ruinas. Es peligroso.

—Peligroso es quedarse aquí esperando a que Marcus decida nuestro destino —sentenció él, soltándome de golpe—. Guíeme, señorita Olmos. Veamos qué es lo que su padre consideraba tan importante como para condenar a un hombre a diez años de infierno.




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