Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 29

El espacio bajo las tablas de la cabaña era un ataúd de madera y salitre. El agua fría nos llegaba a los tobillos, pero el aire estaba cargado de un calor sofocante, producto de nuestra propia respiración atrapada. Elias estaba pegado a mi espalda; sentía el latido de su corazón, rápido y errático, golpeando contra mis omóplatos. Su brazo herido descansaba sobre mi hombro, y podía sentir la humedad de la sangre traspasando de nuevo el vendaje.

Sobre nosotros, la cabaña había dejado de ser un refugio para convertirse en un tambor. Cada paso de los hombres de Marcus resonaba con una vibración que me recorría la columna vertebral.

—Miren esas redes —dijo una voz ruda, justo encima de nuestras cabezas. El sonido de la madera crujiendo bajo sus botas fue ensordecedor—. Están movidas. El polvo del suelo tiene marcas de arrastre.

Sentí a Elias tensarse. Su mano derecha bajó lentamente hacia el cuchillo que había recuperado. En la oscuridad total de ese hueco, él estaba realmente ciego. Yo, en cambio, tenía los ojos abiertos de par en par. No veía colores, pero mis pupilas, dilatadas al máximo, captaban las finas líneas de luz que se filtraban por las rendijas de las tablas. Veía el polvo caer sobre nosotros como nieve sucia. Veía el cañón de un arma asomar brevemente por una grieta.

—¿Crees que están aquí abajo? —preguntó otro guardia.

—Si no están aquí, han estado hace poco. El olor a alcohol de botiquín todavía flota en el aire.

Elias se inclinó hacia mi oído. Su aliento era puro fuego.

—Si levantan la tabla —susurró, casi inaudible—, empújeme hacia arriba. Yo los detendré. Usted corra hacia el bosque sin mirar atrás.

No respondí. No podía. Mi mirada estaba fija en un punto específico de la trampilla. A través de una de las fisuras, vi la punta de una bota de cuero negro. Era Marcus. Reconocía el brillo del pulido y la forma elegante del calzado. Estaba parado exactamente sobre la bisagra de nuestro escondite.

—Victoria —dijo Marcus. Su voz no era un grito, sino un tono bajo, íntimo, que se filtraba por las maderas como un veneno—. Sé que estás asustada. Sé que ese hombre te tiene bajo su control. Solo tienes que dar un golpe en la madera si me oyes. Saldremos de aquí y todo volverá a ser como antes. Te llevaré a casa. Borraremos este error.

El cinismo de sus palabras me provocó una náusea violenta. “Todo volverá a ser como antes”. Él quería que volviera a ser su muñeca ciega, la heredera cautiva que firmaba documentos sin preguntar.

Sentí la mano de Elias apretarse en mi brazo. Era una pregunta muda: ¿vas a delatarnos?

En ese momento ocurrió lo que más temía. Una rata, perturbada por nuestra intrusión en su territorio, chilló en un rincón del foso y corrió sobre mis botas, subiendo por mi pierna. El asco fue instintivo. Estuve a punto de soltar un grito, de sacudirme, de echarlo todo a perder. Pero me obligué a la inmovilidad más absoluta. Cerré los ojos con fuerza, no para no ver, sino para concentrar toda mi voluntad en no emitir un solo sonido.

—¿Has oído eso? —preguntó el primer guardia.

—Un animal. Este lugar está lleno de ellos —respondió Marcus con desdén. Escuché cómo se alejaba un par de pasos—. No pierdan más tiempo aquí. Si no están en la cabaña, habrán intentado subir por el barranco. Registren la zona de los pinos altos. Ahora.

Los pasos empezaron a alejarse, saliendo de la estructura. Pero uno de los guardias se quedó atrás. Vi su sombra proyectada a través de las rendijas. Estaba inclinado, observando el suelo.

—Las redes... —murmuró—. No están solo movidas. Están puestas para ocultar algo.

Vi cómo su mano se acercaba al anillo de hierro de la trampilla. Estaba a punto de tirar. Elias se preparó para el asalto final, tensando cada músculo. Sabía que, en cuanto la luz entrara, él atacaría, y sería nuestro fin.

Entonces, en un acto de improvisación que ni yo misma esperaba, aproveché que mi mano estaba cerca de una de las grietas. Con un movimiento rápido y silencioso, empujé una pequeña astilla de madera hacia arriba, justo cuando el guardia iba a tocar el anillo. El sonido fue mínimo, pero en el silencio de la cabaña vacía sonó como si algo se hubiera quebrado en la pared opuesta.

El guardia se giró bruscamente hacia el ruido.

—¿Quién está ahí? —gritó, con el arma en alto.

—¡López, muévete de una vez! —le gritaron desde fuera—. ¡Marcus no espera!

El hombre dudó un segundo más. Miró la trampilla, luego la pared de donde vino el ruido y, finalmente, escupió al suelo antes de salir corriendo tras sus compañeros.

El silencio que siguió fue casi más aterrador que el ruido. No nos movimos durante lo que parecieron horas. El agua helada en mis pies se sentía como cuchillas, y el brazo de Elias se volvía cada vez más pesado sobre mis hombros.

—Se han ido... —susurró él finalmente, sin apartarse de mí. Su voz tenía una nota de incredulidad—. ¿Cómo lo ha hecho, Victoria? ¿Cómo ha sabido que el guardia estaba a punto de abrir?

—No lo sabía —mentí, sintiendo el sudor frío recorrer mi nuca—. Solo... sentí que el aire cambiaba. Sentí su peso sobre nosotros y recé. El ruido... debió de ser una tabla vieja cediendo.

Elias se separó apenas lo suficiente para que el aire volviera a circular entre nosotros. En la negrura total, buscó mi rostro con su mano sana. Sus dedos recorrieron mis pómulos, mi frente, y se detuvieron sobre mis párpados cerrados.

—Tiene una suerte que desafía a la muerte, o un ángel de la guarda muy oscuro —dijo con voz ronca—. Pero no podemos quedarnos aquí. En cuanto no nos encuentren en el barranco, volverán para quemar esta cabaña.

—Lo sé —respondí, abriendo los ojos en la oscuridad, sabiendo que él no podía ver la determinación que ardía en ellos—. Y esta vez no vamos a huir, Elias. Si Marcus está ahí fuera, es el momento de que entienda que la niña que él creía haber roto ya no existe.




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