Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 34

La capital no era un refugio; era un asalto. Para mis oídos, el estruendo de los tranvías y el murmullo incesante de la multitud eran como una tormenta que no terminaba nunca. Pero para mis ojos, la ciudad era un despliegue obsceno de estímulos. Luces de neón parpadeantes, carteles publicitarios de colores chillones y miles de rostros que pasaban a nuestro lado como ráfagas de viento. Tuve que hacer un esfuerzo mental sobrehumano para mantener la mirada perdida. Mi cuello se tensaba por el deseo instintivo de girar la cabeza ante un claxon repentino o para evitar un charco de aceite en la acera. Cada paso que daba junto a Elias, apoyada en su brazo herido, era una actuación de cuerda floja.

—Está... demasiado alto —susurró Elias. Su voz era apenas un hilo de vida. El calor que emanaba de su cuerpo era alarmante, un incendio que consumía sus últimas fuerzas—. El ruido... no me deja pensar.

—Cierre los ojos, Ward —le pedí, mientras regulaba el ritmo de mis pasos para que parecieran inseguros—. Déjese llevar. Yo siento las vibraciones en el suelo. Sé por dónde caminar.

Mentira tras mentira. Entramos en la pensión “El Faro”. El vestíbulo olía a cera barata y a humedad estancada. El dueño, un hombre con la piel del color del pergamino, nos entregó una llave sin apenas mirarnos. Subimos las escaleras, y cada crujido de la madera bajo nuestros pies me obligaba a fingir un titubeo, una pausa para “asegurar” el paso, cuando en realidad ya había contado la distancia entre escalones y el punto exacto donde la madera cedía.

La habitación era pequeña, asfixiante. Una bombilla desnuda oscilaba desde el techo, proyectando sombras alargadas que se movían como fantasmas. Dejé a Elias en la cama. Sus ojos estaban turbios, la fiebre le estaba robando la lucidez, pero su desconfianza seguía allí, afilada como una navaja.

—Usted no se asusta, Victoria —dijo él, mientras yo recorría la habitación con pasos medidos, dejando que mis manos rozaran las superficies—. La ciudad... el ruido... no la hacen dudar. Se mueve como si ya hubiera estado aquí antes.

—El miedo suena igual en todas partes, Elias —respondí, dándole la espalda para que no pudiera estudiar mi rostro—. Y el espacio... el espacio es solo cuestión de pasos. Cuatro hasta la cama, tres hasta la puerta. Mi mundo es una cuadrícula de sonidos y distancias. No necesito ver para saber que esta habitación es una miseria.

Me acerqué a él con un trapo húmedo. Tenía que limpiar esa herida. Al deshacer el vendaje, el olor a infección me golpeó. El brazo estaba hinchado, de un color púrpura amenazador. Necesitaba ser precisa, pero no podía permitirme actuar como alguien que ve. Incliné la cabeza, dejando que mi cabello cayera sobre mi rostro, y trabajé guiándome por el tacto, memorizando cada irregularidad de la piel, cada latido inflamado bajo mis dedos.

Elias soltó un quejido agudo cuando el alcohol tocó la carne viva. Sus dedos se cerraron sobre mi muñeca con una fuerza sorprendente.

—¿Por qué me ayuda? —me preguntó, obligándome a alzar ligeramente el rostro, aunque mantuve la mirada perdida—. Podría haberme dejado en cualquier esquina. Podría haber pedido ayuda y Marcus la habría llevado de vuelta a su casa.

—Marcus no es mi salvador, Elias. Es mi carcelero. Y usted... —me detuve un segundo, dejando que el silencio cargara el peso de lo que no podía decir—. Usted es el único hilo que me queda con la verdad. Si usted muere, yo me quedaré en la oscuridad para siempre, sin nadie que me diga qué ocurrió realmente aquella noche.

Él me soltó, pero no apartó la atención de mí.

—A veces siento que me observa —dijo en voz baja—. No como lo haría alguien que no ve... sino como si supiera exactamente dónde estoy en cada momento.

—Es la atención, Ward —respondí sin vacilar—. Cuando pierdes un sentido, los otros ocupan su lugar. Siento su respiración, la forma en que cambia cuando se mueve, el calor de su cuerpo. Eso no es ver... es aprender a no perderse.

Elias se recostó, exhausto. La bombilla parpadeó y se apagó por un segundo antes de volver a encenderse con un zumbido. En ese breve instante de oscuridad, el silencio se volvió absoluto. Tragué saliva, obligándome a mantener cada parte de mi cuerpo inmóvil, contenida, fiel al papel que había sostenido durante diez años.

—Duerma —le susurré, pasando el trapo frío por su frente—. Mañana iremos al banco. Usaremos lo que nos dio Beatriz y terminaremos con esto.

—Si llego a mañana... —murmuró él, ya arrastrado por la fiebre.

Me quedé sentada en el suelo, junto a la cama, escuchando su respiración volverse irregular. A través de la ventana sucia de la pensión, la ciudad seguía rugiendo. Podía sentir el movimiento constante allá afuera, el flujo interminable de gente, vehículos y voces que nunca se detenían. Estábamos en el lugar perfecto para desaparecer... o para ser encontrados.

Mañana sería el día más difícil. Tendría que entrar en un banco, bajo la mirada de Elias y quizás de los hombres de Marcus, y moverme en un entorno lleno de reglas invisibles sin traicionarme a mí misma. Cada gesto, cada pausa, cada firma tendría que ser perfecta.

Apoyé la cabeza contra el borde de la cama, cerrando los ojos por un instante. No para ocultarme, sino para descansar del peso de sostener una mentira que ya empezaba a resquebrajarse.

Y aun así, no podía permitirme fallar.

Porque si él descubría la verdad ahora… no habría vuelta atrás.




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