Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 25

La niebla no era solo vapor de agua; era una presencia física, densa y blanca, que se tragaba el mundo. Para Elias, que luchaba por mantener el equilibrio mientras la fiebre le enviaba oleadas de náuseas, aquel banco de bruma debía de ser una pesadilla de formas borrosas y peligros invisibles. Para mí, sin embargo, era un velo protector. Mis ojos, entrenados para captar el mínimo contraste en la penumbra tras años de supuesta privación, cortaban la niebla como cuchillos.

Podía ver las grietas en la roca caliza que Elias pasaba por alto. Podía ver el musgo resbaladizo que crecía en la vertiente del acantilado, brillando con una humedad traicionera. Y, sobre todo, podía ver el rastro de luz de las linternas de Marcus, a unos doscientos metros sobre nuestras cabezas, moviéndose de un lado a otro como ojos de insectos gigantes que buscaban una presa en las grietas de la tierra.

—No se detenga —susurré, sintiendo cómo el brazo de Elias rodeaba mis hombros con una presión que empezaba a cortarme la circulación—. El camino se vuelve más ancho en unos metros. Manténgase cerca de la pared.

—Está... está demasiado oscuro, Victoria —jadeó él. Su voz era un roce áspero, casi inaudible por encima del rugido de las olas que golpeaban la base del acantilado—. No veo... no veo ni mis propias manos. ¿Cómo sabe dónde está el suelo?

Me obligué a tropezar deliberadamente con una pequeña piedra para mantener la farsa. Dejé que mi cuerpo oscilara un poco hacia la izquierda, hacia el vacío, antes de recuperar el equilibrio con un movimiento que fingí torpe y desesperado. Sentí su mano apretarse en mi hombro, un acto reflejo de protección que me quemó la piel.

—Siento el viento en la cara, Elias. El aire se siente distinto cuando el camino se abre —mentí, mientras mi mirada se clavaba en la silueta de un guarda que asomaba la cabeza por el saliente superior, apenas a cincuenta metros—. Si el aire deja de golpear mi mejilla derecha, es que me he acercado demasiado a la piedra. Si el frío aumenta, es que el abismo está cerca.

—Es usted... una criatura extraña —murmuró él, y por un momento el peso de su cuerpo pareció aliviarse cuando intentó enderezarse por puro orgullo—. Una Olmos que sabe leer el viento. Julian siempre decía que usted era... especial. Pero nunca imaginé que fuera tan resistente.

Avanzamos con una lentitud agónica. El descenso hacia la cala era una pendiente pronunciada cubierta de grava suelta. En mi visión, la grava formaba un patrón de sombras traicioneras que esquivé con una precisión que me obligaba a justificar cada paso con un suspiro de alivio falso. Cada vez que él resbalaba, yo lo sostenía con una fuerza que nacía de la pura desesperación.

De repente, un ladrido rompió la monotonía del mar. Agudo, corto, profesional.

—Dobermans —siseó Elias. Su mano bajó instintivamente hacia su cintura, buscando el arma que ya no estaba—. Marcus ha soltado a los perros. El señuelo de Halloway no los distraerá por mucho más tiempo. Tienen nuestro rastro en el barro.

Llegamos al nivel del mar. La cala de los pescadores era una herradura de arena negra y guijarros lamidos por una espuma blanca y agresiva. A través de la niebla, vi la silueta del bote. Pero también vi el peligro.

A cincuenta metros, emergiendo de la bruma, estaba un guardia con una linterna y una escopeta. Y a su lado, un perro negro que enseñaba los colmillos.

—Quédese aquí —ordenó Elias, su voz recuperando una autoridad gélida. Sacó una pequeña navaja del bolsillo—. Si el perro salta, corra hacia el agua. No mire atrás.

Elias se lanzó hacia adelante, desapareciendo en la niebla. Me quedé allí, de pie en la orilla. Vi a Elias rodeando una roca para flanquear al guardia, pero su paso era vacilante. Vi al guardia levantar la escopeta, el cañón buscando una sombra en la nada. No podía quedarme quieta.

Salí de la sombra, caminando hacia la luz de la linterna con los brazos extendidos.

—¡No dispare! —grité, forzando un tono de pánico absoluto—. ¡Ayúdeme! ¡Ward me ha traído aquí a la fuerza!

El guardia dudó. Esa duda fue su fin. Avancé hasta estar a cuatro metros. Cuando él giró la linterna para buscar a Elias tras la roca, impulsada por una visión precisa de su posición, me abalancé. Hundí el abrecartas en su pierna. El hombre gritó y la escopeta cayó a la arena.

Elias saltó sobre él. El doberman le mordió el brazo, pero él logró reducir al hombre. Recogí la escopeta y, con un movimiento certero, golpeé al perro con la culata para que soltara a Elias. El animal huyó hacia la oscuridad de los acantilados.

Elias se puso en pie, sangrando, jadeando. Sus ojos buscaron los míos con una claridad aterradora.

—¿Cómo sabía... exactamente dónde estaba él? —preguntó—. Estaba de espaldas a usted, en mitad de la niebla. No ha dudado ni un milímetro, Victoria.

Bajé el arma, dejando que mis hombros se hundieran y mis ojos volvieran a su estado "muerto".

—Escuché su respiración, Ward —mentí—. Y el olor a su tabaco. Fue solo instinto.

Elias se acercó a mí y me tomó por los hombros. Su tacto era fuego.

—Si vuelve a mentirme —dijo en voz baja—, asegúrese de que la mentira sea mejor que esta. Porque la próxima vez, no estaré lo suficientemente herido como para creerla.

Me soltó y señaló hacia el agua. Subimos al bote de madera. Elias tomó los remos con una mano mientras la otra colgaba inútil a su costado. Nos internamos en la niebla, dejando atrás Los Olmos. Por primera vez en diez años, yo estaba fuera de la jaula, pero la verdadera prisión ahora viajaba con nosotros en esa pequeña embarcación.




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