Esperamos hasta que el último eco de los motores de Marcus se desvaneció en la distancia, dejando tras de sí un silencio que se sentía como una trampa a punto de cerrarse. El aire en el foso se había vuelto irrespirable, un vapor espeso de sudor, salitre y el olor agrio del miedo. Elias hizo un esfuerzo sobrehumano para empujar la trampilla; escuché el crujido de sus dientes apretados y el gemido de la madera antes de que una brizna de aire fresco, puro y bendito, se filtrara hacia nosotros.
Salimos del agujero como espectros que emergen de una fosa común. Elias se desplomó sobre las redes secas, jadeando, con el rostro de un color gris ceniza que me asustó más que cualquier guardia armado. Su brazo izquierdo estaba ahora completamente rígido, envuelto en un vendaje oscuro de sangre seca y suciedad.
—No se detenga —le pedí, arrodillándome a su lado y pasando su brazo sano por encima de mis hombros—. Marcus no es tonto. Volverán cuando vean que el barranco está vacío.
—El camino... —balbuceó él, tratando de enfocar la vista en la puerta desvencijada—. La carretera está bloqueada. No tenemos a dónde ir, Victoria.
—Hay un camino, Elias. Un sendero que mi padre usaba para bajar a las pozas de marea. No está en los mapas de la propiedad y Marcus siempre lo consideró demasiado peligroso para usarlo. Está cubierto por la maleza, pero si llegamos allí, podremos rodear la colina y salir a la carretera vieja, lejos de sus puestos de vigilancia.
No esperé su respuesta. Lo obligué a ponerse en pie. El esfuerzo fue monumental; sentía cómo su peso amenazaba con aplastarme, pero mis ojos, fijos en la salida, ya estaban trazando la ruta más segura entre los pinos.
Salimos de la cabaña. La luz del sol era ahora una claridad hiriente que hacía que el bosque pareciera pintado con colores demasiado brillantes. Para Elias, que apenas podía mantener la cabeza erguida, el mundo debía de ser un torbellino de luces y sombras. Para mí, era un tablero de ajedrez donde cada rama rota y cada pisada en el barro era una pieza que debía ocultar.
Nos internamos en la espesura. El sendero de las pozas era poco más que una cicatriz en la roca, oculta por helechos gigantes y zarzas que se aferraban a mi vestido como garras. Me movía con una seguridad que desafiaba mi supuesta condición. Usaba mis pies para “tantear” el terreno, pero en realidad eran mis ojos los que elegían cada piedra estable, cada raíz que no cedería bajo nuestro peso combinado.
—Usted... se mueve como si el bosque le hablara —murmuró Elias. Su cabeza descansaba pesadamente contra mi sien. Su aliento seguía quemando—. Siento cómo evita los salientes... antes de que yo siquiera los vea.
—Es el sonido del viento entre las hojas, Ward —mentí, sintiendo una punzada de culpa al percibir su total dependencia de mí—. El aire suena distinto cuando hay un obstáculo cerca. Por favor, no hable. Guarde sus fuerzas.
El bosque se volvió más denso. El aroma de la resina era tan fuerte que mareaba. De repente, un ruido nos hizo detenernos en seco: el crujido de una rama seca a nuestra derecha, no muy lejos.
Me quedé inmóvil, sosteniendo el cuerpo tembloroso de Elias. Mis ojos se clavaron en la espesura de los helechos. A unos treinta metros, distinguí el uniforme oscuro de uno de los guardias. No nos había visto todavía; estaba de espaldas, revisando un grupo de rocas. Tenía un rifle al hombro y se movía con la parsimonia de quien sabe que su presa no tiene a dónde ir.
Sentí que Elias buscaba su navaja, pero su mano apenas tenía fuerza para cerrar el puño.
—No —susurré en su oído—. Quédese quieto.
Agarré una piedra pequeña de la orilla del sendero. Con un movimiento rápido, la lancé hacia el lado opuesto, hacia un matorral de espinos que colgaba sobre el barranco. El impacto provocó un ruido seco, seguido del siseo de las ramas al rebotar.
El guardia se giró al instante, apuntando con su rifle hacia el lugar del ruido.
—¿Quién está ahí? —gritó, con la voz cargada de nerviosismo.
Aproveché ese segundo de distracción. Arrastré a Elias hacia un hueco natural formado por las raíces de un pino centenario, cubriéndonos con el manto de agujas secas y sombras. Nos fundimos con la tierra. El guardia pasó a escasos cinco metros de nosotros, sus botas casi rozando el dobladillo de mi vestido. Pude ver el sudor en su nuca y el temblor de sus dedos en el gatillo.
Elias estaba tan cerca de mí que podía sentir el calor de su fiebre irradiando hacia mi propio cuerpo. Sus ojos estaban cerrados, pero sus dedos se enterraron en la tierra, buscando un anclaje. Cuando el guardia finalmente se alejó, hundiéndose más en el barranco, solté un suspiro que no sabía que estaba reteniendo.
—Se ha ido —dije, ayudando a Elias a incorporarse de nuevo.
—Usted... es un milagro, Victoria —susurró él, y por primera vez no hubo sospecha en su voz, solo una gratitud desesperada—. Julian me dijo que usted era la luz de Los Olmos. No entendí a qué se refería hasta ahora.
Seguimos avanzando. El sendero empezó a descender bruscamente hacia el mar. Podía oír el rugido de las pozas de marea golpeando contra los acantilados de abajo. El aire se volvió más húmedo, más frío. Sabía que al final de ese camino había un viejo túnel de drenaje que desembocaba cerca de la carretera vieja. Era nuestra salida, nuestra última oportunidad de desaparecer antes de que Marcus cerrara el cerco definitivamente.
Pero mientras bajábamos, vi algo que me hizo detener el corazón: al final del sendero, bloqueando la entrada del túnel, no había un guardia. Había una figura solitaria, vestida de negro, con una sombrilla que parecía un hongo venenoso en mitad del bosque.
Era Beatriz.
Y nos estaba esperando con una sonrisa que no auguraba nada más que una nueva forma de cautiverio.