El aire del exterior nos golpeó como una bofetada de hielo. Habíamos logrado salir por la puerta de la despensa, dejando atrás el olor a encierro de Los Olmos para hundirnos en el rugido del océano y el olor a salitre. Pero la libertad tenía un precio: el camino de los acantilados era una lengua de tierra estrecha, devorada por la erosión y, ahora, castigada por una lluvia fina y persistente que convertía el barro en una trampa de jabón.
Elias se apoyaba pesadamente en mi hombro. Sentía su calor traspasando mis ropas, una hoguera que se apagaba lentamente. Su paso, antes firme y calculador, se había vuelto errático.
—Un poco más... —susurró él, pero su voz era un hilo roto—. Hay una cueva... debajo del saliente. Si llegamos allí, Marcus no podrá vernos desde arriba.
—Lo sé, Elias. Conozco el camino —mentí, aunque la verdad era que mi memoria de este lugar tenía diez años de antigüedad.
De repente, Elias tropezó. Su peso me arrastró hacia el suelo. Sus manos soltaron la mía y escuché el sonido metálico de su arma golpeando una piedra antes de resbalar hacia el vacío. No hubo tiempo para reaccionar. Elias se desplomó, su cuerpo golpeando el barro con una pasividad aterradora. La fiebre finalmente lo había vencido.
—¡Elias! —me arrodillé a su lado, buscando su rostro en la oscuridad. Sus ojos estaban cerrados y su piel ardía.
Estábamos en el punto más peligroso del sendero. A mi izquierda, la pared de roca; a mi derecha, una caída vertical de treinta metros hacia las rocas donde el Atlántico rompía con furia. La lluvia arreciaba, nublando mis oídos con su estrépito. Si nos quedábamos allí, Marcus nos encontraría en minutos. Si intentaba moverlo sin cuidado, ambos caeríamos al vacío.
Fue entonces cuando el instinto tomó el mando.
Dejé de fingir que mis manos buscaban el relieve de las rocas. Abrí los ojos de par en par, permitiendo que mi visión —esa herramienta prohibida que había mantenido oculta durante una década— se enfocara en la penumbra. El mundo se reveló en tonos de gris y plata: vi la grieta en el suelo a pocos centímetros de la bota de Elias, vi la raíz de un olmo viejo que sobresalía de la pared y, sobre todo, vi el brillo de las linternas de los guardias asomándose por el borde del acantilado, encima de nosotros.
—No te voy a dejar aquí —le dije a su cuerpo inerte.
Lo agarré por las axilas. El esfuerzo físico fue inhumano. Arrastré sus ochenta kilos de músculo y hueso a través del fango, moviéndome con una agilidad que ninguna persona ciega podría poseer en un terreno tan irregular. Esquivé una piedra suelta sin tantearla con el pie; me agaché justo a tiempo para evitar una rama que colgaba a la altura de mis ojos.
Llegamos a la entrada de la cueva, una hendidura estrecha oculta por una cortina de helechos. Lo arrastré hacia el interior, donde el sonido del mar se convirtió en un eco profundo y la lluvia dejó de azotarnos.
Elias emitió un quejido. Sus párpados temblaron y se abrieron apenas un milímetro. En su delirio, su mirada se encontró con la mía. En ese rincón oscuro, no había máscaras. Yo lo miraba directamente a los ojos, con una fijeza que no era la de una estatua de mármol.
—¿Victoria? —murmuró, su voz cargada de una confusión brumosa—. ¿Cómo... cómo nos has traído hasta aquí? El camino... estaba roto.
—Tuvimos suerte —respondí de inmediato, volviendo a desenfocar la mirada, dejando que mis manos buscaran su frente de forma errática—. Mis pies recordaban el camino, Elias. El miedo hace que el cuerpo aprenda rápido.
Él intentó incorporarse, pero volvió a caer sobre el lecho de arena seca de la cueva. Me miró de nuevo, esta vez con una pizca de lucidez que me heló la sangre.
—No —susurró—. No ha sido el miedo. No has dudado ni una vez. Te movías... como si supieras exactamente dónde terminaba la tierra y empezaba el mar.
Me quedé helada. Estaba demasiado cerca de la verdad. Me acerqué a él, rompiendo la distancia, y apoyé su cabeza en mi regazo para que no viera mi expresión.
—Estás delirando por la fiebre, Ward —dije, tratando de que mi voz no temblara—. Duerme. Yo vigilaré. Si Marcus baja por aquí, lo oiré antes de que vea la entrada.
Él cerró los ojos, pero su mano se cerró sobre mi muñeca con una fuerza sorprendente.
—Si Julian te viera ahora... no te reconocería —dijo, antes de hundirse de nuevo en la inconsciencia.
Me quedé allí, en el silencio de la cueva, acariciando su frente sudorosa. La carpeta con los secretos de mi padre estaba a nuestro lado, pero en ese momento, el secreto más peligroso de todos era el que yo guardaba detrás de mis propios ojos.