Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 24

El silencio en la cueva solo era interrumpido por el rugido rítmico del mar y la respiración pesada, casi agónica, de Elias. El aire olía a salitre y a la pólvora de su arma, que se había quedado atrás, perdida en el barro.

Me aseguré de que su mano hubiera soltado mi muñeca. Sus dedos se relajaron, cayendo sobre la arena. Esperé. Conté los latidos de mi propio corazón hasta llegar a cien. Cuando estuve segura de que la fiebre lo había arrastrado de nuevo a las profundidades del sueño, me permití el lujo más peligroso de mi vida.

Dejé de mirar a través de los oídos.

Abrí los ojos y enfoqué la vista en el hombre que yacía a mis pies. A la luz mortecina de la luna que se filtraba por la entrada de la cueva, Elias Thorne no era solo una voz o una presencia táctil. Era una topografía de dolor. Vi las cicatrices que cruzaban sus nudillos, los restos de fango en sus mejillas y la forma en que su pecho subía y bajaba con esfuerzo.

Fue entonces cuando alcancé la carpeta de cuero que habíamos robado de la caja fuerte.

No necesité pasar las yemas de los dedos por el papel buscando surcos de tinta. No necesité que nadie me leyera el destino de mi familia. Mis ojos recorrieron las líneas con una avidez cruel. Los médicos de la capital habían hecho un trabajo impecable: la operación reconstructiva de mis nervios ópticos, pagada con las joyas que le robé a mi propia madre antes de que Beatriz se hiciera cargo de todo, había sido un éxito que nadie en Los Olmos sospechaba.

Para el mundo, Victoria Olmos era la pobre heredera ciega, una muñeca de porcelana rota que no podía ser un testigo peligroso. Para mí, la ceguera era el único lugar donde podía esconderme de Marcus. Si ellos creían que yo no veía, no tenían que matarme. Solo tenían que vigilarme.

«Pago realizado a la administración de Blackwood», leí en voz baja. Mis ojos se detuvieron en una cifra. «Transferencia por el cese de hostilidades contra J. Thorne».

—Hijo de puta —susurré, y las lágrimas me empañaron la visión.

Marcus no solo había intentado matar a Julian. Cuando se dio cuenta de que no podía hacerlo sin levantar sospechas, decidió comprar su silencio y mantenerlo en un limbo legal.

Cerré la carpeta y miré de nuevo a Elias. Con la vista clara, los rasgos de su rostro empezaron a encajar con los recuerdos de mi adolescencia como las piezas de un puzle sangriento. La barba era espesa, la piel estaba curtida por el sol de los patios de prisión y la nariz tenía una desviación que no estaba allí hace diez años. Pero la línea de su mandíbula... esa era inconfundible.

Era Julian. No era un enviado. No era un sicario.

Era el chico que yo había amado, convertido en un hombre forjado en el odio. Y estaba allí, a mi merced, creyendo que yo vivía en una eterna oscuridad mientras él planeaba su venganza contra mi estirpe.

—Si supieras que te veo... —murmuré, acercando mi mano a su rostro, pero deteniéndome a milímetros de su piel—. Si supieras que te he visto cada segundo desde que entraste en mi habitación, Julian, me matarías aquí mismo.

Un escalofrío me recorrió al darme cuenta de mi propia situación. Yo era la mujer que lo había condenado con un testimonio falso, y ahora era la única que podía salvarlo. Pero para hacerlo, tenía que seguir siendo la ciega. Tenía que seguir mirando el mundo a través de un velo que ya no existía.

Guardé los papeles y volví a sentarme, cerrando los ojos por un momento para reajustar mi mente a la farsa. Cuando los abrí de nuevo, los dejé vagar, sin foco, perdidos en la pared de piedra de la cueva.

Justo a tiempo.

Elias soltó un gruñido y se removió. Sus ojos se abrieron y, por un instante, me miraron con una claridad aterradora.

—Victoria... —dijo con voz ronca—. ¿Qué hora es?

—No lo sé —respondí, moviendo las manos sobre la arena hasta encontrar la carpeta, fingiendo que la buscaba por el tacto—. Pero la lluvia ha parado. Pronto amanecerá, y Marcus no dejará un centímetro de este acantilado sin revisar.

Él se incorporó con dificultad, frotándose la sien. Me observó en silencio durante un tiempo que me pareció eterno. Yo mantuve mi mirada muerta, dirigida hacia la entrada de la cueva, rezando para que no viera el rastro de la verdad en mis pupilas.

—Tenemos que movernos —dijo él al fin, pero su tono había perdido la agresividad de antes. Ahora había una nota de duda, de sospecha latente—. Me llevaste a través de ese sendero en plena tormenta, Victoria. Nadie, ni con el mejor oído del mundo, podría haber hecho eso sin caerse.

Me obligué a mantener los ojos fijos en la negrura de la pared, sintiendo cómo mis pupilas luchaban por no enfocarse en el brillo de su mirada. La farsa era ahora mi única armadura.

—Usted no entiende lo que es vivir diez años en una caja de sombras, Thorne —respondí, y mi voz sonó cargada de una amargura que no tuve que fingir—. Cuando no tienes ojos, tus pies se convierten en ellos. Cada piedra de este acantilado está grabada en mi memoria desde que era una niña. Si me moví rápido, fue porque el miedo a que Marcus le pusiera las manos encima era más fuerte que el miedo a caer al mar.

Él guardó silencio. Sentí que se acercaba a mí, arrastrándose por la arena hasta que su rostro quedó a pocos centímetros del mío. Pude ver, con una nitidez que me desgarraba, la cicatriz que le bajaba por la sien, el rastro de la fiebre en sus labios agrietados y esa sombra de duda que no terminaba de abandonar sus ojos.

—¿Por qué? —preguntó en un susurro—. ¿Por qué arriesgarse así por un extraño? Por un hombre que entró en su habitación con un arma y que solo busca venganza.

—Porque usted es lo único real que ha cruzado esa puerta en una década —dije, y esta vez dejé que mi mano buscara su mejilla, tanteando el aire hasta encontrar su piel ardiente. El contacto me quemó—. Porque si usted muere, yo me quedo sola en esta casa de muertos con Marcus y Beatriz. Y prefiero el abismo con usted que la seguridad con ellos.




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