El bote raspó contra la arena de la cala con un sonido seco, un quejido de madera contra piedra que vibró en mis pies. Habíamos llegado a la Cala del Muerto, un rincón olvidado de la costa donde los acantilados se abrían lo justo para dejar una lengua de guijarros grises. La niebla allí era menos espesa, dejando entrever el inicio de un bosque de pinos que se retorcían bajo el viento constante del Atlántico.
Elias no se movió. Su respiración era ahora un carraspeo débil. El vendaje que le había improvisado estaba empapado en un rojo tan oscuro que parecía negro bajo la luz de la luna.
—Vamos, Julian... no puedes rendirte ahora —susurré, usando su nombre solo porque el mar era el único que podía oírme.
Me bajé del bote, hundiendo las botas en el agua gélida. El frío me subió por las piernas, un recordatorio punzante de que seguíamos vivos. Agarré la cuerda de proa y tiré con todas mis fuerzas, sintiendo cómo los músculos de mi espalda protestaban. El bote era pesado, pero la adrenalina me otorgaba una fuerza prestada. Logré arrastrarlo lo suficiente para que la marea no se lo llevara.
Después, tuve que sacarlo a él.
Fue una labor titánica. Arrastré su cuerpo fuera de la embarcación, dejando que sus pies golpearan el agua antes de alcanzar la arena seca. Elias emitió un gemido ahogado, pero no despertó. Lo apoyé contra una roca alta, tratando de recuperar mi propio aliento. Mis manos temblaban, no por el frío, sino por la magnitud de lo que tenía frente a mí.
A unos doscientos metros, subiendo por una senda casi invisible entre los pinos, sabía que había una vieja cabaña de pescadores. Estaba abandonada desde antes del incendio, una ruina de madera y brezo que mi padre solía usar para guardar aparejos.
—Tengo que moverte —le dije, aunque él no podía oírme.
Me coloqué uno de sus brazos sobre mis hombros. Su peso me hundió en la arena. Cada paso hacia la pendiente del bosque fue una batalla contra la gravedad. Tuve que mantener los ojos bien abiertos para no tropezar con las raíces, pero me obligué a inclinar la cabeza, a actuar con la vacilación de quien no sabe qué hay diez centímetros por delante. Si Marcus enviaba a alguien a revisar esta playa, verían nuestras huellas; pero, si lográbamos llegar a la cabaña antes de que el sol asomara, tendríamos una oportunidad.
El bosque nos recibió con un silencio sepulcral, solo interrumpido por el crujido de las acículas secas bajo mis botas. El olor a pino y tierra húmeda reemplazó al salitre. Al fin, la silueta de la cabaña apareció entre las sombras. Era apenas una sombra más oscura, con el tejado hundido en una esquina y la puerta colgando de una sola bisagra.
Entramos. El aire dentro olía a polvo acumulado durante décadas y a madera podrida. Dejé a Elias sobre un montón de redes viejas y secas que todavía conservaban un rastro de olor a mar antiguo.
Me desplomé a su lado, con los pulmones ardiendo.
—Victoria... —su voz, ahora más clara, me sobresaltó.
Me puse rígida al instante. Mis manos buscaron el suelo, tanteando las redes de forma errática mientras recuperaba mi máscara de sombras.
—Aquí estoy, Ward. Hemos llegado a tierra. Estamos a salvo... por ahora.
Él abrió los ojos. La luz que entraba por las grietas del tejado era mínima, pero para mis ojos era suficiente para ver que la sospecha no lo había abandonado. Se incorporó sobre un codo, haciendo una mueca de dolor al apoyar el brazo herido.
—El bote... —dijo, mirando hacia la oscuridad donde yo estaba—. ¿Cómo ha sabido hacia dónde remar? La corriente nos llevaba hacia el sur, pero hemos acabado en la cala de los pinos. Un error de cálculo nos habría destrozado contra las rocas.
—La suerte de los tontos, ¿no fue eso lo que dijo usted? —respondí, tratando de sonar exhausta—. Solo remé hacia donde el sonido de las olas parecía más suave. Dios debió de estar guiando mis manos, porque yo solo sentía el frío y el miedo.
Elias se quedó en silencio. Escuché su respiración, volviéndose más lenta, más pesada. Estaba analizándome. En la penumbra de la cabaña, él era un depredador herido, y yo era la presa que lo había salvado.
—Dios no guía los remos de una Olmos —sentenció él con una amargura que me hizo estremecer—. Pero quizás... quizás el instinto de supervivencia es más fuerte que cualquier visión.
Sacó la carpeta que habíamos robado, la cual había permanecido pegada a su pecho durante toda la travesía. A pesar de su debilidad, sus dedos se cerraron sobre el cuero con una posesión feroz.
—Mañana —dijo Elias—, cuando salga el sol, usaremos lo que hay aquí dentro para destruir a Marcus. Pero antes... Victoria... tengo que saber una cosa.
—¿Qué? —pregunté, manteniendo mi mirada fija en la puerta desvencijada, simulando que solo oía el viento.
—¿Por qué no me dejó en el despacho? Habría sido fácil. Habría podido decir que yo la secuestré. Habría vuelto a su vida de lujos y Marcus la habría perdonado. ¿Por qué arriesgarse a morir en el mar por un extraño?
Me quedé callada. La respuesta de verdad era: porque eres Julian. Porque te amo. Porque te debo diez años de vida. Pero la respuesta que la señorita Olmos daría era otra.
—Porque usted es el único que me ha tratado como a una persona y no como a un mueble en estos diez años, Ward. Incluso con un arma en la mano, usted me veía más de lo que Marcus me ha visto nunca.
Elias no respondió, pero escuché cómo se recostaba de nuevo en las redes. En el silencio de la cabaña, mientras el primer rastro de luz grisácea empezaba a teñir el cielo, supe que la tregua entre nosotros era tan frágil como el cristal.