El sonido de la cerradura al girar por fuera del despacho fue un veredicto. Estábamos atrapados en el santuario de mi padre, un lugar que, a pesar de mi ceguera, conocía por el olor a encuadernaciones de cuero y el eco denso que solo producen miles de libros rodeando una estancia.
—Está cerrada —susurré, aunque era obvio. Mis dedos buscaron el borde del escritorio de caoba, una superficie fría y pulida que se sentía como un altar—. Beatriz no da pasos en falso. Si nos ha encerrado aquí, es porque Marcus está de camino.
Elias no respondió de inmediato. Escuché el roce de su ropa mientras se movía por la habitación; sus pasos eran mínimos, casi inexistentes. El siseo de su respiración me indicó que estaba revisando las ventanas.
—Las ventanas tienen sensores de presión —dijo él; su voz era un hilo de advertencia—. Si las abrimos, la alarma despertará a toda la propiedad. Marcus ha convertido esta casa en una fortaleza desde que Julian se fue.
—No es una fortaleza, Elias. Es una jaula —corregí, apretando el reloj de Julian en mi bolsillo—. Mi padre no quería que nada saliera, pero Marcus se ha asegurado de que nada pueda entrar.
Me acerqué hacia donde creía que estaba Elias, guiándome por el calor que emanaba de su cuerpo. La fiebre seguía allí, una amenaza silenciosa que pronto podría dejarlo fuera de combate.
—Halloway dijo que la caja fuerte de Marcus está en su despacho privado, en el ala norte —dije, tratando de enfocar mi mente en el mapa mental de Los Olmos—. Para llegar allí, tenemos que cruzar la galería de los retratos. Es un espacio abierto, sin muebles donde esconderse, y los guardias hacen rondas cada diez minutos.
—Entonces tenemos diez minutos para ser fantasmas —respondió él. Sentí su mano buscar la mía en la penumbra. Sus dedos se entrelazaron con los míos, una unión necesaria pero que me quemaba la piel—. Hay una puerta de servicio detrás de la estantería de historia antigua. Los criados la usaban para traer el café sin interrumpir las reuniones de su padre.
—Esa puerta está condenada desde el incendio, Ward
—Para alguien que no tiene la llave adecuada, quizá.
Escuché un chasquido metálico. Elias estaba usando alguna herramienta, o quizás su propia fuerza, para forzar el mecanismo oculto. Mientras trabajaba, el silencio del despacho empezó a llenarse con los sonidos de la noche: el ulular de un búho, el crujido de la madera vieja y el latido de mi propio corazón, que parecía querer escapar de mi pecho.
De repente, un recuerdo me golpeó con la fuerza de un impacto físico. El olor a tabaco rancio de Marcus, tan presente en esta habitación, desbloqueó una imagen que mi mente había enterrado bajo capas de trauma.
Era la noche del incendio. Yo estaba en el pasillo, con los ojos llenos de humo, buscando a Julian. Escuché voces dentro de este mismo despacho: la voz de mi padre, rota por la desesperación, y la voz de Marcus, fría como el acero.
—No hay otra salida, Ernesto —había dicho Marcus—. Si el chico habla, todos iremos a la cárcel. El fuego lo limpiará todo. Confía en mí.
Me tambaleé. La mano de Elias me sostuvo antes de que mis rodillas tocaran el suelo.
—¿Victoria? ¿Qué sucede?
—Él... él lo sabía —balbuceé, con la garganta seca—. Marcus no solo ayudó después. Él planeó el fuego. Mi padre no quería... pero Marcus lo convenció.
El agarre de Elias se endureció hasta que me dolió el brazo. En la oscuridad, sentí cómo su energía cambiaba, volviéndose algo oscuro y primario.
—Lo sé —susurró él, y por un segundo, su voz perdió toda la aspereza de Elias Ward para sonar como un eco doloroso del pasado—. Por eso necesitamos esa caja fuerte. Porque Marcus Sterling no solo robó la vida de Julian. Robó el alma de esta familia.
La puerta de servicio cedió con un gemido amortiguado. Ante nosotros se abría el pasadizo de los criados, un túnel de sombras que nos llevaría directos al corazón del enemigo. Pero ahora, el peso de la verdad era más difícil de cargar que cualquier secreto.