Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 43

El frío era un animal hambriento que me mordía los huesos, pero el miedo era algo mucho más antiguo. Me quedé allí, contando los segundos, sintiendo cómo la nieve cubría la chaqueta de Julian y cómo el viento se colaba entre las ramas, silbando como una advertencia que no terminaba de tomar forma. Uno, dos, diez minutos. Mi respiración empezó a volverse irregular, demasiado rápida en el aire helado, demasiado ruidosa en un entorno que parecía contenerse a sí mismo.

Entonces llegó.

Un grito seco, ahogado, seguido del sonido sordo de un cuerpo golpeando la madera podrida de la entrada. El eco se deshizo entre los árboles como si nunca hubiera existido.

Julian no había vuelto.

Me obligué a ponerme en pie. El dolor de mi hombro era una punzada eléctrica que me nublaba la vista, pero no podía permitirme el desmayo. Si Julian estaba en manos de Marcus, la farsa de mi ceguera era la única arma que nos quedaba.

Miré la chaqueta. Oscura, pesada, todavía tibia por su cuerpo, marcada por su olor. Durante un segundo, mis dedos se aferraron a la tela como si soltarla significara perder el último rastro de él que me quedaba. Si entraba con ella, Vidal entendería demasiado rápido que no era una rehén, que no había distancia entre nosotros. No podía permitirme ese error. No ahora.

Me la quité con un movimiento torpe por el dolor y la doblé lo mejor que pude, presionándola contra el tronco húmedo del cedro caído, ocultándola entre la nieve y las sombras. Cuando retiré la mano, el frío me golpeó de lleno, pero la decisión ya estaba tomada.

Me quedé solo con mi vestido roto, manchado de sangre y nieve, la imagen perfecta de la víctima desamparada.

Caminé hacia La Atalaya con los brazos extendidos, dejando que mis pies tropezaran con las raíces, forzando a mis pupilas a mirar al vacío mientras mis oídos rastreaban cada crujido.

—¿Elias? —grité, y mi voz se quebró de forma genuina por el viento gélido—. ¡Elias, por favor! ¡No veo nada! ¡Me estoy congelando!

Llegué al porche de piedra. La puerta principal estaba abierta de par en par, dejando salir un hilo de luz amarillenta y el olor a tabaco caro que yo reconocería en el infierno. Un hombre alto, con un abrigo de lana oscuro que le daba el aspecto de un cuervo, salió al encuentro. No era Marcus. Era Vidal, su jefe de seguridad, el hombre que me había "cuidado" en Los Olmos con ojos lascivos mientras yo fingía no notar su presencia.

—Vaya, vaya... pero si es la pequeña heredera —dijo Vidal, y sentí su mano enguantada cerrarse sobre mi brazo herido con una fuerza innecesaria.

Ahogué un grito de dolor, dejando que mis rodillas flaquearan.

—¿Vidal? ¿Eres tú? —balbuceé, dejando que mis ojos vagaran erráticamente por su rostro sin enfocarlo—. Oh, gracias a Dios... ese hombre, Elias... me trajo a la fuerza... me dispararon... por favor, sácame de aquí.

Vidal soltó una carcajada ronca que me hizo revolver el estómago. Me arrastró hacia el interior de la mansión. El vestíbulo de La Atalaya era una oda a la decadencia: muebles cubiertos con sábanas blancas que parecían fantasmas, moho en las paredes y un aire rancio que hablaba de secretos enterrados durante décadas.

En el centro del salón, atado a una silla de roble macizo, estaba Julian.

Tenía el rostro cubierto de sangre nueva. Un corte profundo en la ceja le cegaba un ojo, y su camisa estaba desgarrada, revelando la quemadura del incendio en todo su horror. Al verme entrar, sus ojos —el que aún podía abrir— se clavaron en los míos con una furia desesperada.

—¡Victoria! —rugió él, pero uno de los hombres de Vidal lo golpeó en el estómago con la culata de un rifle.

—Cierra la boca, sicario —siseó Vidal. Luego se volvió hacia mí, acercando su rostro al mío hasta que pude sentir su aliento fétido—. Dice que te ha secuestrado, Victoria. Dice que te ha traído aquí para pedir un rescate a Don Marcus. Pero Marcus está muy disgustado. Cree que tú has tenido algo que ver con esta fuga.

—Yo no... yo no sé nada —lloré, dejando que las lágrimas corrieran libres—. Él me sacó de la cama... me obligó a correr... dijo que en este lugar había algo mío. Por favor, llévame con Marcus. Él me protegerá.

Julian soltó una carcajada sangrienta desde su silla.

—¡Mírala, Vidal! —gritó, y supe que estaba jugando su parte para intentar que me descartaran como una amenaza—. ¡Mírala llorar como la muñeca inútil que es! Marcus pierde el tiempo con ella. Deberías haberme dejado matarla en el acantilado. No sirve para nada más que para ocupar espacio en una tumba.

Vidal me soltó bruscamente y caminó hacia Julian. Le agarró del pelo y le echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta.

—Don Marcus llegará al amanecer —dijo Vidal—. Hasta entonces, tenemos tiempo para que nos cuentes qué buscabas exactamente aquí. Porque no viniste por la chica, ¿verdad? Viniste por lo que el viejo Olmos escondió.

Me quedé de pie, temblando, a pocos metros de ellos. Mis ojos, en teoría ciegos, estaban escaneando la habitación con una voracidad asesina. Vi un atizador de hierro junto a la chimenea apagada. Vi la posición de los tres hombres en la sala. Y, sobre todo, vi a Julian.

Él me miró de nuevo. Fue un segundo de contacto eléctrico, una comunicación silenciosa que no necesitaba palabras. Sus ojos me imploraban que huyera, que aprovechara mi supuesta invalidez para escapar mientras él servía de distracción. Él seguía viéndome como la niña que firmaba papeles sin mirar, la víctima que necesitaba ser rescatada del fuego.

No tenía idea de que yo ya no era esa persona.

—Me duele mucho el brazo... —gemí, caminando vacilante hacia la chimenea, tanteando el aire como si buscara un apoyo inexistente—. Por favor... necesito sentarme... siento que el mundo se apaga.

—Siéntate donde quieras, maldita estúpida —escupió Vidal, sin dejar de mirar a Julian—. Solo no ensucies el suelo con tu sangre antes de que llegue el jefe.




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