Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 16

—Guíeme, señorita Olmos —repitió él, y sentí su aliento en mi sien, cálido y cargado de una impaciencia contenida que me erizó la piel.

Me di la vuelta y avancé por el túnel con las manos extendidas, dejando que las yemas de mis dedos recorrieran el ladrillo húmedo de las paredes. La superficie era irregular, áspera en algunos tramos y cubierta de una fina película viscosa en otros, como si la casa sudara en sus entrañas. Cada paso lo daba con cuidado, midiendo la distancia por el eco sordo de mis propios movimientos, por el leve cambio en la presión del aire cuando el pasadizo se estrechaba o se abría apenas unos centímetros más. Detrás de mí, Elias Ward ocupaba el espacio como una presencia imposible de ignorar: el roce de su ropa contra la piedra, su respiración más pesada de lo normal, el sonido contenido de su dolor, todo me llegaba con una claridad que en otro momento me habría resultado insoportable.

«Diez años». La cifra seguía golpeando en mi cabeza con la precisión de un reloj maldito. No era una suposición. No era una exageración. Era un dato. Y en esa certeza había algo que no podía encajar.

—El suelo cede aquí —advertí en voz baja, deteniéndome apenas lo suficiente para tantear con la punta del pie—. Hay una grieta.

Sentí cómo él ajustaba su paso detrás de mí.

—Usted se mueve con demasiada seguridad para alguien que depende de la oscuridad —murmuró, tan cerca que su voz vibró contra mi espalda.

—El oído y el tacto no fallan —respondí, manteniendo el ritmo—. Las personas sí.

Seguimos avanzando y el aire se volvió más espeso, cargado de polvo antiguo y humedad estancada. El pasadizo descendía y el techo empezó a cerrarse sobre nosotros, obligándome a inclinar la cabeza. En un punto, tuve que apoyar una mano contra el suelo para mantener el equilibrio mientras bajaba un desnivel abrupto. Escuché cómo Elias apartaba unos escombros con el pie; el sonido seco de las piedras raspando contra la madera fue seguido por un leve jadeo que intentó sofocar.

Cuando volvió a colocarse detrás de mí, su cercanía se volvió casi opresiva, como si el túnel entero se hubiera reducido al espacio mínimo entre su cuerpo y el mío.

—Julian nunca perdonaría lo que pasó —susurré, y apenas fui consciente de haberlo dicho hasta que el silencio se cerró a nuestro alrededor como una trampa.

Elias se detuvo. No hizo falta tocarlo para saberlo; su respiración cambió, volviéndose más lenta, más controlada, como si cada inhalación estuviera medida.

—Julian Thorne está muerto en todo lo que importa, señorita Olmos —dijo finalmente, con una frialdad tan limpia que me recorrió la columna—. Lo que queda de él no es un hombre. Es un rastro. Siga caminando.

No respondí. Pero el peso de sus palabras no se disipó. Se quedó conmigo, adherido a la piel como la humedad del túnel.

Avancé unos pasos más hasta que el aire cambió de nuevo. Más frío. Más ligero. Mis dedos encontraron madera en lugar de ladrillo: una superficie hinchada por la humedad, con vetas abiertas que se astillaban bajo la presión.

—Estamos en la salida del invernadero —murmuré—. La puerta está deteriorada… tenga cuidado al empujarla, suele ceder de golpe.

—¿Y los guardias? —preguntó él.

—Hay uno en la verja oeste. Si cruzamos por el camino principal, nos verá. Tenemos que rodear por detrás de las estatuas. El terreno es irregular… hay raíces y restos de piedra.

Sentí cómo su mano encontraba la mía sin pedir permiso. Sus dedos se cerraron con firmeza, transmitiendo un calor que contrastaba con el frío húmedo del lugar. No era un gesto de apoyo. Era control.

Empujé la puerta. La madera cedió con un gemido largo, como si se resistiera a abrirse después de años de abandono, y el aire de la noche me golpeó el rostro con una mezcla de frío y olor a tierra mojada. El cambio fue inmediato: el túnel quedaba atrás y el mundo se expandía en sonidos. El viento entre las ramas, el leve crujido de estructuras metálicas, el eco lejano de la casa respirando en la distancia.

El suelo del invernadero crujía bajo nuestros pies. Fragmentos de vidrio, secos y filosos, estallaban en pequeños chasquidos que se multiplicaban en el silencio. Caminé más despacio, guiándome por la memoria del lugar, por la forma en que el sonido cambiaba al acercarnos a los muros o a las estructuras de hierro.

—Allí —susurré al cabo de unos segundos—. El depósito. A unos metros.

Elias soltó mi mano. El sonido metálico de su arma al ser empuñada rompió la quietud.

—Quédese aquí —ordenó—. Si escucha algo que no sea el viento, regrese.

Sus pasos se alejaron, más silenciosos ahora, más calculados. Esperé. Conté mis propias respiraciones para no moverme.

Uno. Dos. Tres.

La puerta del depósito se abrió con un chirrido prolongado, una queja grave que pareció arrastrarse por el suelo hasta mis pies.

No pude quedarme quieta.

Avancé.

El interior me envolvió con un olor denso a aceite viejo, hierro oxidado y madera húmeda. El aire estaba estancado, pesado, como si llevara años sin ser perturbado. Mis pasos resonaron más de lo esperado, amplificados por las paredes de piedra.

Elias ya se movía dentro. Escuché el arrastre de algo pesado, el esfuerzo contenido en su respiración.

—Su padre sabía esconder las cosas —dijo, su voz grave deformada por el eco—. No donde cualquiera buscaría.

Un golpe seco. Metal contra piedra.

Luego, un clic.

Un sonido pequeño, pero definitivo.

—La llave.

Me acerqué, extendiendo las manos hasta encontrar su brazo. Estaba rígido, caliente, con una tensión acumulada que parecía a punto de estallar. Coloqué la llave en su mano y sentí cómo sus dedos se cerraban sobre el metal.

El giro fue lento, forzado, acompañado por el quejido de una cerradura que llevaba demasiado tiempo sin abrirse. Después, el sonido de algo pesado cediendo.

—Ábrala usted —dijo, más bajo—. Es suya.




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