El motor del Leticia era un latido sordo y constante que retumbaba en mis huesos, una percusión metálica que acompañaba el ritmo errático de mi propio corazón. El camarote olía a gasoil, a salitre y a la fragancia ferrosa de la sangre que empapaba las vendas de mi hombro. La luz de la bombilla desnuda oscilaba con el balanceo del barco, proyectando sombras que bailaban en las paredes de hierro como verdugos esperando su turno.
Elias estaba sentado frente a mí, en un taburete anclado al suelo. No se había quitado la camisa manchada ni había limpiado sus propias heridas. Me observaba con una fijeza depredadora, con los ojos inyectados en sangre. Tenía el revólver sobre sus muslos, pero su verdadera arma era esa mirada de desprecio que intentaba, inútilmente, mantenerme a distancia.
—Deja de mirarme así —susurré. Mi voz era un rasguño en el silencio de la máquina—. Ya tienes lo que querías. Ya no hay vendas en mis ojos, ni secretos entre nosotros sobre lo que puedo ver.
—Lo que tengo es una mujer que se dejó disparar para sostener una mentira —respondió él, y su voz vibró con una furia contenida—. ¿Crees que ese agujero en tu hombro te hace inocente, Victoria? ¿Crees que sangrar borra los diez años que alguien pagó por lo que tú hiciste?
La fiebre empezó a subir, envolviéndome en una neblina cálida que distorsionaba la realidad. El dolor del hombro se transformó en una pulsación rítmica, una llama que se extendía hacia mi cuello. Miré a Elias, pero mis ojos, traicioneros por la debilidad y aguzados por una década de observación obsesiva, traspasaron su disfraz.
Me incorporé un poco, ignorando el grito de protesta de mis nervios. Lo miré como nunca antes me había atrevido: con la autoridad de quien conoce cada cicatriz del alma ajena.
—¿Crees que eres el único que sabe esconderse, Elias? —dije, y mi voz cobró una fuerza gélida—. Te he observado cada segundo desde que pusiste un pie en Los Olmos. He visto cómo aprietas la mandíbula cuando bebes café, exactamente igual a como lo hacías a los diecisiete años. He visto la forma en que tu mano busca la cicatriz oculta bajo tu puño izquierdo cuando crees que nadie mira.
Él se quedó inmóvil, como si le hubiera puesto una hoja de acero en la garganta. Su respiración se detuvo.
—Sé que Marcus te envió para vigilarme, pero Marcus es un idiota —continué, acercándome a él a pesar de que el mundo giraba—. Él cree que eres solo un perro de presa. Pero yo reconozco el rastro de la pólvora y el olor de la nostalgia. Sé quién eres bajo esa piel curtida y ese nombre falso.
—Cállate, Victoria —susurró él, y el pánico empezó a asomar en los bordes de su rabia.
—No me voy a callar. Te he amado en un silencio que casi me mata, observando cómo te convertías en este monstruo sin poder decirte que te reconocía —alargué mi mano sana y, antes de que pudiera apartarse, le acaricié la mejilla con una suavidad que dolió más que un golpe—. Hola, Julian.
El nombre cayó entre nosotros como una granada.
Él se puso en pie de un salto, volcando el taburete. El ruido metálico resonó en las paredes de hierro. Se abalanzó sobre la litera y me agarró por las muñecas, clavándome contra el colchón. Sus manos eran grilletes de fuego. Su rostro, a milímetros del mío, estaba desfigurado por una mezcla de odio, terror y un deseo reprimido durante una década.
—¡No vuelvas a decir ese nombre! —rugió—. ¡Julian Thorne murió en el incendio! ¡Murió cuando la mujer que amaba firmó su sentencia de muerte!
—Julian no murió —le respondí, sosteniéndole la mirada, mis pupilas fijas en las suyas, devorando su dolor—. Estás aquí. Has vuelto por mí, aunque te digas a ti mismo que es por venganza. Me has cuidado, me has salvado y te has desangrado a mi lado. ¿Vas a seguir fingiendo que eres Elias cuando tus propios ojos te traicionan cada vez que me tocas?
—¡Te odio! —escupió él, pero sus labios estaban tan cerca de los míos que el aire que compartíamos era uno solo—. Te odio por haberme reconocido y no haberme gritado la verdad el primer día. Te odio por haberme dejado tocarte sabiendo quién era, burlándote de mi ignorancia.
—No me burlaba, Julian... te estaba recuperando —susurré, y la fiebre me dio el valor que la cordura me quitaba—. Cada vez que me guiabas de la mano, sentía que el tiempo volvía atrás. Me dejé usar por ti solo para volver a sentir tu piel. Si eso me hace un monstruo, entonces somos iguales.
Él soltó un gruñido, una mezcla de sollozo y rabia, y hundió su rostro en el hueco de mi cuello. No era un abrazo; era la rendición de un hombre vencido por la evidencia de su propia identidad. Sus dedos se enterraron en mi cabello, tirando de él con una fuerza que me obligó a arquear el cuello.
—Si eres un monstruo, eres mi monstruo —dijo contra mi piel, y su voz ya no era la de Elias, sino la de un hombre roto que finalmente caía al abismo—. Pero no esperes perdón, Victoria. No esperes que este nombre que has resucitado te traiga la paz. Porque Julian Thorne ha vuelto del infierno solo para asegurarse de que tú también ardas en él.
Se apartó de mí con una violencia repentina y salió del camarote, cerrando la puerta con un estruendo que pareció sellar el fin de nuestra humanidad.
Me quedé sola en la penumbra, con el hombro sangrando y el alma en jirones. Había recuperado su nombre, pero había perdido su piedad. El barco seguía navegando hacia el norte, hacia "La Atalaya", y yo sabía que lo que nos esperaba allí no era una reconciliación, sino el incendio final de nuestras almas.