Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 21

El despacho de Marcus Sterling olía a cuero nuevo, a productos de limpieza caros y a una eficiencia gélida que me erizó la piel. A diferencia del santuario de mi padre, lleno de libros y rincones polvorientos, este espacio se sentía vacío.

Elias me ayudó a salir del armario de servicio. Sus movimientos eran más lentos ahora; escuché cómo su respiración se volvía un silbido forzado. La fiebre estaba empezando a nublar sus reflejos.

—Allí —susurró él, y sentí la dirección de su brazo señalando hacia mi derecha—. Detrás de ese cuadro. Es una caja fuerte empotrada. Si Halloway tenía razón, la llave plateada solo es el primer paso. Necesitamos una combinación de seis dígitos.

Caminé hacia el cuadro. Mantuve mi mano izquierda extendida, rozando apenas el aire, mientras la derecha encontraba el marco metálico de la pintura. La deslicé hacia un lado con un roce seco. Debajo, el acero frío de la caja fuerte me recibió como un viejo enemigo.

Elias se colocó a mi lado. El calor que desprendía era alarmante, una radiación febril que podía sentir sin tocarlo.

—No tenemos mucho tiempo —dijo él, entregándome la pequeña llave plateada—. Pruebe con fechas. El nacimiento de su padre, el día del incendio...

Introduje la llave en la ranura. Giró con un clic perfecto. El panel emitió un pitido suave. Me quedé inmóvil un segundo. Frente a mí, los números estaban dispuestos en una cuadrícula que yo conocía de memoria, no porque los viera, sino porque Marcus era un hombre de hábitos inmutables.

Mis dedos se movieron. No hubo titubeos. No hubo ese tanteo errático de quien busca el relieve del número cinco para orientarse. Fue un baile rápido, preciso: 0-4-0-9-1-2.

El mecanismo interno de la caja fuerte crujió. Un sonido de succión neumática llenó la habitación y la pesada puerta de acero se entreabrió un par de centímetros.

El silencio que siguió fue más pesado que el metal.

Elias se enderezó bruscamente. Pude sentir su cuerpo tensándose, su respiración detenida justo sobre mi hombro.

—¿Cómo lo ha hecho? —su voz era un susurro cargado de una nueva clase de peligro—. No ha buscado el relieve de las teclas, Victoria. No ha fallado ni una sola vez.

Mi corazón dio un vuelco. Había sido demasiado rápida. Bajé la cabeza y dejé que mis manos temblaran sobre la puerta de la caja, permitiendo que mis dedos resbalaran torpemente por el borde de acero, buscando el pomo como si no supiera dónde estaba.

—Suerte —mentí, y mi voz sonó quebradiza, forzando un tono de asombro—. O quizás práctica. De niña, solía jugar a descifrar las cerraduras de las cajas de música de mi madre... Los teclados tienen un peso sutil, Elias. Cuando no tienes luz, aprendes que el centro siempre tiene una textura distinta. Solo... solo he seguido el instinto.

—Ha sido demasiado rápido para ser solo instinto —dijo él. Se acercó un paso, rodeándome, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la caja fuerte abierta—. Parece casi como si hubiera sabido exactamente dónde estaba cada número.

—No bromee con eso —respondí, manteniendo mi mirada fija en la nada, mis ojos quietos y desenfocados, apuntando hacia un punto vacío en la pared opuesta—. Daría cualquier cosa por ver el asco en la cara de Marcus cuando descubra esto. Pero, por ahora, me conformo con sentir el frío de este acero. ¿Qué hay dentro, Ward? ¿Vale la pena el riesgo?

Elias me observó durante unos segundos más. La duda seguía allí, pero la urgencia de la situación terminó por imponerse. Apartó la mirada y hundió sus manos en el interior de la caja fuerte.

Escuché el roce de las carpetas de plástico. Elias no buscaba dinero.

—Aquí está —dijo él, y el tono de su voz cambió a algo triunfal y terrible a la vez—. Un libro contable manual. Y un sobre con el sello de la fiscalía que nunca llegó a su destino.

—¿Qué dice el sobre?

—Dice que el testimonio de la hija de Ernesto Olmos era la única prueba sólida contra Julian Thorne —leyó él, y escuché cómo sus dedos apretaban el papel—. Y que, sin ese testimonio, el caso se habría desmoronado en una semana por falta de pruebas físicas.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Marcus no solo me había convencido de mentir; se había asegurado de que mi mentira fuera el único pilar que sostuviera la condena de Julian.

—Hay algo más —continuó Elias, y su voz se volvió un susurro gélido—. Una póliza de seguro de vida a nombre de su padre, cobrada por Marcus Sterling un mes después del incendio. La cantidad es astronómica, Victoria. Marcus no solo destruyó a Julian... también se benefició de la muerte de su padre.

En ese momento, el intercomunicador sobre el escritorio de Marcus emitió un pitido.

—¿Señor Sterling? —era la voz del guardia—. Beatriz De la Vega está en la entrada. Dice que ha visto movimiento en el ala norte. ¿Procedemos al registro?

Elias cerró la carpeta de golpe y me agarró del brazo.

—Se acabó el tiempo. Tenemos los documentos, pero ahora somos ratas acorraladas. Si Beatriz está aquí, Marcus no tardará en aparecer.




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