Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 18

El túnel se sentía más estrecho que al bajar, como si la casa misma estuviera cerrando sus costillas para aplastarnos. Mis manos buscaban las irregularidades de la pared, guiándome en la negrura absoluta, mientras el eco de nuestros pasos subiendo la escalera de caracol parecía el latido de un corazón enfermo. Elias caminaba detrás de mí, y su presencia era una presión constante contra mi espalda; podía oír su respiración, más pesada por el esfuerzo, y el leve tintineo metálico de la llave que Halloway le había entregado, chocando contra algo en su mano o en su bolsillo con cada movimiento.

—Halloway miente —susurré, sin detenerme—. O al menos, no nos está diciendo todo. Nadie en esta casa hace nada gratis.

—En eso estamos de acuerdo, señorita Olmos —respondió él. Su voz rebotó en las paredes del conducto, opaca, cargada de un cansancio que no lograba ocultar del todo—. Pero ahora mismo es el único obstáculo entre nosotros y los hombres de Marcus. Si juega a dos bandas, no tardaremos en saberlo.

Llegamos al nivel intermedio, donde la escalera se ensanchaba apenas antes de continuar hacia mi dormitorio. De pronto, una mano se cerró alrededor de mi tobillo y me detuvo en seco.

—Espere —siseó.

Me quedé inmóvil en el escalón, con el pulso martilleando en mis sienes. Entonces lo oí: arriba, donde el pasadizo terminaba en el panel oculto de mi habitación, un sonido seco y rítmico rompía el silencio. Tap. Tap. Tap. No era casual. Era metódico. Alguien golpeaba las paredes, buscando el hueco.

—Es Marcus —murmuré, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado en mis pulmones—. Ha descubierto que no estoy. Si seguimos, nos encontrará.

—No podemos subir… pero tampoco volver —dijo Elias, y su mano se deslizó desde mi tobillo hasta mi pantorrilla, firme, anclándome al lugar—. El acceso al despacho de su padre. Está cerca.

—No se abre desde hace años —respondí—. La madera debe estar hinchada… o peor.

—Entonces la abriremos igual.

Retrocedimos apenas unos pasos hasta el rellano oculto que conectaba con la biblioteca de mi padre. El espacio era mínimo, cargado de un olor denso a polvo viejo y papel descompuesto. Elias se colocó frente a mí; el calor de su cuerpo, febril, se volvió casi sofocante en ese encierro. Escuché el roce de sus manos explorando la madera, el leve chirrido del metal al forzar un mecanismo olvidado.

—Ayúdeme —murmuró—. Aquí. Empuje cuando le diga.

Busqué el punto que me indicó y apoyé las manos sobre la superficie fría. Su piel rozó la mía por un segundo: áspera, caliente. Empujamos al mismo tiempo. La madera gimió, un sonido sordo que me atravesó como una descarga. El panel cedió apenas unos centímetros, dejando escapar una corriente de aire distinto, más abierto… y cargado de perfume.

Me quedé rígida.

El despacho no estaba vacío.

El tintineo de un cristal contra una superficie dura rompió el silencio. Y entonces, inconfundible, el aroma de las gardenias.

—Halloway es una mujer previsible —dijo Beatriz. Su voz era suave, pero con un filo que nunca le había oído—. Cree que sus secretos están a salvo porque nadie mira donde no quiere mirar. Pero en esta casa… hasta las paredes escuchan.

Elias reaccionó de inmediato. Su cuerpo se pegó al mío contra la pared del pasadizo; su respiración, contenida, rozó mi oído como un soplo caliente.

No nos movimos.

—Sé que estás ahí —continuó Beatriz. Sus pasos sobre la alfombra eran lentos, medidos—. Sea quien seas.

El corazón me golpeaba con tanta fuerza que temí que pudiera oírlo.

—No respire —susurró Elias, apenas un hilo de voz.

—¿Victoria? —la voz de Beatriz cambió, adoptando esa dulzura conocida, casi maternal—. Sé que ese hombre te ha llevado con él. Sé que te está confundiendo. Sal ahora… y te prometo que Marcus no le hará daño. Todavía.

El silencio se volvió insoportable. El aire en el pasadizo parecía agotarse.

—Como quieras —dijo finalmente, tras una pausa que se sintió interminable—. Si eliges esconderte, hazlo. Pero recuerda esto, Victoria… tu padre no te dejó esta casa para protegerte. Te la dejó para que nunca pudieras escapar de ella.

Sus pasos se alejaron. La puerta del despacho se cerró con un sonido seco. Luego, el giro de una llave desde el exterior.

Encerrados.

Elias soltó el aire en un jadeo bajo, apoyando su frente contra la pared, tan cerca de la mía que podía sentir el calor de su piel.

—Lo sabe —murmuró—. No todo… pero lo suficiente.

Mis dedos se aferraron a la tela de su manga, buscando estabilidad en medio del vértigo que empezaba a abrirse bajo mis pies.

—Dijo que esta casa es una tumba —susurré—. ¿Por qué?

Hubo un segundo de silencio antes de que respondiera.

—Porque algunas verdades no se entierran, Victoria. Se encierran… y se vigilan.

Su mano encontró mi muñeca y tiró suavemente de mí.

—Vamos.

Atravesamos el panel y entramos en el despacho. La alfombra amortiguó mis pasos, suave y densa bajo mis pies. El aire era distinto: más cálido, cargado de perfume y de ese rastro persistente de tabaco que Marcus dejaba siempre a su paso.

—Tenemos que movernos rápido —dijo Elias en voz baja—. La caja fuerte de Sterling. Esa es la única ventaja que tenemos.

El leve tintineo de la llave plateada volvió a sonar en la oscuridad.

—Si encontramos algo ahí dentro… tendremos una oportunidad. Sí no…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Porque por primera vez desde que todo había empezado, entendí algo con absoluta claridad: ya no estábamos intentando descubrir la verdad.

Estábamos intentando sobrevivir a ella.




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