El aire de la capital nos golpeó como un latigazo. El callejón de carga del banco estaba sumido en una penumbra grisácea, asfixiado por el humo de las chimeneas cercanas y el vapor que subía de las alcantarillas. Mis ojos, ahora libres de la máscara de la vacilación, registraron cada detalle con una claridad dolorosa: las manchas de óxido en las tuberías, el rastro de ratas entre los cubos de basura y, lo más preocupante, el reguero de sangre que Elias iba dejando tras de sí sobre los adoquines húmedos.
Él caminaba con una rigidez antinatural. No me miraba. Se negaba a apoyarse en mí, prefiriendo arrastrar su hombro contra la pared de ladrillo antes que aceptar mi contacto. Su orgullo era lo único que lo mantenía en pie, pero el orgullo no cura una sepsis.
—Tenemos que movernos —dije, escaneando el final del callejón. Veía el movimiento de la calle principal, a unos cincuenta metros—. Marcus habrá escuchado los disparos. Los guardias del banco no tardarán en dar la voz de alarma.
—¿A dónde, Victoria? —preguntó él, sin detenerse. Su voz sonaba hueca, como si hablara desde el fondo de una tumba—. ¿A qué otro escenario me vas a llevar para que siga representando mi papel de idiota?
—A un lugar seguro. Conozco un hostal de marineros cerca de los muelles. El dueño le debía favores a mi padre. Allí nadie hace preguntas y podremos tratarte ese brazo.
—No necesito tu lástima —gruñó, pero en ese mismo instante sus piernas fallaron.
Se desplomó de rodillas sobre el fango del callejón. El ruido de sus huesos golpeando el suelo me hizo estremecer. Esta vez no esperé a que me diera permiso. Me arrodillé a su lado y le sujeté la cara con ambas manos, obligándolo a mirarme. Sus pupilas estaban dilatadas por la fiebre, nadando en un mar de confusión.
—Escúchame bien, Elias —le dije, y mi mirada se clavó en la suya con una fijeza que lo hizo estremecer—. Puedes odiarme todo lo que quieras. Puedes pensar que soy un monstruo o una mentirosa, y quizás tengas razón. Pero no voy a dejar que mueras en un callejón sucio después de todo lo que hemos pasado. Si quieres matarme cuando estés sano, adelante, te daré el arma yo misma. Pero ahora, vas a levantarte y vas a confiar en mí aunque no quieras, porque los tuyos ya no ven ni el final de este camino.
Él me sostuvo la mirada durante unos segundos que parecieron siglos. Vi la lucha en sus ojos: el deseo de apartarme de un manotazo, la rabia que todavía le quemaba por dentro y, por debajo de todo eso, la evidencia brutal de su propio cuerpo fallando, traicionándolo con cada latido. Su respiración se quebró en un jadeo áspero, y por un instante creí que volvería a rechazarme, que preferiría arrastrarse solo antes que ceder un centímetro. Pero entonces sus párpados temblaron, como si el peso de todo lo que ya no podía sostener le cayera encima de golpe.
—Llevame a donde quieras —susurró al fin—. Total, ya no sé qué es real y qué es parte de tu decorado.
Lo ayudé a levantarse. Su peso era casi insoportable, pero mi determinación era más fuerte. Salimos del callejón y nos mezclamos con la multitud de la zona portuaria. Era el lugar perfecto para desaparecer: un hervidero de marineros, estibadores y buscavidas donde dos personas heridas eran solo parte del paisaje de la miseria urbana.
Caminamos durante un largo trayecto. Mis ojos no descansaban. Veía a los policías en las esquinas y los evitaba callejeando por pasajes estrechos que olían a brea y salitre. Cada vez que pasábamos frente a un escaparate, veía nuestro reflejo: una mujer de ojos afilados y un hombre que parecía un espectro. La imagen me perseguía. Esa era la verdad de lo que éramos ahora.
Finalmente, llegamos al "Ancla de Hierro", una construcción de madera podrida que parecía sostenerse solo por la mugre acumulada en sus vigas. El dueño, un viejo llamado Silas con una pierna de palo y una cicatriz que le cruzaba la mejilla, nos recibió con un gruñido.
—Victoria... —dijo, abriendo mucho los ojos—. Pensé que estabas...
—Ciega y encerrada. Lo sé, Silas. Necesito una habitación arriba. La más apartada. Y necesito agua caliente, vendas y alcohol puro. Mucho alcohol.
Silas miró a Elias, luego a mí, y asintió sin decir una palabra. Nos entregó una llave de latón y subimos por una escalera que crujía como si fuera a colapsar en cualquier momento.
La habitación era un cuchitril, pero tenía una cama firme y una ventana que daba a los muelles, permitiéndome vigilar la única entrada. Dejé a Elias sobre el colchón. Estaba ardiendo. La infección había subido por su brazo, trazando líneas rojas que ya alcanzaban el hombro.
—Voy a tener que abrir la herida, Elias —le dije, quitándome la chaqueta y arremangándome las mangas del vestido. Mi tono era profesional, gélido, el único que podía mantener para no derrumbarme—. Hay pus atrapado y el tejido se está muriendo. Si no lo saco ahora, perderás el brazo antes del amanecer.
Él no respondió. Estaba en ese limbo donde el dolor se vuelve abstracto. Silas trajo los suministros y se retiró. Me quedé sola con él, bajo la luz mortecina de una lámpara de aceite.
Tomé el cuchillo que Julian siempre llevaba consigo. Lo pasé por la llama de la lámpara hasta que el metal se puso al rojo vivo. Mis manos no temblaban. Ya no podían permitirse ese lujo. Miré su brazo, seleccionando el lugar exacto para el corte.
—Esto va a doler más que los disparos del banco —le advertí.
—Hazlo —dijo él, abriendo los ojos un segundo—. Al fin y al cabo, ya estás acostumbrada a cortar pedazos de mí sin avisar.
El comentario me dolió más que si me hubiera abofeteado, pero no me detuve. Presioné la punta del cuchillo contra su piel. El olor a carne quemada y el grito ahogado de Elias llenaron la pequeña habitación. Trabajé con una precisión despiadada, limpiando la infección, extrayendo todo rastro de la herida que amenazaba con devorarlo desde dentro.
En ese momento, mientras mis ojos seguían cada detalle de su anatomía herida, me di cuenta de que mi secreto me había salvado la vida, pero me había condenado a la soledad absoluta. Estaba curando al hombre que amaba, pero cada movimiento de mis manos era un recordatorio para él de que yo era capaz de cualquier cosa. Incluyendo engañarlo a él.