La salida del túnel de drenaje no fue el alivio que esperábamos. Era una abertura estrecha, asfixiada por una cortina de hiedra y zarzas que habían crecido con la ferocidad de lo que no ha sido tocado en décadas. El aire que entraba desde el exterior ya no olía a la pureza del bosque, sino al asfalto recalentado por el sol de media mañana y al rastro metálico de una tormenta que se gestaba en el horizonte.
Elias se detuvo justo antes de salir a la luz. Su cuerpo era una sombra temblorosa que se apoyaba contra la pared de piedra húmeda. En la penumbra, su rostro parecía tallado en cera; la fiebre le había devuelto ese brillo insano a los ojos, y el brazo herido colgaba a su costado como un recuerdo inútil de nuestra huida.
—Escuche —susurró, y su mano, fría y húmeda, buscó mi hombro con una urgencia nueva.
Me quedé inmóvil, manteniendo la respiración contenida, dejando que el sonido del exterior llenara el silencio.
—¿Qué pasa? —pregunté, forzando a mi voz a mantener un tono de incertidumbre.
—Motores. No son los de Marcus. Es un camión pesado... quizás de suministros.
Tenía razón. A lo lejos, el rugido de un motor diésel vibraba en el asfalto. Era nuestra oportunidad. Si lográbamos detener ese vehículo, estaríamos lejos de la zona de influencia de Los Olmos antes de que Marcus reorganizara a sus hombres. Pero había un problema: estábamos en un terraplén elevado sobre la carretera. Para llegar abajo, había que descender por una ladera de tierra suelta y rocas afiladas.
—Tenemos que bajar —dije, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a sustituir al agotamiento—. Si ese camión pasa, no habrá otro en horas. Esta carretera apenas se usa desde que construyeron la autopista nueva.
—Victoria... es demasiado empinado. Ni siquiera en condiciones normales me atrevería a bajar esto corriendo. Usted no puede...
—No voy a bajar corriendo, Elias. Voy a bajar porque es la única forma de que Julian Thorne no vuelva a una tumba de cemento —lo interrumpí—. Agárrese a mi cintura. No me suelte, pase lo que pase. Confíe en lo que pueda oír… y en que no voy a dejar que caigamos.
Fue el descenso más aterrador de mi vida.
No por el riesgo de caer, sino por el riesgo de equivocarme en el papel. Cada paso tenía que ser más lento de lo que mi instinto pedía, más torpe de lo que mi cuerpo sabía ejecutar. Dejé que mis pies resbalaran ligeramente antes de afirmarse, que mis manos buscaran apoyo incluso cuando ya lo tenía localizado. Sentía a Elias detrás de mí, pegado a mi espalda, dependiendo de cada uno de mis movimientos.
En un momento dado, la tierra bajo Elias cedió. Soltó un grito ahogado y sentí cómo su peso me arrastraba hacia el vacío. El impulso fue inmediato. Bajé el brazo y busqué apoyo a ciegas, tanteando con desesperación hasta que mis dedos chocaron contra una rama gruesa. Me aferré a ella con toda la fuerza que tenía, mientras con la otra mano retenía a Elias.
Nos quedamos suspendidos, balanceándonos sobre el terraplén. El silencio fue absoluto, solo roto por el sonido de la grava cayendo hacia el asfalto, metros más abajo.
—¿Cómo… cómo ha encontrado eso? —la voz de Elias era un hilo de tensión, justo al lado de mi oreja—. No ha dudado…
El corazón me latía con violencia. La palma me ardía por el roce brusco contra la corteza, pero no solté.
—La busqué… —dije, respirando con dificultad—. No había nada más… tenía que haber algo… ¡suba la pierna, Elias! ¡No puedo sostenerlo mucho tiempo!
Él hizo un esfuerzo supremo y logró apoyarse mejor. Finalmente, conseguimos descender hasta la base del terraplén, cayendo sobre la hierba alta que bordeaba la carretera. Estábamos cubiertos de barro, sangre y polvo, pero estábamos abajo.
El camión apareció en la curva. Era un viejo Bedford de transporte de madera, cargado hasta los topes. Me puse en pie, con el vestido destrozado y la palma de la mano sangrando, y empecé a agitar los brazos con una desesperación real. El conductor, un hombre de rostro curtido y ojos cansados, frenó en seco, dejando una marca de neumáticos sobre el asfalto.
—¡Por Dios! ¿Qué ha pasado? —gritó el hombre, bajándose de la cabina.
—Un accidente... —logré decir, dejando que mi mirada permaneciera perdida—. Mi... mi hermano está herido. Por favor, llévenos a la ciudad. Le pagaremos lo que quiera.
Elias se acercó, arrastrando los pies. No dijo nada, pero sentí su atención sobre mí mientras buscaba la puerta de la cabina con movimientos deliberadamente imprecisos.
Subimos. El interior de la cabina olía a tabaco de liar y a grasa de motor. Elias se hundió en el asiento de cuero agrietado, cerrando los ojos. El conductor arrancó y el camión empezó a alejarse de Los Olmos, devorando kilómetros de asfalto gris.
Me quedé sentada en el medio, con el cuerpo rígido, sintiendo el calor del motor bajo mis pies y el peso de Elias contra mi costado derecho.
Sentí una mano sobre la mía. Era Elias. Sus dedos recorrieron la herida de mi palma con una lentitud extraña, casi analítica.
—Es una herida profunda —murmuró—. Tuvo que aferrarse con mucha fuerza.
No retiré la mano.
—La caída no era una opción —respondí en voz baja.
Hubo un silencio.
—Tiene más control del que aparenta —añadió él finalmente, sin dureza, pero sin inocencia.
No respondí, cerré los ojos, dejando que el movimiento del camión marcara el ritmo de mi respiración. Sabía que cada kilómetro que nos alejaba de Los Olmos nos acercaba también a algo inevitable. No a la verdad… todavía no. Pero sí a la sospecha.
Y eso, en manos de alguien como Elias Ward, podía ser igual de peligroso.