Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 20

El pasadizo de los criados era un mundo aparte, una arteria estrecha y olvidada que corría paralela a la gran galería de los retratos. Allí no había alfombras de lana ni molduras doradas; solo el olor a lejía vieja, madera seca y el aire viciado que se filtraba por las pequeñas rejillas de ventilación.

Elias me guiaba con una mano firme en la cintura. Avanzábamos en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el roce de nuestras ropas contra las paredes. En mi oscuridad, el pasadizo se sentía como el esófago de una bestia de piedra.

—Cuidado —susurró Elias—. El suelo aquí es de madera sin tratar. Si pisa fuera del centro, la tabla cederá.

—Lo sé —respondí en un soplido—. Solía venir aquí de niña para escuchar las historias que las cocineras contaban sobre mi madre. Decían que aún caminaba por estos pasillos cuando la casa quedaba en silencio.

—Quizás no se equivocaban —murmuró él, y su voz sonó extrañamente melancólica—. En esta casa, los muertos nunca terminan de irse.

Nos detuvimos frente a una de las rejillas. Al otro lado, a menos de un metro de distancia, se extendía la galería principal. Pude oír el eco metálico de unas botas sobre el mármol. Clac. Clac. Clac. Eran los hombres de Marcus.

—Se han detenido —dijo Elias, en voz baja.

Me quedé inmóvil, pegada a su espalda. En ese instante, el olor a tabaco de Marcus que todavía impregnaba mis dedos, por haber tocado el escritorio, disparó otra ráfaga de memoria. Fue como si un relámpago iluminara mi ceguera.

El humo. No era gris, era negro, espeso como el alquitrán. Yo estaba en el suelo, tosiendo, con los ojos ardiendo. Julian estaba frente a mí, pero sus manos no me tocaban; estaba forcejeando con alguien. Una figura alta, con un anillo de sello que brillaba bajo la luz de las llamas. Marcus. Marcus no estaba intentando salvarlo. Estaba empujándolo de vuelta hacia el despacho.

—¡Déjalo, Marcus! —había gritado mi padre desde algún lugar lejano—. ¡Es solo un chico!

—Es el cabo suelto, Ernesto —había respondido Marcus, con una voz sin rastro de pánico—. Si él sale de aquí, tú y yo terminamos en una fosa común.

Un espasmo me recorrió el cuerpo y solté un gemido ahogado. Elias se giró al instante, tapándome la boca con la palma de su mano. Su piel estaba ardiente; la fiebre estaba ganando terreno.

—Silencio —siseó.

Afuera, en la galería, los pasos se detuvieron en seco.

—¿Has oído eso? —preguntó una voz masculina—. Ha sonado como un lamento. Viene de detrás de la pared.

—Son las ratas, idiota —respondió otro—. Esta casa se está cayendo a pedazos por dentro. Vamos, Sterling quiere un informe del ala norte.

Escuchamos cómo los pasos se alejaban. Elias no me soltó de inmediato. Su mano seguía sobre mi boca, y pude sentir su pulso acelerado contra mi mejilla.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó en voz baja cuando me liberó.

—Lo he recordado —murmuré—. Marcus estaba allí esa noche. No llegó después del fuego. Él fue quien cerró la puerta.

El silencio que siguió fue denso. Elias se apoyó contra la pared del pasadizo, y escuché cómo su mano se cerraba en un puño contra el ladrillo.

—Julian Thorne sobrevivió a ese fuego solo para descubrir que la mujer que amaba le había dado la espalda ante un tribunal —dijo al fin, con una voz baja y contenida.

—Yo no lo sabía —susurré—. No lo recordaba. Mi mente… lo borró.

—Conveniente —escupió él, aunque no había odio en su voz, solo una amargura insondable.

Seguimos avanzando. El aire parecía más pesado, como si cada paso nos hundiera más en algo de lo que ya no podríamos salir. Al llegar al final del pasadizo, Elias tanteó el panel que daba al interior del armario del despacho de Marcus.

—Prepárese, Victoria —dijo, y escuché el click de su arma al quitar el seguro—. A partir de aquí, ya no hay vuelta atrás. Si abrimos esa caja, quemaremos Los Olmos para siempre.

Tragué saliva. El aire olía a polvo, a madera cerrada… a algo antiguo que estaba a punto de romperse.

—Que arda —susurré—. Que arda todo.




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