El bote de madera crujía con cada embate de las olas, un sonido de huesos viejos frotándose entre sí que se perdía en la inmensidad de la niebla. El aire allí afuera era una sopa de sal y frío que calaba hasta los pulmones. Elias se había desplomado sobre el banco de madera apenas nos alejamos de la costa; su cuerpo era un bulto inerte que se sacudía con el vaivén del agua.
—¡Ward! —llamé, pero mi voz fue devorada por el rugido del mar.
Me acerqué a él, gateando por el suelo del bote, sintiendo el agua helada empapar mis rodillas. Sus ojos estaban entornados, revelando solo una línea blanca bajo los párpados. Su brazo izquierdo, el que el perro había destrozado, era una masa de carne viva y cuero rasgado. El olor a sangre fresca empezaba a competir con el del salitre.
—Vicky... —balbuceó él, un sonido que apenas fue un soplido.
El corazón se me detuvo. Ese apodo. Nadie en Los Olmos, ni siquiera Marcus en sus momentos de falsa ternura, me había llamado así. Era un nombre enterrado bajo diez años de cenizas. Pero no podía reaccionar. No podía dejar que supiera que ese nombre me había alcanzado.
—Está delirando —murmuré para mí misma, aunque mis ojos, ocultos por la oscuridad, lo recorrían con una angustia que no podía permitirse.
Miré hacia proa. A través del sudario blanco de la niebla, mis ojos captaron una formación de sombras que me heló la sangre: el Arrecife de las Viudas. Eran rocas negras, afiladas como navajas, que surgían del agua como los dientes de un monstruo hundido. La marea nos estaba empujando directamente hacia ellas. Elias no podía verlas, no en su estado, y si no hacía algo, el bote se partiría como una cáscara de nuez.
Agarré los remos. La madera estaba astillada y helada.
—¿Qué... qué hace? —la voz de Elias volvió, cargada de una confusión brumosa. Intentó levantar la cabeza, pero volvió a caer—. El ruido... el agua está rompiendo cerca...
—¡Quédese abajo! —grité, mientras clavaba los remos en el agua negra.
Tuve que jugar un juego peligroso. No podía remar con la precisión de un vigía, porque él me estaba escuchando. Cada vez que movía el bote para evitar una roca que yo veía claramente, forzaba un movimiento errático, dejando que el casco rozara apenas la superficie de las piedras para que pareciera un accidente, una cuestión de suerte ciega.
—¡Victoria, cuidado! —rugió él, tratando de incorporarse al oír el estruendo del agua chocando contra el arrecife.
—¡No veo nada, Ward! ¡Solo escucho el rugir! —mentí a pleno pulmón, mientras mis ojos seguían la línea de espuma blanca que marcaba el canal seguro.
Hice que el remo derecho golpeara una de las rocas con violencia. El impacto sacudió el bote, lanzándome hacia un lado. Fue un golpe calculado para justificar el giro brusco que nos sacó de la trayectoria de colisión. El bote derrapó sobre el agua, pasando a centímetros de un pilar de piedra que nos habría matado.
—¡Estamos fuera! —jadeé, dejando que mis manos soltaran los remos y temblaran de forma visible. Me dejé caer al suelo, fingiendo agotamiento y desorientación—. Creo que hemos pasado... no sé cómo, pero el sonido se aleja.
Elias se dejó caer de nuevo; su respiración era un silbido agónico.
—Ha sido... la marea —susurró él, cerrando los ojos—. El azar... de los tontos.
Me arrodillé junto a él. Tenía que curar ese brazo. Abrí el pequeño botiquín de madera que estaba bajo el banco. Dentro había una botella de alcohol fuerte y unas vendas de lino. Mis ojos veían perfectamente la profundidad de los desgarros, pero mis manos tenían que actuar como si no lo hicieran.
Tanteé su brazo con dedos temblorosos, dejando que mis manos resbalaran por la sangre caliente hasta encontrar la herida. Elias soltó un gruñido de dolor que me partió el alma.
—Tengo que limpiar esto —dije, tratando de mantener mi mirada desenfocada, fija en la niebla que nos rodeaba mientras mi atención periférica vigilaba sus reacciones—. Va a doler.
Vertí el alcohol. Elias se arqueó, sus dedos apretando el borde de madera del bote hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No dije nada. Empecé a vendarlo, forzando mis movimientos a ser torpes, dejando que la venda se enredara un poco, obligándome a “buscar” los extremos con los dedos antes de apretar el nudo.
—Usted... se mueve con una calma extraña para alguien que no puede ver la sangre —dijo él de pronto. Sus ojos estaban fijos en mí, buscándome en la penumbra.
—La sangre no necesita verse para sentirse, Ward —respondí, sin mirarlo, concentrada en terminar el nudo—. Huele a hierro y está caliente. En mi mundo, eso es suficiente para saber que alguien se está desangrando.
Él no respondió, pero sentí su mirada clavada en mi rostro, una mirada llena de una sospecha que ni la fiebre lograba apagar del todo. Estábamos en mitad del océano, en un bote que olía a muerte y a secretos, y, por un segundo, tuve la tentación de cerrar los ojos de verdad, de dejar que la oscuridad me atrapara para no tener que seguir sosteniendo este peso.
—Vicky... —repitió él, ya casi en un suspiro antes de perder el sentido de nuevo.
Me quedé inmóvil, con mis manos ensangrentadas sobre su pecho, observando cómo su rostro se relajaba en la inconsciencia.
—No soy ella, Julian —susurré para el viento—. La niña que conociste murió en el incendio. Solo queda esto.
Tomé los remos de nuevo. Esta vez, sin testigos que me juzgaran, remé con la fuerza y la dirección de quien sabe exactamente hacia dónde se dirige. La niebla empezaba a clarear, revelando la silueta de una cala lejana. No era la libertad, pero era un comienzo.