El Leticia cortaba las aguas negras del norte con una eficiencia mecánica, ajena al drama que se desarrollaba en su interior. En el camarote, el aire se había vuelto irrespirable. La revelación de Victoria —haberle arrancado la máscara a Julian usando su vista recuperada— había dejado un vacío cargado de electricidad estática.
Victoria yacía en la litera, su rostro una máscara de porcelana agrietada por el dolor. El hombro le ardía, pero su mente estaba extrañamente lúcida, anclada en la mirada de Julian antes de que él saliera de la habitación.
La puerta se abrió de nuevo. Julian entró cargando una palangana con agua helada y unos trapos limpios. Su rostro era una superficie de granito, despojada de cualquier rastro del Elias que ella había conocido.
—Si el fuego se negó a quemarte, Victoria —dijo él, arrodillándose junto a la litera con una brusquedad que hizo que el agua salpicara el suelo—, fue solo para que yo pudiera terminar el trabajo.
—No mientas, Julian —respondió ella, forzando la vista para encontrar la suya en la penumbra—. Me has curado. Me has traído hasta aquí. Podrías haberme dejado en el puerto, desangrándome ante los hombres de Marcus, y haberte ido solo a buscar tu venganza. Pero no lo hiciste.
Julian detuvo su mano a milímetros de la herida. Su mandíbula se tensó tanto que los tendones de su cuello parecieron cuerdas de violín a punto de romperse.
—No te confundas. Te necesito viva porque eres la única que sabe dónde está La Atalaya. Eres un mapa de carne y hueso, nada más.
—Un mapa que te mira —susurró ella y, con un esfuerzo que le hizo ver estrellas, alargó su mano sana y rozó la cicatriz que Julian tenía en el pómulo, la que el fuego le regaló hace diez años—. Un mapa que recuerda el sabor de tus labios antes de que supieras lo que era el odio.
Julian agarró su muñeca con una fuerza que estuvo a punto de quebrar el hueso. La atrajo hacia él, obligándola a incorporarse a pesar del dolor del hombro. Sus rostros quedaron tan cerca que sus alientos se mezclaron en un suspiro compartido de rabia y deseo.
—Esa mujer murió, Victoria —siseó él—. La Victoria que yo amaba era ciega de verdad. No veía la maldad del mundo, o al menos eso creía yo. Pero esta... esta mujer que lo observa todo, que calcula su propia sangre para manipularme... me da asco.
—Entonces, ¿por qué me sujetas como si fuera lo único que te impide caer al océano? —lo desafió ella, sus pupilas dilatadas, devorando la imagen del hombre que se negaba a aceptarla.
El silencio fue interrumpido por el estruendo de una ola golpeando el casco del barco. Julian no respondió con palabras. En un arranque de posesividad violenta, hundió su rostro en el cuello de Victoria, aspirando el aroma a antiséptico y piel febril. Sus labios rozaron la piel sensible justo debajo de su oreja y, por un segundo, la guerra entre ellos se transformó en algo mucho más antiguo y peligroso.
—Porque el fuego se negó a quemarte —murmuró él contra su piel, y su voz era una promesa de destrucción—, pero yo no voy a tener esa piedad. Cuando lleguemos a La Atalaya y tenga lo que busco, te dejaré allí, sola en la nieve, con esos ojos que tanto te gusta usar. Veremos si el mundo sigue siendo tan interesante cuando no tengas a nadie a quien engañar.
—Si me dejas allí —respondió Victoria, cerrando los ojos mientras sentía el calor del cuerpo de Julian contra el suyo—, será lo último que veas. Porque nunca dejaré de observarte, Julian. Ni en esta vida, ni en la que el fuego nos robó.
Él se apartó de ella bruscamente, dejándola caer sobre la litera. Tomó el trapo empapado en agua fría y lo presionó sobre su frente con una agresividad que ocultaba un temblor en sus dedos.
El barco seguía su rumbo. Afuera, la niebla se espesaba. Estaban llegando al territorio de La Atalaya, donde los secretos de los Olmos finalmente saldrían a la luz y donde el sobreviviente más fuerte decidiría quién de los dos merecía, finalmente, ser consumido por las llamas del pasado.