Leticia no atracó en un muelle; se detuvo a cincuenta metros de una orilla de rocas negras y afiladas que emergían del agua como colmillos de un animal prehistórico. El capitán, un hombre cuyo silencio valía cada joya que le habíamos entregado, bajó un bote de remos al mar embravecido. El aire del norte no solo era frío; era una presencia física, una hoja de afeitar que cortaba la piel y congelaba el aliento antes de que pudiera salir de los pulmones.
Julian me bajó al bote. No hubo delicadeza, pero sus manos se aseguraron de que mi hombro herido no chocara contra el borde de madera. Él tomó los remos. Cada movimiento de sus brazos hacía que sus músculos se tensaran bajo la camisa empapada, una danza de fuerza bruta contra la corriente.
—Si nos hundimos aquí, nadie encontrará tus restos, Victoria —dijo, su voz compitiendo con el rugido del oleaje—. El mar del norte no devuelve lo que se lleva.
—El fuego tampoco lo hacía, y aquí estamos —respondí, apretando los dientes para que no castañetearan.
Llegamos a la orilla. Julian saltó al agua helada, que le llegaba a la cintura, y arrastró el bote hasta la arena volcánica. Luego se acercó a mí. La nieve empezaba a caer, copos pesados y lentos que se enredaban en mis pestañas.
—No puedes caminar —sentenció él, observando mi palidez.
—Puedo intentarlo.
—No es una pregunta. Es una orden.
Me levantó en vilo, acomodándome contra su pecho. Su calor corporal era lo único que me mantenía anclada a la realidad mientras la fiebre y el frío luchaban por el control de mis nervios. Enterré el rostro en el hueco de su cuello, sintiendo el latido violento de su carótida. Estábamos en el límite de todo: de la ley, de la cordura y de nuestra propia resistencia.
Subimos por un sendero escarpado, flanqueado por pinos centenarios cuyas ramas crujían bajo el peso del hielo. El silencio del bosque era absoluto, roto solo por la respiración pesada de Julian y el crujir de sus botas sobre la escarcha.
—Faltan dos kilómetros —susurré, reconociendo la silueta de un risco que mi padre me había descrito en sus historias de infancia—. Detrás de esa formación de piedra... está la entrada a la finca.
Julian no respondió. Su fuerza empezaba a flaquear; su propia herida en el brazo, mal curada y exigida al máximo, estaba supurando a través de la tela. Pero no se detuvo. Había algo demente en su determinación, una obsesión que iba más allá de la venganza. Era como si, al llegar a La Atalaya, creyera que podría recuperar la parte de su alma que el fuego se había llevado.
De repente, Julian se detuvo en seco. Se agachó, conmigo aún en sus brazos, ocultándose tras el tronco podrido de un cedro caído.
—¿Qué pasa? —pregunté, forzando mis ojos a enfocar a través de la tormenta blanca.
—Luces —siseó él—. Cerca de la entrada de la casa.
Agucé la vista. A unos quinientos metros, donde el bosque se abría para revelar la imponente y decadente estructura de La Atalaya —una construcción de piedra gris y techos de pizarra que parecía una extensión natural del acantilado—, vi el resplandor de las linternas. Dos vehículos negros estaban estacionados frente a la puerta principal.
—Marcus... —el nombre salió de mis labios como una maldición.
—No puede ser él —dijo Julian, su mano buscando instintivamente el revólver—. No ha tenido tiempo. Alguien lo ha avisado desde el puerto. O alguien ha estado vigilando este lugar durante años.
—Julian, si entran y encuentran los libros contables antes que nosotros...
—No lo harán.
Me dejó con cuidado sobre el suelo cubierto de nieve, apoyada contra el tronco. Se quitó su chaqueta de cuero, todavía tibia por su cuerpo, y me envolvió con ella. El gesto fue tan íntimo, tan protector, que por un momento el odio que nos rodeaba pareció evaporarse.
—Quédate aquí. No hagas ruido. Si ves que no vuelvo en diez minutos, arrástrate hacia el acantilado y busca el cobertizo de botes que mencionó tu padre. No dejes que te encuentren, Victoria. Prefiero verte muerta en el mar que de vuelta en las manos de ese hombre.
Me agarró la nuca con su mano sana, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran dos pozos de tormenta.
—Si muero hoy —susurró—, quiero que lo último que veas sea a un hombre que no se arrepiente de nada de lo que te hizo. Porque cada cicatriz valió la pena solo por volver a tenerte así de cerca.
Antes de que pudiera responder, se fundió con la oscuridad y la nieve, avanzando hacia la casa como un espectro que regresa a su hogar.
Me quedé allí, tiritando, con el sabor de su despedida en los labios y el peso de su chaqueta sobre mis hombros. Por primera vez en diez años, el fuego no era el enemigo. El enemigo era el silencio que me rodeaba y la posibilidad de que lo que el fuego se negó a quemar terminara siendo devorado por el hielo de La Atalaya.