El ruido de la rama al quebrarse no tuvo nada de casual. Fue un aviso.
Elias reaccionó antes de que pudiera procesarlo. Su mano, firme y áspera, se cerró alrededor de mi brazo y me obligó a incorporarme de un tirón. Apenas tuve tiempo de recuperar el equilibrio antes de que me arrastrara hacia el fondo del depósito, esquivando obstáculos que yo solo podía adivinar por el cambio en el aire y el roce de la tela contra superficies irregulares. Nos detuvimos detrás de algo grande, inmóvil, que desprendía un olor agrio a madera podrida y metal oxidado.
—Ni un sonido —susurró junto a mi oído.
Su aliento era irregular, más cálido de lo normal. La fiebre seguía ahí, latente, pero el brazo que me sostenía no temblaba.
Me quedé completamente quieta, conteniendo la respiración hasta que el pecho empezó a dolerme. En la oscuridad, el mundo se redujo a lo que podía oír: el viento colándose por las rendijas, el leve crujido de la estructura vieja del depósito… y entonces, pasos.
Lentos.
Medidos.
No eran torpes ni pesados como los de los hombres de Marcus. Tampoco eran apresurados. Eran pasos que avanzaban con la seguridad de quien no necesita ocultarse.
La puerta, que Elias había dejado apenas entornada, se movió con un chirrido prolongado. El aire frío de la noche entró en una ráfaga que me erizó la piel.
—Sé que están aquí.
Mi corazón se detuvo un instante.
No era Marcus.
Era Halloway.
Pero no era la voz que conocía. No había rastro de la suavidad resignada con la que me hablaba cada día. Era una voz firme, gastada por los años, con un peso que no había oído nunca.
—Salga, señor Ward —continuó—. Y traiga a la niña con usted. No ha venido nadie más… todavía.
Elias no respondió. Sentí cómo su cuerpo se tensaba junto al mío, cómo el arma en su mano permanecía inmóvil, apuntando hacia la entrada.
—¿Cómo nos encontró? —preguntó al fin, en voz baja.
—Llevo demasiados años en esta casa como para perderme en ella —respondió Halloway.
El sonido seco de una cerilla encendiéndose cortó la oscuridad. El olor a azufre llegó primero, punzante, seguido por el leve crepitar de una llama protegida. Después, el aire cambió de nuevo, cálido en pequeñas pulsaciones: un farol de aceite.
—Conozco cada tabla que cruje, cada pared que respira —añadió—. Y ese pasadizo… ese pasadizo lo mandó construir su padre, Victoria, cuando todavía desconfiaba de todos los que lo rodeaban.
Elias aflojó apenas la presión sobre mi brazo, aunque no se apartó del todo. Salimos de nuestro escondite. El calor tenue del farol no alcanzaba para disipar el frío del lugar, pero dibujaba una presencia que se sentía más que se veía.
—Marcus está registrando el ala este —continuó Halloway, acercándose—. Y no lo hace solo. Beatriz ya se ha marchado, pero dejó órdenes claras. Nadie debe acercarse aquí.
El silencio se tensó un instante.
—¿Por qué nos ayuda? —pregunté, sin soltar el reloj que mantenía oculto en mi mano.
Halloway se detuvo frente a mí. Su olor habitual —jabón, tela limpia, humedad antigua— parecía más intenso en ese espacio cerrado.
—Porque ya vi lo que esta casa es capaz de hacer cuando guarda silencio demasiado tiempo —dijo—. Y porque hay deudas que no se saldan enterrando la verdad.
Hubo una pausa breve, cargada.
—Lo que han encontrado no es más que la superficie —añadió, esta vez dirigiéndose a Elias—. Si quieren entender por qué Julian Thorne cargó con todo, tienen que mirar donde nadie mira.
—¿Dónde? —preguntó Elias.
—En los números —respondió ella, sin vacilar—. En los libros que Marcus Sterling guarda bajo llave. El dinero de esta casa no se perdió en un incendio. Se estuvo moviendo durante años.
Elias no dijo nada, pero sentí cómo su atención se agudizaba.
—Julian lo descubrió —continuó Halloway—. Y cuando lo hizo, dejó de ser útil.
Un destello atravesó el jardín en ese momento. No lo vi, pero lo sentí en el cambio de luz a través de las rendijas y en el inmediato endurecimiento del cuerpo de Elias.
Voces. Lejanas, pero acercándose.
—Tienen que irse —dijo Halloway, con urgencia contenida.
Escuché el roce de tela y luego el leve contacto de algo frío siendo colocado en la mano de Elias.
—Esto abre la caja fuerte de Marcus —añadió—. Guárdela bien. Si van a seguir adelante, necesitarán algo más que suposiciones.
Los pasos en el exterior se hicieron más claros. Ramas quebrándose. Órdenes en voz baja.
—Ahora —insistió—. Vuelvan por donde vinieron.
Elias no dudó esta vez. Su mano encontró la mía y tiró de mí hacia el fondo del depósito, hacia la entrada del pasadizo.
Pero me detuve un segundo.
—Halloway… ¿por qué ahora?
Hubo un silencio breve. Luego, su voz, más baja, casi cansada:
—Porque ya es demasiado tarde para seguir fingiendo que nada pasó.
No añadió nada más.
Elias me arrastró dentro del túnel justo cuando las voces se acercaban a la puerta. La madera volvió a cerrarse detrás de nosotros con un sonido sordo, aislándonos otra vez en la oscuridad.
El aire del pasadizo era frío, inmóvil.
Pero ya no era lo mismo.
Ahora llevábamos con nosotros algo más que respuestas a medias.
Llevábamos una dirección.
Y eso era mucho más peligroso.