Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 31

Beatriz permanecía inmóvil, una mancha de azabache contra el verde furioso de los helechos. Su sombrilla de encaje negro filtraba la luz del sol en un patrón de telaraña que caía sobre su rostro imperturbable. No había hombres armados con ella; no los necesitaba. Su arma siempre había sido el conocimiento, la forma en que desnudaba las debilidades ajenas con una sola mirada.

Elias se tensó a mi lado, un gruñido sordo naciendo en su garganta. Intentó dar un paso al frente, pero su rodilla cedió y tuve que sostenerlo con un esfuerzo que me hizo gemir.

—Vaya, vaya —dijo Beatriz. Su voz era una caricia de seda sobre una cuchilla—. El caballero herido y la dama ciega. Si no fuera por la sangre y el olor a desesperación, juraría que estoy viendo una escena de una novela barata.

—Apártate, Beatriz —dijo Elias. Su voz era un susurro ronco, pero cargado de un odio que hacía vibrar el aire—. No tienes a tus hombres aquí. No me obligues a hacer algo de lo que Victoria tenga que ser testigo.

Beatriz soltó una risa cristalina, un sonido que chocaba violentamente con el rugido del mar a nuestras espaldas. Caminó dos pasos hacia nosotros, cerrando su sombrilla con un chasquido seco.

—¿Testigo? —repitió, clavando sus ojos en mí—. Victoria no necesita ver para entender, Elias Ward. Algunas personas perciben más de lo que deberían… incluso en la oscuridad. ¿Verdad, querida?

Me quedé inmóvil. Mi corazón golpeó mis costillas con la fuerza de un pájaro enjaulado. Había algo en su tono, una intención oculta bajo cada palabra, como si hablara en un idioma que solo ella comprendía.

—No sé de qué hablas —respondí, manteniendo mi mirada fija en un punto vacío, dejando que mis ojos permanecieran inertes.

—Oh, claro que lo sabes —continuó Beatriz, ladeando apenas la cabeza—. Siempre has sabido más de lo que finges. Más de lo que dices. Más de lo que dejas ver.

Sentí el cuerpo de Elias volverse rígido bajo mi brazo. Su respiración se volvió irregular. No entendía del todo, pero tampoco estaba ignorando lo que ocurría.

—Está jugando contigo —dijo él, aunque su tono ya no era completamente firme—. No le creas, Victoria.

—¿Jugando? —Beatriz sonrió, una curva mínima y peligrosa—. No, Elias Ward. Yo no juego. Yo observo. Y lo que veo… rara vez me equivoco.

Se acercó un poco más, lo suficiente para invadir el espacio sin tocarlo. Su presencia era asfixiante.

—Pero no estoy aquí por eso —añadió, cambiando el tono con una naturalidad inquietante—. Estoy aquí porque Marcus está a punto de cometer un error que nos perjudicará a todos. Y porque ustedes dos… todavía pueden ser útiles.

Metió la mano en su bolso de seda y sacó un sobre pequeño, lacrado con cera roja.

—En la carpeta que robaron falta la pieza principal —dijo, extendiéndolo hacia mí—. Marcus cree que tiene el control, pero olvida quién llevaba realmente las cuentas de esta casa. Ese sobre contiene la prueba de que el incendio no fue solo un accidente provocado… Hubo alguien más involucrado. Alguien que sigue dentro.

Elias intentó arrebatarle el sobre, pero su cuerpo no respondió. Se tambaleó y estuvo a punto de caer. Beatriz lo esquivó con una elegancia insultante.

—No es para ti, Ward —dijo con frialdad—. Es para ella. Porque solo Victoria puede abrir lo que esto protege. Y porque hay ventajas en la forma en que el mundo la percibe… ventajas que tú no tienes.

Dudé apenas un segundo antes de extender la mano. Nuestros dedos se rozaron, y un frío incómodo me recorrió la piel.

—Tómalo —murmuró Beatriz—. Y úsalo bien. Las verdades enterradas no desaparecen… solo esperan el momento adecuado para salir a la superficie.

Se dio la vuelta, abriendo de nuevo la sombrilla negra.

—El túnel está despejado —dijo por encima del hombro—. Tienen veinte minutos antes de que Marcus entienda que lo he desviado. Aprovechen el tiempo… si saben hacerlo.

Avanzó unos pasos, pero se detuvo antes de desaparecer entre los helechos.

—Y Victoria… —añadió sin girarse—. Ten cuidado con las mentiras que eliges sostener. Algunas terminan sosteniéndote a ti.

Luego se internó en el bosque, desapareciendo como una sombra más entre las sombras.

Me quedé en silencio, con el sobre aún en la mano. El peso de Elias sobre mi hombro ya no era solo físico; había algo más en él ahora, una distancia nueva, sutil, pero imposible de ignorar.

No dijo nada. No preguntó. Pero cuando retomamos el camino hacia el túnel, su mano ya no buscó la mía con la misma confianza. Su agarre era firme, pero distante.

La duda no necesita certezas para crecer. Solo una grieta.

Y Beatriz acababa de abrir la primera.




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