La entrada del túnel de drenaje era una boca negra y hambrienta que exhalaba un aire gélido, impregnado de moho y salitre antiguo. Las paredes de piedra, construidas hace más de un siglo, lloraban una humedad constante que formaba charcos de agua estancada en el suelo irregular. Al entrar, la luz del sol se convirtió rápidamente en un recuerdo difuso, una mancha pálida que desapareció tras la primera curva del pasadizo.
Elias caminaba a mi lado, pero ya no se apoyaba en mí con la misma entrega de antes. Sentía su rigidez, una distancia invisible pero insalvable que se había instalado entre nuestros cuerpos en el momento en que Beatriz pronunció aquellas palabras.
—Está muy oscuro aquí dentro —dijo él. Su voz rebotó en las paredes de piedra, sonando extraña, metálica—. No veo absolutamente nada, Victoria.
Me detuve. Mi corazón latía con una fuerza sorda. La oscuridad del túnel lo envolvía todo, volviendo el aire más denso, más opresivo.
—Yo tampoco veo, Ward —respondí, forzando una calma que no sentía—. Para mí, este túnel no es distinto a cualquier otro lugar. Solo… más frío.
—Beatriz parecía muy segura —continuó él. Escuché sus pasos detenerse. Estaba cerca de mí, lo suficiente para sentir el calor irregular de su respiración—. Hablaba como si supiera algo… como si yo estuviera pasando por alto una pieza importante.
—Beatriz es una serpiente, Elias. Su único poder es envenenar lo que toca. Quiere que desconfíes de mí porque sabe que, si nos divide, Marcus ganará. ¿De verdad vas a creer a la mujer que ayudó a hundir a Julian Thorne antes que a la mujer que te ha sacado de esa casa arriesgando su vida?
Se produjo un silencio denso. Sentía su presencia frente a mí, inmóvil, como si estuviera intentando ordenar pensamientos que no terminaban de encajar.
—No sé qué creer —susurró—. Pero hay algo en usted… algo que no encaja con todo lo que contó Julian. No es como la describía.
—La fragilidad es un lujo que perdí el día que el fuego me quitó la vista y a mi padre —dije, dando un paso hacia adelante, deslizando el pie con cautela antes de apoyarlo—. Si quiere quedarse aquí a debatir las mentiras de Beatriz, hágalo. Pero Marcus está ahí fuera, y yo no pienso volver a esa jaula.
Empecé a avanzar despacio, con una prudencia deliberada, dejando que mis manos rozaran la pared húmeda en busca de apoyo. Cada paso era medido, contenido, obligándome a sostener una torpeza que ya formaba parte de mi papel tanto como de mi supervivencia.
De repente, Elias tropezó con una piedra suelta y soltó un quejido de dolor al caer sobre su brazo herido. El impacto resonó en el túnel como un golpe seco.
—¡Elias! —me giré, deteniéndome de inmediato.
Di un paso hacia él, pero reduje el ritmo, obligándome a avanzar con cautela, tanteando el suelo con el pie antes de cada movimiento.
—¿Dónde… dónde está? —preguntó él, con la voz rota.
—Aquí… estoy aquí —respondí, extendiendo las manos hacia adelante, guiándome por el sonido de su respiración agitada—. No se mueva… quédese quieto…
Tardé varios segundos en alcanzarlo. Cuando finalmente mis dedos encontraron su chaqueta, él me sujetó las muñecas con una fuerza desesperada.
—¿Por qué ha tardado tanto? —preguntó, tan cerca que podía sentir el temblor en su voz.
—No veo, Elias —repetí, dejando que la tensión y el miedo se filtraran en mis palabras—. Solo oigo que le duele… y no sé dónde está hasta que lo toco.
Él me soltó.
En la oscuridad del túnel, el silencio que siguió fue distinto. Más frío. Más definitivo. Más difícil de reparar.
—Sigamos —dijo al fin, conteniendo el dolor—. Tenemos que salir de aquí antes de que el aire se vuelva en contra nuestra.
Lo ayudé a levantarse. Avanzamos juntos por las entrañas de la tierra, con pasos desiguales, unidos por la necesidad más que por la confianza, mientras la oscuridad nos envolvía como una promesa incierta de salida.