El amanecer en el puerto no trajo luz, sino una neblina grisácea que se filtraba por las rendijas de la ventana del "Ancla de Hierro", cubriéndolo todo con una pátina de humedad salitrosa, mientras el sonido de las sirenas de los barcos mercantes y el grito de las gaviotas componían una sinfonía de desolación que encajaba con el silencio espeso que dominaba la habitación.
Julian —ya no podía llamarlo Elias ni siquiera en mi mente— estaba despierto, y lo supe antes de que se moviera, porque su respiración había cambiado: ya no era el jadeo irregular de la fiebre, sino un ritmo contenido, tenso, la respiración de un hombre que permanece alerta incluso cuando su cuerpo apenas responde. Estaba sentado en el borde de la cama, con el brazo herido rígidamente vendado y apoyado sobre su regazo, y su rostro, limpio de sudor pero marcado por una palidez cadavérica, se orientaba hacia la ventana como si pudiera descifrar el mundo a través del sonido del puerto.
Me mantuve en la silla, con el cuaderno de mi padre cerrado sobre mis piernas. No fingí dormir. No fingí ceguera. Lo miré, dejando que el peso de mi mirada terminara por obligarlo a girarse.
—¿Cómo se siente? —pregunté, y mi voz sonó distinta en ese espacio, más firme, con una dureza que ya no tenía sentido ocultar.
Él giró la cabeza con una lentitud deliberada, y sus ojos, claros y afilados, me recorrieron sin prisa, deteniéndose en mis pupilas como si buscaran confirmar, una vez más, la ausencia total de ese velo que durante años había dado por real.
—Me siento como un hombre que ha estado durmiendo con un fantasma —respondió, con un tono áspero—. Dime, Victoria... ¿alguna vez te cansaste de la función? ¿Hubo algún momento, en estos diez años, en que te olvidaste de que estabas actuando?
—Nunca —sostuve—, porque no puedes permitirte el olvido cuando el director de la obra es Marcus Sterling; si hubiera fallado una sola vez, si hubiera mirado donde no debía, no estaría aquí.
Julian dejó escapar una risa breve, seca, que se quebró en una mueca de dolor cuando su cuerpo le recordó el estado en el que se encontraba.
—Es fascinante —murmuró—, la disciplina necesaria para pasar una década sin mirar a los ojos a nadie, para dejar que te guíen, que te hablen, que crean que pueden tocarte sin que percibas nada, mientras en realidad ves cada gesto, cada intención. Te creía una víctima de las llamas, pero eres algo mucho más elaborado... eres la consecuencia perfecta.
—No soy una creación de Marcus —repliqué, levantándome y caminando hacia la ventana con una seguridad que tensó su postura—. Soy el resultado de lo que hizo, y tú también lo eres, aunque te niegues a admitirlo.
Se estremeció al escuchar su nombre verdadero en mi voz, y aunque no me miró de inmediato, vi cómo su mano se cerraba con fuerza sobre la tela de la cama.
—No me llames así —dijo en un tono bajo—. Ese nombre murió en el incendio. Lo que queda ahora no necesita ser salvado.
—Nadie aquí está buscando salvación —respondí—. Estamos buscando terminar esto.
Julian se puso de pie con esfuerzo, avanzando hasta quedar frente a mí, tambaleante pero firme en su decisión de no retroceder, y aun así no me moví, sosteniendo la distancia mínima entre ambos.
—Yo no estoy aquí por lo mismo que tú —dijo—. Yo estoy aquí porque alguien firmó un papel que me condenó.
El aire se tensó.
—¿Recuerdas ese documento? —continuó—. La declaración donde afirmabas que me viste con el bidón de gasolina.
—Ya te lo expliqué —respondí, sintiendo cómo la presión crecía—. Marcus guió mi mano. Yo no...
—Pero veías —me interrumpió, con una violencia contenida que resultaba más peligrosa que un grito—. Esa es la diferencia, Victoria. No estabas a oscuras. Veías el papel, veías la pluma, veías todo, y aun así firmaste.
El silencio que siguió fue denso, casi insoportable, porque no había una respuesta que pudiera borrar lo que él acababa de decir.
—Tenía miedo —admití finalmente, y esta vez no hubo control en mi voz—. Tenía dieciocho años, había perdido a mi padre, y Marcus me hizo creer que tú eras el peligro. Para cuando entendí la verdad, ya era demasiado tarde, y lo único que me quedó fue sobrevivir.
Julian me soltó como si el contacto mismo le resultara insoportable y se apartó hacia la zona más oscura de la habitación.
—Todos somos monstruos en esta historia —dijo—, la diferencia es dónde llevamos las cicatrices.
No respondí de inmediato. En lugar de eso, dejé el cuaderno de mi padre sobre la mesa.
—Habla de un lugar —dije, obligando la conversación hacia lo único que podía sostenernos—. "La Atalaya". Allí guardó lo que Marcus no pudo destruir.
Julian se giró lentamente, y por un instante algo en su expresión cambió.
—Recuerdo ese nombre —murmuró—, pero nunca supe dónde estaba.
—Yo sí —respondí—. Me hizo memorizar el camino cuando era niña.
El silencio entre nosotros no desapareció, pero cambió de forma, transformándose en algo más funcional, más peligroso.
—No confío en ti —dijo finalmente.
—Ni yo en ti —respondí—, pero eso no cambia lo que tenemos que hacer.
Salimos de la habitación bajo la llovizna fina del puerto, descendiendo por la escalera desgastada sin buscarnos, sin tocarnos, como si cualquier contacto fuera ahora una concesión que ninguno estaba dispuesto a dar, y al llegar al vestíbulo, mientras Julian avanzaba sin notar nada extraño, mis ojos captaron un destello metálico detrás de la barra: un hombre que no pertenecía a ese lugar, inmóvil, con un auricular oculto y el arma parcialmente cubierta, esperando el momento exacto.
Marcus no nos había seguido, nos había esperado, y Julian no lo vio —su estado todavía lo mantenía vulnerable—, pero yo sí, vi el cañón asomando, el dedo tensándose en el gatillo y la línea invisible que separaba ese instante del siguiente, comprendiendo en ese mismo segundo que para él la verdad ya había sido revelada, pero para el resto del mundo, Victoria Olmos todavía tenía que ser la mujer que no veía la bala que venía directa hacia su corazón.