Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 39

Su objetivo era el pecho de Julian. Él no lo veía; sus oídos, embotados por la fiebre residual, no captaron el ligero roce del acero contra la madera.

En ese instante, mi mente procesó la jugada. Si sacaba mi arma y disparaba con la precisión de quien ve perfectamente, los hombres de Marcus informarían que la heredera nunca estuvo ciega. Mi mayor ventaja estratégica moriría en este vestíbulo mugriento. Pero si no hacía nada, Julian moriría ahí mismo, frente a mí.

Elegí la sangre. Y elegí que Elias viera cómo la derramaba por él.

—¡Elias! —grité, pero no fue un grito de desorientación, sino una orden.

Me lancé hacia él. No busqué sus manos; busqué el espacio entre su pecho y el cañón del asesino. Me interpuse con una frialdad matemática, girando el cuerpo para que el impacto no fuera letal, pero sí lo suficientemente real para convencer a los testigos de mi vulnerabilidad. Mis ojos se clavaron en los de Elias un milisegundo antes del estruendo. Él vio la lucidez en mis pupilas. Vio que yo sabía exactamente lo que estaba haciendo.

El disparo tronó, un rugido seco que olió a pólvora y a final.

El impacto fue un golpe de mazo al rojo vivo en mi hombro izquierdo. La fuerza me lanzó hacia atrás y caí sobre los adoquines fríos. El dolor fue una explosión blanca que me vació los pulmones, pero me obligué a mantener los ojos abiertos, fijos en Elias mientras me derrumbaba.

Él reaccionó con la ferocidad de un animal herido. Rodó por el suelo, desenfundó y vació tres balas en la cabeza del sicario antes de que el hombre pudiera celebrar su puntería. El silencio que siguió fue denso, roto solo por el humo de los disparos y el siseo de la lluvia en la calle.

Elias se arrastró hacia mí. No había duda en su rostro, solo un pavor salvaje. Me tomó en sus brazos, presionando mi herida con una mano que temblaba de rabia.

—¿Por qué? —rugió, y esta vez no era una pregunta sobre mi ceguera, sino sobre mi cordura—. Podrías haberlo matado tú. Podrías haberte agachado. ¿Por qué has dejado que te diera, Victoria?

Le sostuve la mirada. Ya no había velos. Mis pupilas se contrajeron por el dolor, pero no se desviaron de las suyas.

—Porque ellos están mirando, Elias —susurré, y un hilo de sangre asomó por la comisura de mi boca—. Si Marcus cree que recupero la vista ahora, nos cazará con todo lo que tiene antes de llegar al norte. Déjales creer que sigo siendo su muñeca rota. Déjales creer que me has salvado tú.

Elias apretó los dientes, su rostro a centímetros del mío. Vi el odio luchando contra una admiración oscura y retorcida. Le aterraba que yo fuera capaz de calcular mi propio dolor con tanta precisión.

—Eres un demonio —susurró él, pero sus manos me sujetaron con una posesividad violenta—. Estás usando tu propia sangre para tenerme en deuda contigo.

—Funciona, ¿no? —respondí con una sonrisa amarga que terminó en un gemido de agonía cuando intentó levantarme.

Silas apareció con su escopeta, señalando hacia la calle.

—Vienen más, Ward. Dos coches negros. Si no salen ahora, este sitio será vuestra tumba.

Elias me cargó en vilo. Esta vez no hubo delicadeza, sino una urgencia desesperada. Salimos por la puerta trasera, cruzando los almacenes de sal del puerto bajo una cortina de lluvia gris. Cada paso de Elias era un martirio para mi hombro, pero me aferré a su cuello, sintiendo el latido errático de su corazón contra mi palma.

Llegamos al Leticia, el barco de carga oxidado que Silas nos había prometido. Elias subió la pasarela de madera crujiente, ignorando las órdenes del capitán hasta que le puso el revólver en la base del cráneo y le arrojó la bolsa de joyas.

—Navega —ordenó Elias con una voz que parecía venir de ultratumba—. Y si alguien nos sigue, prepárate para ver cómo hundo este barco contigo dentro.

Nos encerraron en un camarote minúsculo en las entrañas de la nave. El calor del motor era sofocante, el aire olía a gasoil y a herida abierta. Elias me dejó sobre la litera y, sin decir una palabra, rasgó la tela de mi vestido. Sus manos estaban manchadas de mi sangre.

Se detuvo un momento, observando la entrada de la bala en mi hombro. Luego levantó la vista hacia mis ojos, no buscando ya confirmar nada, sino intentando comprender lo que tenía delante.

—No vuelvas a hacer algo así —dijo, y su voz vibró con una amenaza que era casi una caricia—. No vuelvas a usar tu cuerpo como un escudo para tus mentiras. Si mueres, Victoria, no habrá nadie que me mire como tú lo haces. Y no sé si odio más tu mirada o la posibilidad de perderla.

—Me odias porque te recuerdo que no eres el único que sabe jugar a este juego —respondí, sintiendo cómo la fiebre empezaba a reclamar mi conciencia—. Pero ahora, Elias... ahora estamos en el mismo bando de la oscuridad.

Él no contestó. Empezó a limpiar la herida con un trapo empapado en alcohol, y esta vez, cuando grité de dolor, no fue una actuación. Fue el grito de una mujer que lo veía todo, especialmente el abismo que se abría entre ella y el hombre que, incluso en su furia, no podía dejar de tocarla.

El barco se adentró en la niebla del norte. Estábamos solos, heridos y rodeados de verdades que quemaban más que el fuego de Los Olmos.




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