Vidal tardó un segundo en procesar mis palabras.
Fue un segundo más largo de lo que debería haber sido.
Sus ojos, acostumbrados a ver sumisión, buscaron en mi rostro el temblor que siempre había estado allí. No lo encontraron. Su expresión vaciló apenas, lo suficiente para que su mano iniciara el movimiento hacia el arma, tarde, demasiado tarde.
Fue el segundo que selló su destino.
Antes de que pudiera reaccionar, el atizador de hierro describió un arco silbante en el aire y no golpeé al azar, sino con la precisión que me había dado una década observando los puntos débiles del cuerpo humano en los libros de anatomía de mi padre. El hierro chocó contra su sien con un sonido seco y definitivo, y Vidal cayó al suelo como si sus huesos se hubieran convertido en agua, sin siquiera un grito.
Los otros dos hombres, que estaban junto a Julian, se quedaron paralizados por la pura imposibilidad de lo que estaban viendo: la muñeca ciega acababa de derribar a su jefe.
—¡Mátenla! —rugió Julian, pero no era una orden para ellos, era una distracción.
Aprovechando su asombro, Julian se lanzó hacia adelante con la silla aún atada a su espalda, golpeando con las piernas a uno de los sicarios, y yo no esperé. Corrí hacia el segundo hombre, que ya estaba desenfundando su pistola. Mi hombro herido me gritó de agonía y, por una fracción de segundo, el mundo se inclinó peligrosamente hacia un lado.
Eso casi me cuesta la vida.
El disparo salió desviado cuando logré interponer el atizador en el último instante, el metal vibró con el impacto y el retroceso me recorrió el brazo como una descarga. Aproveché ese mínimo margen para desviar su brazo y, con un movimiento fluido, le clavé la punta metálica en el muslo.
El hombre gritó, cayendo sobre una rodilla, y antes de que pudiera recuperarse, Julian, en una demostración de fuerza bruta, rompió el respaldo de la silla contra el suelo y, con sus manos aún atadas pero libres de la estructura pesada, le rodeó el cuello al sicario con la cuerda, asfixiándolo con una calma aterradora.
El tercer hombre, el que Julian había derribado primero, se puso en pie y sacó un cuchillo. Se lanzó hacia mí, pero yo ya no estaba allí; me deslicé por el suelo polvoriento, sintiendo el frío de la piedra contra mis palmas, y tropecé deliberadamente contra la mesa de centro, lanzando una lámpara de aceite pesada a su paso.
—¡Victoria, agáchate! —gritó Julian.
Hice caso. Oí el estruendo de un disparo: Julian había logrado alcanzar el arma de Vidal en el suelo con sus manos atadas. El sicario del cuchillo se desplomó a pocos centímetros de mí, con un agujero limpio en el pecho.
El silencio volvió a La Atalaya, interrumpido solo por la respiración agitada de Julian y el crepitar de la nieve golpeando las ventanas. Julian se dejó caer sobre sus rodillas, jadeando, y sus ojos, fijos en mí, ya no tenían furia, sino algo más inestable, más peligroso.
No era miedo todavía.
Era comprensión.
—Tú... —balbuceó, observándome mientras yo me ponía en pie, manchada de sangre ajena y con el atizador todavía en la mano—. Realmente nos has engañado a todos.
—El engaño es la única forma de verdad que Marcus nos dejó, Julian —dije, acercándome a él. Con el cuchillo del sicario muerto, corté las cuerdas que le quemaban las muñecas—. Ahora, levántate. Marcus llegará al amanecer y no quiero que nos encuentre sentados.
Él se puso de pie, tambaleándose. Me agarró del rostro con sus manos ensangrentadas, obligándome a sostenerle la mirada; sus dedos temblaban, no solo por el esfuerzo, sino por algo que no terminaba de aceptar.
—¿Quién eres? —preguntó en un susurro—. ¿Qué queda de la niña que yo amaba?
—Queda lo que el fuego no pudo quemar, Julian —respondí, apartando su mano con suavidad, pero con firmeza—. Queda la mujer que va a destruir a Marcus Sterling. Y si para eso tengo que ser el monstruo que tú crees que soy, que así sea.
Caminamos hacia la biblioteca, la habitación secreta que mi padre me había descrito. La Atalaya estaba despertando y, en su vientre de piedra, los secretos de los Olmos nos esperaban.