Beatriz no se movió de la ventana. Su silueta, recortada contra el resplandor de las linternas que buscaban al señuelo en el jardín, parecía la de una reina observando su tablero de ajedrez. No necesitaba mirar atrás para saber que Elias estaba fuera del escritorio; su confianza era un arma más peligrosa que el revólver que él sostenía.
—Marcus es un hombre de métodos toscos —dijo ella, y su voz destilaba un desprecio aristocrático—. Cree que la fuerza bruta puede sofocar la verdad. Pero tú y yo sabemos que la verdad es como el agua: siempre encuentra una grieta por donde filtrarse.
Elias se puso en pie con un esfuerzo visible. Escuché el crujido de sus articulaciones y una respiración sibilante que me desgarró el alma. Estaba al límite de sus fuerzas, pero su determinación seguía siendo de acero.
—No sé qué juego estás jugando, Beatriz —respondió Elias. Su voz era un gruñido bajo, peligroso—. Pero se te ha acabado el tiempo para las adivinanzas.
—¿Juego? No es un juego, Ward. Es supervivencia. Marcus ya no es útil. Se ha vuelto descuidado, paranoico. Si me entregas esos documentos, puedo asegurarme de que tú y Victoria salgan de los límites de la propiedad antes de que él regrese del invernadero. Es un trato justo, ¿no crees? Una vida por un puñado de papeles.
Me mantuve inmóvil junto al escritorio, con los dedos todavía apretando el abrecartas. Podía sentir la trampa en cada palabra de Beatriz. Ella no quería ayudarnos; quería el seguro de vida que Marcus había cobrado, quería la palanca para controlar lo que quedaba del imperio Olmos. Si le dábamos esos papeles, nos convertiríamos en cabos sueltos que ella misma se encargaría de cortar.
—Acércate, Victoria —dijo Beatriz, dándose la vuelta al fin. Escuché el roce de su vestido sobre la alfombra—. Convence a tu... amigo. Sabes que Marcus no tendrá piedad si los encuentra.
Elias no esperó a que yo respondiera. No permitió que ella terminara de tejer su red.
—Tiene razón en algo, Beatriz —dijo él, dando un paso hacia ella con una agilidad que su fiebre no debería permitirle—. Marcus es tosco. Pero yo no soy Marcus.
El movimiento fue tan rápido que apenas lo percibí por el sonido. Hubo un jadeo de sorpresa de Beatriz, seguido de un impacto seco, metálico. Elias no disparó; usó la culata de su arma con una precisión quirúrgica, golpeando la sien de Beatriz justo cuando ella abría la boca para gritar.
Escuché el cuerpo de Beatriz desplomarse sobre la alfombra con un golpe sordo. El silencio que siguió fue absoluto.
—¿Elias? —susurré, estirando la mano hacia el vacío.
—Está viva —dijo él, jadeando. Lo escuché apoyarse contra la pared, tratando de recuperar el aliento—. Pero no despertará en un buen rato. Tenemos que irnos. Ahora.
Sentí su mano buscar la mía. Sus dedos estaban empapados en sudor y temblaban, pero su agarre seguía siendo mi única ancla en ese mar de sombras.
—¿Por dónde? —pregunté—. Marcus tiene los pasillos bloqueados.
—Halloway dijo que el señuelo iría hacia el invernadero. Eso significa que la atención de los guardias está en el perímetro exterior del ala norte. Si volvemos por el pasadizo de los criados y bajamos hacia las cocinas, podemos salir por la puerta de carga de la despensa.
—Esa puerta da al camino de los acantilados —dije, sintiendo un nudo en el estómago—. Es un terreno inestable, Elias. En la oscuridad... para mí es casi imposible.
—No está sola, Victoria. Nunca lo ha estado.
Elias me arrastró de nuevo hacia el armario de servicio. Antes de entrar, escuché un ruido lejano: los perros de Marcus habían empezado a ladrar. El señuelo había sido detectado. El tiempo de las sombras se estaba agotando y la verdadera cacería acababa de empezar.